Por Prietto

Champú

Cronicas

La historia del viejo de ojos llorosos y paso lento que cayó en el abismo de la miseria.

El viejo me inspiraba ternura.

Cada día venía con su paso lento y sus ojos llorosos. Tardaba su tiempo en hacer las compras. No gastaba mucho. Tenía el clásico kiosco de barrio: una ventana de su casa que da a la calle.

Ahí tenía una caramelera encontrada en la que exhibía unas pocas golosinas, dos paquetes de bombuchas y alguna que otra cosa.

Se la pasaba en la casa y al oír el timbre se tomaba sus minutos en ir a atender. Así era su kiosco. Siempre hablaba bajito mientras yo le facturaba. Hablaba de cosas simples. Que vendió dos alfajores muy rápido así que vino a buscar más. Que empezaron las clases así que quiere comprar algunos útiles cuando tenga algo más de plata.

Esas cosas.

Aquel día nos reíamos con el viejito de los ojos llorones, no me acuerdo de qué, mientras yo pasaba sus productos por la caja. Osvaldo, un empleado se acerca y le dice al viejo:

–Viejito, vos no habías agarrado unos champú?

El viejito me mira asustado.

–Yo no llevo champú porque al final no me alcanza.

Osvaldo no se conforma con esta respuesta e insiste:

–Te vi agarrar champú, pero no te vi dejarlos en la góndola.

El viejo estaba muy incómodo. Tuve que interceder.

– Osvaldo, todo bien. No agarró los champú.

–Shhh... No te metas. A ver viejito, mostrame los bolsillitos...

El viejo me miró con tristeza.

–Osvaldo, me parece que...

–Y yo vi que se guardó los champú pero no los devolvió.

El viejo me mira y se lleva las manos a la cabeza.

–Ahhh... ¡Los champú! -dijo el viejo.

Metió sus manos en los bolsillos y comenzó a sacar pequeños sachets de todos los colores. Balance, ceramidas, para pelos teñidos, acondicionadores, champús de todo tipo.

Una treintena de sachets de sedal.

–Tenés razón, me había olvidado.

–No te quiero ver más por acá, ¿sabés?

El viejito agachó la cabeza y pidió perdón. Me sentí herido.

Mi propio amigo, el viejito de los ojos llorones con sus compras mínimas me había estado robando quién sabe cuántos meses.

Lo vi pasar durante años por la vereda, algunas pocas veces volvió a entrar. Pero nunca más una mirada a los ojos. Nunca más hablamos del clima, ni de su kiosco, ni chistes de rutina.

Siempre fue el viejo de los champú para todos en el local. Pero no era personal. Él no me robó a mí. No me traicionó. Y si yo creí que éramos amigos era un problema mío. Era simplemente un hombre pobre haciendo lo que un hombre pobre debía hacer.