Por Julieta Barrientos

Gong de diamante

Cronicas

El eco, entre veneno y olvido, anuncia: "Todo rastro es de sangre".

Noche de luna llena.

Noche de eclipse de luna.

Me despierto con un golpe al corazón y la veo, como un gong de diamante, por uno de los agujeritos de la persiana.

Empiezo a pensar en el diablo y en el amor.

¿Qué hay además de eso? Ahí estás.

Mandinga de amor.

Clara vive con su madre en un departamento alquilado de Lugano 1 y 2. Lo paga con su trabajo en el servicio de catering que empieza a las siete de la tarde y termina a las siete de la mañana.

Cuando regresa, corre las cortinas, abre el sillón cama del living y se tira a dormir huyendo del día.

En la única habitación del departamento habita su madre, que ya hace varios años anda con la memoria mala.

En su dormitorio, cubierto de estatuillas y estampitas, se mezclan los olores, las diosas y las religiones hasta que el aire cargado se enciende color rojo.

Esa noche, su madre le dice que a él, Emilio Faura, le van a dar muerte de un lado a otro de la frontera, donde sea que lo encuentren huyendo sobre sus piernas de flamenco. Todo rastro es de sangre,  le susurró su madre.

Y ella lo recuerda mientras el colectivo recorre los paisajes nocturnos de palmeras hacia la frontera donde se esconde Emilio. Lo busca de un lado y de otro.

Por dentro y por fuera. Hasta la última noche de ningun día, cuando Clara canta una canción y la escucha todo el pueblo. Y entre conjuros de vino y sal, entra al bar una gallina que la lleva afuera y ahí, sobre la tierra, un hilo de sangre absorbiéndose, le muestra un camino.

En su dormitorio, cubierto de estatuillas y estampitas, se mezclan los olores, las diosas y las religiones hasta que el aire cargado se enciende color rojo.

Ella lo sigue, subiendo un cerro, como si a ese rastro estuviera su vida sujetada.

Y cuando, entre gallos y medianoche llega hasta allí, trás los patios llenos de chatarra, esta él, con su cuerpo firme barriendo la sangre del piso de su bulín.

Emilio. Emilio. 

“Todo rastro es de sangre”. Ella escucha el eco, y lo que se ofreció como un remedio para el olvido fue un veneno para su memoria Acá también ya amaneció y a mi sangre se la llevan los mosquitos.. Ya no quedan ni los rastros del eclipse. Cierro el libro.

Ojalá pueda dormir toda la mañana.  

Me gusta despertarme y abrir los ojos cuando tengo algo lindo para ver.

  * Sobre "Mandinga de amor", novela de Luciana de Mello. Notas para un guión.