Por Mia Flores Pirán/Isidro Escalante.

Agua de laguna

Cronicas

La Vía Láctea era como un campo minado. El camino hacia una revelación fantástica.

-Vos me querés convencer sin mirarme a los ojos y yo lo que necesito es que volvamos a estar enamorados -me dijo con esa claridad tan suya, ese modo de decir las cosas que no deja lugar a equívocos.          

Porque tenía razón. Una vez más, me había quedado sin argumentos, excusas, compasión; indefenso ante su amor avasallante.

No sentía por ella más que un cariño lejano. Este es el momento de pensar, me dije, pero mi mente se mantuvo quieta, como una laguna. Mientras esperaba una respuesta que nunca le llegué a regalar, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Cuando dije “perdón, quedáte” ella ya se había ido. Fui a la cocina y casi lo piso a Elio. Me había olvidado del perro.

Tomé lo que quedaba de jugo de naranja y, de a poco, el agua se empezó a mover. Empezaba a colarse por el techo, las paredes, las ventanas y la puerta que da al patio.

Comprendí rápido cual era el rol de ella en mi vida. El amor camaleónico que teníamos había funcionado de aglutinante. Sin ella yo me iba barranca abajo a toda velocidad, como un río. Me desangraba por la casa perdiendo mi forma. Ella evidentemente mantenía mi laguna calma. Me pregunté si eso era amor o necesidad. Y Elio mirándome, largó un ladrido suave para que rellenara su bol con comida. Entonces no me sentí tan solo.            

Volví a las fiestas, a los amigos, a los excesos, a la incertidumbre. Lo que no encontré tan rápido fue el sexo. Cuando estaba con Camila fantaseaba con todas las mujeres que me perdía. Si estuviera soltero, me haría un festín. Pero ahora llegaba el momento y yo no estaba a la altura. Me sentía oxidado, no sabía cómo hablar, cuándo tocar una mano, cuándo arriesgar un beso. El agua de la laguna estaba turbia, me faltaba claridad. Me sentía peor conmigo mismo y me defendí con alcohol, drogas y reuniones sociales.

Es difícil dejar a una persona, o ser dejado. Al final es lo mismo: los dos se quedan solos ante la abstinencia y la atraviesan como pueden. En ese estado, uno hace cosas que en otro momento no haría . Porque no te reconocés, estás incómodo en tu propio cuerpo. Parecen excusas, o un intento desesperado de alegar insanía, pero así me sentía en ese momento. Todo empezó cuando Flavio me pasó a buscar. Tres días en su casa de campo con amigos. Sonaba bien.             Llamé a un viejo amigo que me acordé que vendía ácido. Lo encontramos de camino al campo y ahora sí, teníamos todo. Llegamos al atardecer que yo, todavía atado al celular, no pude apreciar. No sabía con quien me tocaría compartir cuarto y eso me ponía nervioso. Hacía mucho que no intimaba con otra persona que no fuera Camila.            

A eso de las ocho, algunos empezaron a hacer el fuego y yo era el encargado de preparar bebidas. Me puse a cortar rodajas de limón detrás de la barra con el fin de ofrecer mis gin & tonic’s. Se sentó una prima de Flavio a conversar conmigo. Tenía un diente torcido y una piel brillante de transpiración que me resultaron interesantes. Me intimidó un poco, pero creo haber actuado bien. Pretendía estar relajado y hacer chistes. Aunque adentro, mi cabeza iba a mil. Si los chistes no causaban gracia me frustraba un poquito y volvía a remarla. No quería mirarla de más, ni de menos.             

Se llamaba Anastasia y era  poeta y astróloga . Ninguna de las dos facetas me interesaba del todo, pero tiré alguna que otra cita de Borges y zafé. Hablamos de astrología. Me preguntó cuándo había nacido y largué la fecha de cumpleaños de Camila, en vez de la mía. Dijo que era una persona extrovertida, fiel, sensible y con un gran potencial para las artes.

Largué una risa y cuando no aguanté más, me alejé con la bandeja cargada con los tragos listos y los repartí.        

A algunos invitados los conocía desde hacía años, a la mayoría los veía por primera vez. Me di cuenta hasta qué punto uno se cierra cuando está en pareja por tanto tiempo. Me había perdido cientos de noches, aventuras, fiestas, anécdotas.

Todas a cambio de la estabilidad del sillón, una película, sexo seguro y Elio. Hablando de Elio, ¿dónde se había metido?

Me alejé del parrillero, donde estaban todos acumulados a punto de hincarle el diente a esos lomos. Empecé a llamarlo, al principio, con tranquilidad. Escuchaba unos ladridos de fondo pero no llegaba a reconocer si eran otros perros del campo, o mi imaginación. De a poco me alejé del radio de la casa.

Crucé una tranquera abierta, cien metros más allá. Seguro se fue por ahí. No quise volver por mi celular ni por una linterna; llamaría mucho la atención.            

La Vía Láctea era como un campo minado. No había luna,   pero me prometí encontrarlo bajo la luz pálida de la noche. De a poco me fui acostumbrando a la oscuridad y mi percepción se hizo más clara. Caminaba sólo por el camino de tierra de entrada al campo. Tenía las manos en los bolsillos y salía vapor de mi respiración. Ahora el ruido de la casa estaba lejos y se oían pasar los autos en la ruta. Me sentí más intranquilo por Elio.

Apuré el paso pero faltaba un tramo generoso hasta llegar a la ruta. Decidí frenar a armarme un cigarro. De momento, era mi única compañía. Me concentré, con los dedos congelados, en hacer una hilera de tabaco recostada sobre el papel. Mi desempeño estaba siendo excelente. Solo faltaba agarrar el filtro, colocarlo como locomotora, lengüetear ese papel y enrollarlo. Al momento de prenderlo, la llama del encendedor me dejó ver un animal que cruzaba el camino de tierra, a toda velocidad.

La Vía Láctea era como un campo minado. No había luna,   pero me prometí encontrarlo bajo la luz pálida de la noche. De a poco me fui acostumbrando a la oscuridad y mi percepción se hizo más clara.

Pegué un alarido de susto. Sentía mi corazón a toda velocidad. ¿Y Elio? Quise llamarlo pero no quería que ese bicho me escuchara. Entonces volvió a cruzar, más de una vez. Parecía más grande. Se acercaba pero seguía sin poder identificarlo. Sin darle la espalda, retrocedí hasta un árbol y me escondí del otro lado del tronco. Me trepé a una rama, a otra más alta y a otra. Cada vez eran más finas y yo más alto. Me sentí un pirata entre las velas, con el viento golpeándome la cara, en busca de tierra firme. Pero yo buscaba refugio ante el acecho de una criatura salvaje.

Se me había caído el tabaco pero tenía el encendedor. Rompí una rama que tenía hojas al final. Las quise prender pero no agarraron. Abajo, el monstruo no aparecía. Era una especie de felino oscuro que no supe clasificar. Seguro estaba esperando el momento para atacar. ¿Qué pasaba si me moría en ese instante? ¿Qué tipo de vida había vivido? ¿Habían valido la pena todos los kilos de comida que había ingerido, el oxígeno que había transformado en dióxido de carbono, toda la ropa que había necesitado, todo el plástico que había usado?            

A lo lejos, se deslizaban pares de luces en medio de la oscuridad. Serían los autos. Pero esas luces empezaron a subir al cielo, y no las pude distinguir entre las estrellas. El límite entre arriba y abajo empezaba a desaparecer. Todo era líquido, parte de lo mismo. No había diferencia entre yo, vos, Camila, Elio, los autos, Flavio, Anastasia, el felino, el gin, la tónica y el tabaco. Éramos lo mismo.

En una danza conjunta, esa esfera en que nos transformamos se fundió con mi conciencia en el momento presente. Perdí noción del tiempo, no sentía frío ni calor. Ningún adjetivo es justo para describir lo que sucedió. Me atravesó en el momento menos pensado. Seguramente me haya acercado a lo que muchos religiosos persiguen desesperadamente. No fue fruto de mi esfuerzo, ni de mi disciplina. Menos de mi vagancia. Simplemente sucedió. Me encontró solo en la noche. Creí entender el plan magnifico en el que estuve inmerso desde mucho antes. Para poder llegar a destino, tuve que pasar por muchas pruebas que recién ahora cobraban sentido. Si mi relación de pareja no se hubiese oxidado, el agua no se hubiese filtrado y no hubiese venido hasta este campo, con Elio.

Otro gran protagonista de esta anécdota. De no extraviarse, no hubiese salido a buscarlo. Quizás, me hubiese desperdiciado a mí mismo en una borrachera con Anastasia. Lo cierto es que terminé acá. Gracias también, al instinto que me llevó por el camino de la tranquera abierta. No siempre es malo sentir un poco de miedo. Por último, un agradecimiento al felino. De no ser por el susto que me dio no hubiese trepado a este hermoso árbol de la revelación .