Por Prietto

El Rafa

Cronicas

Una bala puede salvar. Y reencontrar a un padre con su hijo. Maxi Prietto y un anticipo exclusivo del libro que escribe en una Olivetti.

Trabajé en el mayorista por épocas, cuando necesitaba plata, o cuando me obligaban. Mi rol en el local era insignificante, creo que si yo faltaba el negocio funcionaba mejor.

De a poco, iba yendo más seguido, pero hubo un hecho que fue decisivo en mi incorporación fija.

Una noche de verano, estaba en un cumpleaños y de pronto en el momento menos indicado, apenas sopladas las velitas, suena el teléfono de la casa. La madre del cumpleañero me dice con cara pálida: "es para vos". Del otro lado del teléfono mi hermana, más seria que de costumbre, me informaba que a nuestro padre, mi papá, el Rafa, le habían pegado un tiro en la axila y la bala se había alojado en el estómago.

Estaba en un hospital de Varela, nosotros estábamos en capital. Fuimos en remis. Recuerdo ver en la autopista, rumbo a Berazategui, el fuego de la chimenea de esa fábrica que se puede ver y que luego vi y veo cada vez, cada noche que paso por ahí. Miré el fuego y me pareció bello. Sé que me hubiera gustado poder reflexionar algo que no pude. Estaba mal, estaba herido como nunca antes lo había estado. Mi guerra con mi papá había terminado hacía instantes. La cercanía de la muerte puede curar y diferenciar lo que es importante de lo que es una pelotudez.

Llegamos al hospital.  Saludamos ciegos de dolor a algunos parientes y entramos en aquella habitación de luz blanca. Mi papá estaba desnudo. 

Una fina manta blanca le cubría su sexo y estaba manchada de sangre. Mí papá sonrió al verme. Supe que le importaba, quizás por primera vez. La enfermera nos dijo que el momento de quitarle la bala era decisivo, por eso nos dejaban despedirlo... Por las dudas. Nos pidió por favor que no lloremos. “Póngale onda”.

Miré el fuego y me pareció bello. Sé que me hubiera gustado poder reflexionar algo que no pude. Estaba mal, estaba herido como nunca antes lo había estado. Mi guerra con mi papá había terminado hacía instantes. La cercanía de la muerte puede curar y diferenciar lo que es importante de lo que es una pelotudez.

 

Todo esto lo dijo delante de mi viejo, no tenía mucho sentido. Lloramos, nos dijimos cosas bellas que nunca nos habíamos dicho y salimos con mí hermana al patio del hospital Mi Pueblo, bajo las bellas estrellas de Florencio Varela.

La espera iba a durar una hora, más o menos. Fui al kiosco de enfrente y me pedí una lata de cerveza. Sentí la necesidad de emborracharme. Me senté en cordón de la vereda, tomé unas latas más. Un perro sin un ojo pasó rengueando. Mientras daba saltitos, parecía sonreír y todo. Se paró en el medio de la calle a mear. Seguía sonriendo mientras meaba. Daba esperanza verlo.

La noche era silenciosa. Todos estaban asustados y hablaban por lo bajo. Me acerqué a mis familiares tratando de develar de qué hablaban. Me paré en una ronda y hablaban de cosas sin sentido, lo único que queríamos era que pase el tiempo y que todo salga bien. Estaba confundido. Hacía un rato estaba en un cumpleaños y ahora esperaba el resultado de la extracción de una bala… no podía ser cierto.  

Pero era así. No existen los accidentes oportunos. Mi tía abrazaba a mi hermana, mi hermano miraba el piso, mi otra tía apagaba un cigarrillo y encendía otro.

La espera iba a durar una hora, más o menos. Fui al kiosco de enfrente y me pedí una lata de cerveza. Sentí la necesidad de emborracharme. Me senté en cordón de la vereda, tomé unas latas más. Un perro sin un ojo pasó rengueando. Mientras daba saltitos, parecía sonreír y todo.

 

Cada tanto se abría una puerta y pasaba una enfermera que evitaba cruzar miradas con nadie, no quería fumarse ninguna de nuestras preguntas, ni la de los demás. Me senté en el piso del patio del hospital y por primera vez en la vida tuve ganas de rezar. No sabía cómo, no estoy bautizado, nunca había pensado en Dios hasta ese momento. Era raro empezar una relación pidiendo deseos. Mi abuela Eva tenía el rosario en la mano, no hablaba con nadie. Su hijo, El Rafa, era todo para ella. En sus ojos cabía el dolor de todo el mundo. El perro saltarín se me acercó con su sonrisa. Lo acaricié, tenía un olor espantoso. La mano me quedó dura.

Me la quedé mirando sin saber que hacer.

-Andá a lavarte.

Mi tía Encidora había estado viendo la secuencia. Caminé por los pasillos del hospital en busca del baño. En el camino veía personas sentadas con cara de muerte. Camillas con cuerpos tapados por mantas. Encontré el baño. Me puse todo el jabón liquido que quedaba, me quedó un olor a perro perfumado. Salí al patio y estaban todos rodeando a una enfermera, fui corriendo. Mi hermana estaba llorando, me abrazó. Papá estaba bien. Alguien se tenía que quedar a cuidar a mi viejo y todos dijeron que ese tenía que ser yo.

Nunca había pensado en Dios hasta ese momento. Era raro empezar una relación pidiendo deseos. Mi abuela Eva tenía el rosario en la mano, no hablaba con nadie. Su hijo, El Rafa, era todo para ella. En sus ojos cabía el dolor de todo el mundo.

 

Al día siguiente todos tenían cosas que hacer, yo tenía que ir al mayorista, pero si no iba no pasaba nada. Mi aporte era nulo. Fui hasta la habitación y ahí estaba, acostado con sueros y sondas. Me habían encargado que cuando viera que se acababa alguno de los sueros le avisara a la enfermera. Me dieron esa directiva y se fueron.  La habitación en la que estaba internado mi papá tenía dos camillas. El compañero de cuarto era un anciano con la cara dura y los ojos saltones. Tenía un gesto petrificado de horror.

Hacía calor y había muchas moscas que zumbaban al rededor de los dos heridos. El anciano pegó un grito desesperado. Las enfermeras vinieron. Me pidieron que salga.

Esperaba en el pasillo cuando llegó un pibe de mi edad, me preguntó si se podía pasar. Era el hijo del anciano. Le dije que estaban haciendo algo y que ya podríamos pasar. Hicimos una amistad forzada por las circunstancias con el hijo del viejo. El pibe me ofreció un cigarrillo. fuimos al patio de cielo abierto y nos sentamos en el piso. Fumamos unos Melbour y conversamos como hermanos. Estar destrozado puede hermanarte con cualquiera. Me contó de su papá. Era alcohólico, tenía hemorragias internas, su estómago estaba lleno de tajos causados por años de darle al alcohol.

Por eso gritaba así como gritaba. Me preguntó por mí viejo. Le conté que salió del mayorista en su camioneta, que dos autos lo encerraron y le pidieron La guita. Alguien pasó mal un dato porque mí viejo no tenía plata encima, le dispararon en el acto. Esperamos un rato y volvímos a la habitación. Saqué un libro y me puse a leer. Miraba de reojo a mí viejo cada tanto. Me daba ternura. El viejo era fuego. Su fuerza era apabullante, verlo así era raro. Daba ternura. Durante los tres días que estuve ahí no sé cuánto dormí. Quizás un rato, quizás nada. Me la pasaba sentado, tratando de dormir sentado, mirando el suero. De día me iba al mayorista y cuando salía volvía la hospital.

Al tiempo mí viejo volvió a recuperar la fuerza. Le pedimos que aproveche y baje un cambio. Su adicción al trabajo lo estaba volviendo loco. Creo que hizo el esfuerzo.

Tuvimos charlas y momentos de padre e hijo que no habíamos tenido nunca. Estábamos tratando de dejar peleas de lado y acercarnos el uno al otro. Un año después, un domingo, me avisaron que el viejo había tenido un accidente. Había pisado los 160 kilómetros por hora con el auto nuevo que se había comprado. Una contra curva lo descolocó, o algo falló. Había muchas teorías esos días, yo no tenía ninguna. Solo sabía una cosa: no iba a hablar nunca más con mí papá. No iba a escuchar su voz. Pero aún la puedo oír.