Por Ragendorfer

Tiempo de revancha

Cronicas

Fragmento del libro del año, Patricia, del Jefe de Jefes: Ricardo Ragendorfer. Todas las Bullrich, la Bullrich. Y su pasado con Galimberti.

El 24 de agosto de 1984, Patricia Bullrich dejó al pequeño Francisco, de 5 años, al cuidado de doña Julieta Estela en el petit hotel de la calle Mansilla. Con pasos apurados caminó bajo el frío hacia la avenida Pueyrredón. Allí esperaba Galimberti al volante de un Peugeot 404. Lucía ansioso, acaso perturbado por la espesura del tránsito. Caía ya el sol cuando ella se acomodó a su lado.

La travesía transcurría en silencio. Una mudez de tipo expectante, solo quebrada por algún comentario incidental. Ya sobre Corrientes, a la altura de Azcuénaga, vieron el afiche. Estaba en la empalizada de un baldío. Al cruzar Junín había otro. Luego, en el tramo entre Callao y el Bajo la sucesión de esos carteles se fue tornando profusa.

Ella los miraba con deleite. Anunciaban para aquel viernes la presentación de la JP-U (Juventud Peronista Unicada) en el Luna Park. Su gráca estaba centrada en el famoso retrato de Evita con pelo suelto. Y al pie, la lista de oradores; ahí, entre otros nombres — que incluían los de ilustres dirigentes partidarios— , auguraba el suyo.

Esa sería su gran noche. Hacía ocho meses y medio que Raúl Alfonsín conducía desde el sillón de Rivadavia la restauración de la democracia. Y aún flameaba su anhelo de conformar el «Tercer Movimiento Histórico» que forjaría nada menos que la «Segunda República». Un deseo que debía sortear dos notables obstáculos: la deuda externa y el amenazante jadeo del poder militar.

En cuanto al primer atolladero, su gestión zigzagueaba entre un proceso inflacionario creciente y vidriosas tratativas con el FMI, cifradas en la ilusión de acordar solo el pago de los compromisos legítimamente contraídos.

En cuanto al otro frente de tormenta, Alfonsín anuló la llamada «Ley de Autoamnistía» — impuesta por el régimen de facto poco antes de concluir— , creó la Conadep — cuyo informe le sería entregado el 20 de septiembre— y dispuso por decreto el Juicio a las Juntas — a realizarse al año siguiente— . Una política de indudable valor, aunque amañada por la «teoría de los dos demonios», ya que él también había armado otro decreto para procesar a las cúpulas guerrilleras. Tal disposición incluía a Galimberti.

De modo que a mediados de mayo, cuando regresó al país, lo hizo con Yuyo por la Triple Frontera en forma clandestina, cruzando de madrugada el río Paraná en una lanchita. Para la ocasión se caracterizó de turista miope, dado que unas gafas con gruesos cristales de aumento enmascaraban sus facciones.

No obstante, en la terminal de Puerto Iguazú, antes de ascender al micro que los dejaría en Buenos Aires, sintió que todas las miradas convergían sobre él. Yuyo intentó tranquilizarlo:

— Loco, no estamos más en los setenta. Nadie se acuerda de tu cara. Y si te reconocen, es posible que digan «ahí va el cuñado de Patricia Bullrich».

Tres meses después de su retorno, llevaba a esa mujer — ya de 27 años— hacia su consagración. Un acontecimiento que él presenciaría de incógnito, a hurtadillas, como si fuera un fantasma. Tras dejar el Peugeot en un playón de la avenida Alem, caminaron hacia Bouchard entre el gentío que iba al acto. De improviso, ella fue abordada por una cronista del diario Clarín que, grabador en mano, la llamaba — sin conocerla personalmente— por su nombre de pila.

Ahora, para todos era «Patricia».

El Loco se alejó unos metros en resguardo de su identidad. Pero no dejó de contemplar la escena. Tres meses después de su retorno, Galimnberti llevaba a esa mujer — ya de 27 años— hacia su consagración. Un acontecimiento que él presenciaría de incógnito, a hurtadillas, como si fuera un fantasma.  

Su «discípula», ese animal político que por más de una década él había amaestrado, se prestaba a la requisitoria periodística con su típica gestualidad en situaciones de exposición pública: dientes apretados, labios casi inmóviles y mirada esquiva. Galimberti, siempre a unos metros, no le sacaba los ojos de encima, pese a que por el bullicio sus respuestas fueran inaudibles.

En ese momento el Luna Park se iba llenando. La multitud coreaba: «Y ya lo ve/ y ya lo ve/ es la gloriosa Jotapé». Patricia sentía que estaba en un sueño. Una impresión robustecida al oír que la vivaban. Era pues un sueño con sabor a desquite. Es posible que entonces su mente haya recalado en los días de zozobra; especícamente, en el ya remoto 9 de junio de 1979.

     II

 

Aquel sábado, en París, se dio a conocer el documento fundacional de la Mesa Promotora del Peronismo Montonero Auténtico (PMA). Así fue bautizado el espacio político resultante de la ruptura con la «Orga». Su letra la describía como «una corriente interna del Movimiento Peronista, comprometida con la resistencia contra la dictadura y la unidad de todos los sectores progresistas y revolucionarios». Junto a las rmas de Galimberti, Gelman, Fernández Long y Mauriño, aparecían las de Arnaldo Lizaso y Raúl Magario — sumados al asunto a último momento— . Pero también había dos rúbricas desconocidas: Carlos Moreno y Carolina Serrano.

En realidad se trataba de Marcelo Langieri y Patricia Bullrich. Solo que en ese entonces ambos estaban a 12 mil kilómetros de la capital francesa. Ocultos en aguantaderos del Conurbano bonaerense, sin más cobertura que sus DNI falsos y, para colmo, ella con un embarazo avanzado, intentaban difundir el proyecto del PMA y reorganizar los cuadros dispersos. Una tarea ímproba: el grueso de la militancia estaba muerta, secuestrada o fuera del país. Al poco tiempo dicha tentativa se les complicó todavía más porque sus presencias coincidieron con los escasos — y no muy logrados— hitos operativos de la Contraofensiva; a saber: el bombazo que demolió el chalet en Olivos del secretario de Planicación Económica, Guillermo Walter Klein — sus familiares y él sufrieron heridas leves— , el ataque con fusiles, metralletas y bazucas, en el barrio de Belgrano, al secretario de Hacienda, Juan Alemann — este no sufrió ni un rasguño— , y la ejecución, a diez cuadras del Obelisco, de Francisco Soldati, un empresario ligado al ministro Martínez de Hoz.

Su «discípula», ese animal político que por más de una década él había amaestrado, se prestaba a la requisitoria periodística con su típica gestualidad en situaciones de exposición pública: dientes apretados, labios casi inmóviles y mirada esquiva. Galimberti, siempre a unos metros, no le sacaba los ojos de encima, pese a que por el bullicio sus respuestas fueran inaudibles

 

 Las represalias por tales actos y la cacería de combatientes montoneros arribados clandestinamente del exterior obstaculizaban aún más la circulación territorial de la cuñada del Loco y su pareja. En medio de semejante contexto, Patricia se lanzó a localizar al Víbora, su antiguo compañero de la UB del Abasto. Pancho fue con ella. Del local de la JP en la esquina de Guardia Vieja y Gallo solo quedaban escombros ennegrecidos. Los militares habían incendiado el inmueble.

Eso le dijo un vecino a Patricia en voz muy baja y sin mirarla. Pancho la tomó del brazo para seguir caminando. Al final dieron con el Víbora en un conventillo de la calle Humahuaca. Aquel muchacho tuvo suerte: la dictadura solo le había borrado el brillo alegre de sus ojos. Ahora se ganaba la vida como changarín en el puerto. Entre mate y mate que él cebaba en su hábitat, un cuartucho con paredes manchadas de humedad y solamente decorado con un póster del Boca dirigido por el «Toto» Lorenzo, Patricia le hablaba con entusiasmo del PMA.

De pronto extendió sobre la mesita una publicación más que modesta, impresa por Pancho y ella con un mimeógrafo manual. Era el segundo número de la revista Jotapé. Pero el Víbora la hojeó con una mezcla de escepticismo e incomodidad. Luego bajó la vista, como excusándose, y dijo: — Mirá, la verdad es que no quiero saber nada de esto… A continuación resumió su derrotero: sin plata para el exilio, tampoco pudo mudarse. Así quedó a merced del miedo. Un terror que le brotaba hasta al oír el sonido de un timbre.

Y redondeó:

— En el laburo ya secuestraron seis delegados. Yo me salvé de pedo. Pancho y Patricia regresaron a su guarida con el ánimo por el suelo. Semanas después nació Francisco, a quien ni siquiera pudieron anotar en el Registro Civil. Ya eran — diríase— una «familia tipo».

La clandestinidad se les hizo insostenible. Los tres partieron hacia Brasil a comienzos de 1980. Patricia viajó agobiada por la desastrosa combinación entre la realidad política en Argentina, las precarias condiciones de vida que allí sobrellevó, el estrés de la maternidad y el impedimento de volver a Europa — donde la «Orga» le puso precio a su cabeza— . Recién sintió cierto alivio al jar residencia con Pancho y el bebé en Río de Janeiro. Pero aquella ciudad tampoco era un paraíso para ellos. Ya casi no había exiliados argentinos. Y la sombra proyectada por las alas del Plan Cóndor se expandía en sus calles. Un peligro agravado por la Contraofensiva. Al poco tiempo, Galimberti llamó a Patricia desde París. Y con un tono cargado de gravedad, le soltó a boca de jarro:

— Tengan cuidado. Acaban de «chupar» en Río a «Petrus» y «Lucía».

Se refería a Horacio Campiglia y Mónica Pinus de Binstock. Él era nada menos que el responsable de Inteligencia de la «Orga»; ella, una militante que había vivido en México. Ambos fueron capturados en el aeropuerto de Galeão por una patota de militares argentinos con la venia de efectivos del Ejército de Brasil. Estaban en tránsito hacia Buenos Aires. Lo que Galimberti jamás llegó a saber es que ese operativo fue dirigido por el teniente coronel Eduardo Stigliano — del Batallón 601— y el mayor Énio Pimentel da Silveira — del CIE local— . O sea, la dupla que tres años antes había intentado capturar a Vaca Narvaja en el barrio Leblon. Patricia, con el auricular en la oreja, quedó sin habla. Tal vez entonces haya reparado en que con Montoneros — a pesar de la enemistad maniesta— ellos aún tenían algo en común: los mismos verdugos. El Loco ya había cortado. Los contactos telefónicos y epistolares con él y Julieta eran salteados.

En sus comunicaciones, Galimberti solía reseñar sus sigilosas giras por algunas ciudades europeas con fines de reclutamiento y financiación. A su vez, Julieta se mostraba entre alicaída y furiosa por el romance del Loco con Marie-Pascale Chevance Bertin, ya divorciada de Norman Briski. Mientras tanto, la vida de Patricia y Pancho en Río discurría en medio de una monotonía atroz. Si su etapa bonaerense fue signada por el aislamiento y la desolación, el presente carioca los hundía en el letargo. Ellos allí no eran sino la «célula dormida» de un experimento político todavía incompleto. En esas circunstancias, Patricia se topó con Guillermo O’Donnell. Este conocía a su familia. Y tras intercambiar algunas frases con ella, la citó al día siguiente en su lugar de trabajo.

Lo cierto es que Patricia ignoraba la profesión de aquel hombre. Pero no vaciló en acudir a su encuentro. Así llegó a una inmensa torre con frente vidriado que ocupaba toda la manzana aledaña a la Asamblea Legislativa. Era el Edicio Cándido Mendes, sede de la universidad homónima, la más antigua del país. También albergaba sus centros de investigación; entre estos, el IUPERJ (Instituto Universitario de Pesquisas do Rio de Janeiro), del cual el doctor O’Donnell — ya considerado el politólogo más importante de la Argentina— era una de sus estrellas académicas. Patricia salió de allí convertida en su secretaria.

Su empleador al principio le conó pequeñas responsabilidades: servir café, comprarle tabaco y atender el teléfono. Luego le asignó tareas vinculadas a su trabajo especíco como investigador titular del Instituto: el ordenamiento y la clasi- ficación de documentos, incluyendo chas bibliográcas, junto con desgrabaciones de conferencias y el tipeo de sus artículos e informes.

También lo asistía en sus clases. Y le resultó de mucha utilidad cuando él ejerció la dirección programática del XII Congreso Mundial de Ciencias Políticas. Patricia además tuvo el gran privilegio de acompañar — con sus servicios (llamémosle) logísticos— la última etapa de producción y escritura del libro El Estado burocrático autoritario: 1966-1973, Triunfos, derrotas y crisis, un texto clave en la obra de O’Donnell. Su temática — con eje en la denominada Revolución Argentina— aborda las nuevas formas de dominación represiva en los países latinoamericanos de mayor desarrollo.

Es posible que ella otra vez sintiera que el destino la había puesto ante un momento trascendental de la Historia (en este caso, del pensamiento). Tanto es así que, a mediados de 1981, en ocasión de celebrarse la boda de O’Donnell con la psicóloga Cecilia Galli en un salón de estas del barrio de Lagoa, se la oyó jactarse de ese ensayo — aún no concluido— como si fuese de su puño y letra. La primera edición de El estado burocrático autoritario fue publicada en 1982, sin que O’Donnell imaginara hasta qué punto esas páginas inuirían — desde una óptica freudiana— en el porvenir político de su secretaria. Hacía más de dos años que Patricia y Pancho vivían en Río, sin ninguna mira de dar algún paso hacia otro sitio del planeta. Prueba de su forzado arraigo a esa urbe era el portuñol que chapurreaba Francisco, ya un niñito inquieto y todavía indocumentado.

En la Argentina gobernaba el general Galtieri, a quien ellos recordaban por el envío a México del grupo que incluía a Tucho Valenzuela. Jaqueado por el desplome económico y la ascendente ola de protestas, el 2 de abril emprendió la ocupación militar de las islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur con la esperanza de perpetuar así la dictadura en el poder. Durante la tarde del sábado 10, el noticiero de Rede Globo exhibía a la audiencia brasileña un plano corto de ese sujeto ancho, con mirada acuosa, en el balcón de la Casa Rosada. Patricia no apartaba los ojos de las imágenes irradiadas por un televisor en el living de su hogar. La multitud, exaltada y desaante, coreaba una y otra vez La marcha de San Lorenzo y el Himno Nacional, rematando las últimas estrofas con saltitos, antes de vociferar: «¡Argentina! ¡Argentina!». El dictador observó a su público con satisfacción; seguidamente, bramó:

— Que sepa el mundo, América, que un pueblo con voluntad decidida como el pueblo argentino… El griterío se impuso sobre su vozarrón.

Y la frase quedó inconclusa. Luego, sin solución de continuidad, volvió a bramar:

— ¡Si quieren venir que vengan! ¡Les presentaremos batalla! La escena causaba en Patricia una solemnidad llamativa. El mismo tipo de solemnidad que infundió en ella la imagen — también televisada— de Franco al condecorar a Isabelita o al oír en la Plaza de la Revolución a Fidel. Pancho la escrutaba de soslayo. Y de pronto saltó hacia el televisor para apagarlo. Patricia lo fulminó con los ojos, pero sin decir palabra alguna. En esa época la convivencia entre ellos se había tornado vidriosa.

Una situación acorde con la coyuntura política en la Argentina. El 1º de mayo las fuerzas británicas bombardearon Puerto Argentino. La guerra había comenzado. Fueron 45 días de combate. Un lapso con arranque triunfalista que en su último tramo mutó hacia un dramatismo surreal. De modo que ya el 11 de junio la atención de los argentinos se repartía entre las tratativas diplomáticas — aquel viernes llegaba el papa Juan Pablo II a Buenos Aires en misión de paz— , el Mundial de Fútbol en España — el domingo la Selección perdía 1 a 0 en su debut con Bélgica— y las noticias del desenlace bélico — el lunes el general Mario Benjamín Menéndez rmaba la capitulación ante el comandante inglés, Jeremy Moore. La debacle también alcanzó a Patricia y Pancho. Por esas mismas horas ellos resolvían separarse.

Él entonces viajó a Madrid. Y ella, con Francisco, a Buenos Aires. Los tiempos habían cambiado. A esa altura, las encarnizadas polémicas sobre la Contraofensiva ya eran obsoletas. Casi nadie ponía en duda que tal táctica fue determinante para que la «Orga» pasara a ser una milicia residual. Aquella desintegración también había licuado al PMA, al menos como abanderada del montonerismo herbívoro. Pero sus miembros aún se mantenían agrupados en torno a Galimberti, quien ahora tenía la aspiración de aglutinar una nueva izquierda peronista.

Esa red de adláteres — unos 30, en total— se encontraba desparramada en las principales ciudades europeas y también en el DF. Pancho se reinsertó en dicha estructura al arribar a la capital española, donde el coordinador del «galimbertismo» era el «Nabo» (Eduardo Epztein), un excuadro de la UES. En Barcelona, Galimberti contaba con «Beto» (Alberto Schprejer), otro exUES, y el abogado rosarino Lisandro Brebbia. Su embajador en Estocolmo era el «Topo» (Jorge Devoto), un veterano de la Columna Norte.

Allí también residía Jacinto Gaibur. Y en México tenía a Mauriño, al Manco Pedreira y a Yuyo. Todos conformaban su Estado Mayor. Galimberti nanciaba el proyecto con aportes — a veces muy generosos— de fundaciones socialdemócratas y ciertos lántropos progresistas de Europa, sin soslayar el apoyo en Francia del PS (Partido Socialista), ya instalado en el Palacio del Elíseo. Cabe resaltar al respecto la entrada en escena de la «Chuchi» (Claudia Peiró), quien en París pasó a ser secretaria del Loco. Pero esa chica de 19 años también propiciaba el ingreso de cuantiosos fondos a través del papá, Ángel Peiró, un obispo metodista del MEDH (Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos) que manejaba una caja de donaciones destinadas al Tercer Mundo. Pancho — alojado en la casa madrileña de un pintor argentino que estaba de viaje— recibió a nes de agosto la inesperada visita de Galimberti. Lo acompañaba la «Chuchi». El Loco lucía exultante y hablaba hasta por los codos.

Entonces explicó que el error de Montoneros fue no haber comprendido el fenómeno del peronismo. Y que ellos ahora debían volver a ser parte del Movimiento. También dijo que, en este punto, él no veía con malos ojos a dos de sus referentes: Antonio Caero y Vicente Leónidas Saadi, puesto que, cada uno a su manera, podría ser la llave de ese plan. A continuación deslizó que, en Buenos Aires, Patricia ya bregaba para establecer lazos con ellos. Además le hizo saber que, con el propósito de visibilizar su corriente en el espectro opositor a la dictadura, estaba armando en Suiza unas jornadas de discusión sobre la cercana — según él— apertura democrática argentina, donde invitaría a ilustres personalidades de diferentes extracciones partidarias.

En ese instante, mirando a la «Chuchi» de reojo, manifestó su deseo de hablar a solas con Pancho. Ella, no sin contraer la boca en un mohín, se retiró. Recién al cerrarse la puerta el Loco reveló, con una media sonrisa, que el obispo metodista le había entregado 80 mil dólares para costear el asunto. Y que ya había alquilado un centro de convenciones en Montreaux, una pequeña ciudad sobre la ribera septentrional del lago Lemán. Pancho se mostró gratamente sorprendido. Antes de dar por cerrado el tema, el Loco le entregó un pasaje de avión a Ginebra para la semana entrante y viáticos en francos suizos. Mientras Pancho los guardaba en la gaveta de un escritorio, Galimberti comentó como al pasar: — Che, una lástima que ya no seamos concuñados. Fue su única referencia sobre la separación de este y Patricia. Su pesar era sincero. Y hasta es posible que haya ideado una estrategia para revertirla. De hecho, en aquel momento omitió informarle— seguramente en forma deliberada— que ella también viajaría a Montreaux. Por esas horas, en Buenos Aires, Patricia sentía un gran entusiasmo por tal convocatoria. En su situación, la perspectiva de ir por unos días a Suiza era como una bocanada de aire fresco. Sin desatender a Francisco y bajo una clandestinidad ya más laxa por el declive del régimen, ella intentaba cumplir las directivas enviadas desde París por Galimberti: reagrupar los fragmentos dispersos de la JP e inyectarles un contenido acorde a sus actuales ideas. Pero solo pudo coptar algunos muchachos sin militancia previa. Y unos pocos que habían vuelto del exilio. También merodeaba — aunque sin el respaldo de ninguna estructura— las reuniones constitutivas de lo que después sería el MOJUPO (Movimiento de Juventudes Políticas). Una iniciativa articulada por dirigentes juveniles de casi todos los partidos, menos los que apoyaban la dictadura. Allí se vinculó con Juan Pablo Unamuno, otro joven peronista. En ese contexto le surgió ir a Montreaux. Y acaso con el propósito de atenuar sus magros logros con un golpe de efecto, ya tenía un souvenir para llevarle al Loco: un cassette con opiniones de Caero sobre el presente nacional que podría ser oído en el evento. Ella lo había grabado al ser recibida por él en su casa de San Isidro. Fue un encuentro cordial. Pero el antrión no ocultaba su apuro en concluirlo.    Además de volcar en esa cinta sus pareceres — a pedido de Patricia— , don Antonio — que en esa época preparaba el lanzamiento del MUSO (Movimiento Unidad, Solidaridad y Organización), su propia línea dentro del justicialismo— la escuchó con más curiosidad que interés, la llenó de consejos y nalmente la despidió con una frase de ocasión: — Esperamos mucho de la juventud. En los primeros días de septiembre, Patricia inició el viaje a Suiza. Ante la posible existencia de algún pedido de captura — escrito o no— en su contra, eligió hacerlo desde Uruguay. En la Dársena Sur del Puerto Nuevo todo parecía normal. Y su paso por el mostrador de Migraciones no tuvo complicaciones. Una vez acomodada en el asiento del aliscafo, consultó el reloj. Ya era el horario de partida. Veinte minutos después, sin razón aparente, la embarcación seguía allí. Patricia hacía lo posible para que no se notara su nerviosismo. De golpe vio por la ventanilla el aparatoso arribo al muelle de un Falcon azul y un patrullero. Ambos clavaron los frenos a la altura de la nave. De sus puertas emergieron cuatro uniformados y tres tipos de civil. Patricia quedó petricada. Su cara era la viva imagen de la desolación. Ese instante duró una eternidad. En el siguiente, fue bajada del barco con las muñecas esposadas. Esa mañana terminó en un pequeño calabozo con paredes verdes muy sucias. Era el mismo «tubo» del tercer piso de «Coordina» — ahora rebautizada «Superintendencia de Seguridad Federal»— donde había estado dos meses, en 1975. Las horas pasaban lentas. Y ella seguía ahí como olvidada. Recién al otro día se le acercó un guardia solo para decir: — Así que vos sos la famosa Bullrich. Y sin sacarle los ojos se encima, se alejó. Al rato vino un sujeto con campera de cuero y anteojos espejados que le cuchicheó unas palabras al guardia. Este la sacó de la celda, encapuchada. Seguidamente, la condujo hacia un ascensor muy lento que subió cuatro pisos. Patricia trastabilló al salir. Luego — quizás en una ocina— alguien le ordenó que se sentara. De un momento a otro — calculaba— se desataría su inerno. Entonces escuchó el clic de lo que parecía la botonera de un artefacto electrónico. Y sintió un escalofrío. Pero únicamente se encendió una voz: «Urge el retorno al estado de Derecho, la normalización de la actividad política y un cronograma electoral para dar por nalizada esta tragedia». ¡Era la voz de Caero! Otro clic apagó el grabador. — Una tragedia, eh — soltó el «alguien». Y tras una estudiada pausa, prosiguió: — ¿En qué carajo andás, piba? Ella esgrimió una excusa pueril. El interrogador estaba emperrado en saber acerca del presunto víncu lo entre Caero y Galimberti. Insistía con eso una y otra vez. Su tono intimidaba. Pero no le tocó a Patricia ni un pelo. En ese mismo momento, su padre, el doctor Alejandro Julián Bullrich, y el hermano mayor, Martín, permanecían con gesto grave en un despacho del Palacio de Tribunales. Frente a ellos, ante un inmenso escritorio lleno de carpetas y papeles, un hombre ordenaba por teléfono la inmediata  libertad de la cautiva, sin dejar de tamborilear los dedos sobre el hábeas corpus presentado por la abogada Alicia Olivera y su colega, Augusto Conte. Se trataba del juez federal Pedro Narváez. Tras colgar el auricular, se permitió una sugerencia corta y elocuente: — Saquen inmediatamente a la chica del país. Los Bullrich asintieron con un leve cabeceo. Ella al nal partió a Suiza en el primer vuelo del día siguiente. Pero sin el cassette de Caero (que fue retenido en la sede policial). En compensación, su reciente vicisitud le confería el derecho a exhibir cierta ínfula de heroicidad. La doctora Olivera, otra invitada a Montreaux, viajó en el mismo avión. Ella fue una de las expositoras en el evento, al igual que el juez Eugenio Raúl Zaffaroni, el economista Héctor Gambarotta — una especie de recaudador del Loco— y el periodista inglés Christopher Roper — quien dirigía el semanario Latin American Newsletters y simpatizaba con el galimbertismo— . También hubo sindicalistas del Grupo de los 25, encabezados por el camionero Ricardo Pérez, además de dirigentes del PDC (Partido Demócrata Cristiano), del PSU (Partido Socialista Unicado) y del PI (Partido Intransigente). Galimberti no se dejó ver en el centro de convenciones. Y en el mayor de los sigilos mantuvo encuentros con algunos participantes en un lujoso hotel de Ginebra (a 55 kilómetros de Montreaux). Su idea a corto plazo giraba en torno al armado en Buenos Aires de una fundación con el propósito de impulsar desde allí un espacio partidario. Con ese n sondeaba a sus interlocutores.  Patricia, para su decepción, no tuvo lugar en la lista de ponencias. Y sus tareas solo se limitaron a la coordinación de aquellas reuniones. A esa situación se le agregó la sorpresa de toparse allí con Pancho. Una circunstancia que, por cierto, no los condujo a retomar la vida en común. Al concluir las jornadas, ella fue a Río de Janeiro, donde residió por un tiempo «preventivo», antes de volver denitivamente a Buenos Aires. Corrían ya los primeros días de 1983. A partir de entonces su accionar político empezó a tomar color. En base a contactos anudados en Montreaux, se aproximó a referentes del Grupo de los 25 — que desembocaría en la CGT Brasil, de Saúl Ubaldini— . Y abrió un local sobre la calle Beauchef, cerca del Parque Chacabuco. En paralelo, fueron llegando al país algunos integrantes de la escuadra del Loco; a saber: el Topo Devoto, Brebbia, Mauriño y Gaibur. Justamente en aquel local, durante una mañana de abril, apareció Gaibur con la cara teñida en azoro. Y extendió un ejemplar del semanario Siete Días con una entrevista a Galimberti en París rmada por Germán Sopeña. El azoro entonces se extendió a los presentes. Porque sin siquiera mencionar el proyecto político del grupo, el Loco se presentaba como un lobo solitario abocado a denostar a Montoneros mientras sobrevivía en el exilio trabajando de taxista.

— ¡Está demente! — bramaba Gaibur.

— ¡Alguna razón tendría! — gritaba Patricia en su defensa.

El propio Galimberti luego justificó sus declaraciones con el argumento de haberse sentido acorralado por las preguntas incisivas del entrevistador. 

— ¡Que sos taxista no te la cree nadie! — retrucó Gaibur por teléfono.

— ¿Y cómo querías que explique mi medio de subsistencia?

Por milagro, esa pintoresca incursión mediática no fue mal vista por la opinión pública. Entonces se concretó su sueño de la fundación propia al ser inaugurado el Centro de Estudios para la Democracia Argentina (CENDA), con ocinas en un edicio de la calle Uruguay. Sus caras visibles eran Patricia, Mauriño y Daniel Llano, un cuñado de la Chuchi que había regresado de Nicaragua. Colaboraba allí Alicia Olivera, Zaffaroni, el sindicalista Roberto Digón y hasta el politólogo O’Donnell, entre otras personalidades. Ese sitio también atrajo al joven Unamuno. La idea fue que el CENDA tuviese una pátina pluralista. El «Gordo» Llano — correntino, exmilitante de la UES y que en Managua fue editor de la publicación de análisis sociopolítico Pensamiento Propio, con un subsidio de la Universidad de Stanford— le encontró enseguida la vuelta al asunto. De manera que, a nes del otoño, tuvo la ocurrencia de traer un par de jueces italianos para disertar sobre sus luchas contra la maa sin apartarse del Código Penal.

De tal asunto participaron Graciela Fernández Meijide y Cafiero, junto a representantes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, ante una audiencia de aproximadamente 200 personas. En esa ocasión Patricia mostró un notable interés por ser la vocera del evento ante la prensa, quizás a sabiendas de que su rebote en los principales diarios propiciaría la exposición de su propia gura. No se equivocó.
Esa fue la primera vez que su nombre aparecía en letras de molde. Su voz salió por radio y también se la vio por TV en una breve nota del ya famoso Daniel Mendoza para el informativo Buenas noches, Argentina, de Canal 13. Todo en el lapso de tres días. La inminente vuelta a la democracia latía en la conciencia colectiva. El último presidente de facto, Reynaldo Benito Bignone, había establecido que las elecciones serían el 30 de octubre. Previamente, el ministro de Economía, Jorge Wehbe, y el titular del Banco Central, Domingo Cavallo, procedieron a estatizar la deuda externa privada — que desde 1976 creció en 37 mil millones de dólares— . Y corrían rumores de que el Poder Ejecutivo preparaba una Ley de Autoamnistía para garantizar la impunidad de los militares vinculados en la violación de los derechos. Ambas cuestiones, junto con una inación del 209 por ciento anual y la caída del salario del 34 por ciento, motorizaron el paro general efectuado el 28 de marzo por las dos centrales obreras — la CGT Brasil y la CGT Azopardo— , con un acatamiento absoluto. Frente a la Juventud Radical (JR), que crecía en proporción geométrica, la reorganización de la JP — aún dividida en pequeños grupos, siendo algunos simples sellos— se cristalizaba con lentitud.

En junio quedó constituido el MOJUPO y a principios del siguiente mes movilizó una multitud hacia la Plaza de los Dos Congresos, donde fue leído un documento titulado «Compromiso juvenil por la paz y la democracia». La representación peronista en dicho colectivo estaba monopolizada por Unamuno, con quien Patricia solía dejarse ver ante las cámaras. Sin embargo, ella lo criticaba a sus espaldas por enlazar su estructura al Partido Justicialista (PJ), cuando — según su entender— la JP no debía depender de ningún sector del peronismo para así generar una política propia. Era un loable principio que declamaba una y otra vez, en paralelo a su acercamiento al sector interno liderado por Caero. Mientras tanto ya tenía en carpeta el relanzamiento de la revista Jotapé, ahora a todo trapo, con fondos europeos recolectados por Galimberti. Por entonces en el PJ era un hecho — aunque todavía no ocializado— que Ítalo Luder sería el rival electoral de Alfonsín. Pero ese hombre conservador y poco carismático no gozaba del beneplácito del sector juvenil.

El 25 de agosto, Patricia despertó con todos los sentidos enfocados en el congreso del PJ que aquella tarde deniría la candidatura para la gobernación bonaerense entre Caero y el sindicalista ortodoxo Herminio Iglesias. Ese jueves sería para ella inolvidable. Aún clareaba cuando sonó el teléfono. La llamaban desde París por una razón que le fue dicha sin rodeos:

— Julieta falleció en un accidente.

Esa frase cayó sobre su cabeza como un puñetazo. Durante la noche anterior, Galimberti atravesaba en su auto el tramo de una ruta que bordeaba el pueblo de Roissyen- Brie, a diez kilómetros de París. Julieta dormía a su lado. Súbitamente, la embestida de una camioneta del correo francés arrojó al vehícu lo, casi partido en dos, hacia la banquina, antes de volcar. El techo quedó aplastado contra el asfalto. Por un par de segundos, una rueda delantera siguió girando. Él se fracturó un omóplato. Y fue llevado a un hospital de Provins. Ella quedó sin vida entre los hierros retorcidos. Tenía 28 años.

— Murió en el acto, sin sufrir — acotó el autor de la llamada.

Patricia llegó a París el viernes para gestionar la repatriación del cuerpo. Dos semanas después, Julieta Bullrich Luro Pueyrredón fue inhumada en el cementerio privado Jardín de Paz. Quizás entonces Patricia haya evocado las palabras oídas hacía casi un cuarto de siglo en otro camposanto, el de la Recoleta, durante las exequias de sus parientes malogrados en la tragedia aérea de Austral:

«A veces el Señor es incomprensible».

III

 

«¡Y ya la lo ve/ y ya lo ve/ es la gloriosa Jotapé!» — coreaba la multitud en el Luna Park durante la noche del 24 de agosto de 1984. Galimberti, por estar de incógnito, se escabulló entre quienes ocupaban un sector lateral del estadio, mientras Patricia — ahora escoltada por el Gordo Llano— avanzaba hacia la cabecera repartiendo saludos y abrazos.

Allí, en un costado, se encontraba Juan Carlos Dante Gullo. La gente lo aplaudía. Ya eran las 20:40. Sobre el escenario — coronado por un enorme cartel de tela que rezaba «La liberación nacional no se declama, se construye»— , alguien leía a viva voz un mensaje del gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem. ¿Un mensaje? Patricia tragó saliva. Se suponía que ese hombre era uno de los invitados al acto. En el backstage se cruzó con la Chuchi. Ella, algo nerviosa, le puso ante los ojos un telegrama que acababa de enviar Menem desde Tucumán: «Tengo el penoso deber de informar que por problemas con los vuelos es posible que no pueda concurrir». Patricia tragó saliva otra vez.

La Chuchi, no sin indignación, soltó:

— ¡Se borraron todos! Ocurre que, en un principio, el lanzamiento público de la JP-U prometía ser una atractiva vidriera para la dirigencia renovadora del PJ, muy empeñada en consolidar su imagen frente a la ortodoxia partidaria, herida por el desastre electoral del año anterior. De modo que, además de Menem, habían asegurado su presencia — con discursos incluidos— personajes como el viejo Saadi, Carlos Grosso, Miguel Unamuno — el padre de Juan Pablo— , el intendente de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde, y el sindicalista José Rodríguez.

— ¡Se borraron todos! — insistió la Chuchi. No todos. Estaba Grosso, quien sin embargo pidió su retiro del listado de oradores. En cambio, Rodríguez y Duhalde se excusaron telefónicamente por sus inasistencias, acaso adelantándose con los tiempos. Porque el resto especuló hasta último momento con la capacidad de convocatoria del amante espacio juvenil para no quemarse ante un estadio vacío. A las 21:30 seguían llegando columnas. Y la multitud coreaba: «¡Juventud presente!/ ¡Perón, Perón o muerte!». Entonces llegó otro telegrama de Menem, esta vez desde Córdoba y con una ambigüedad: «Quizá sea posible estar a tiempo». En aquel instante hubo un fugaz arremolinamiento sobre la entrada más cercana al escenario: llegaba don Vicente Leónidas con su hijo, «Ramoncito», el gobernador de Catamarca. Luego apareció Miguel Unamuno, quien fumaba sin parar. Juan Pablo permanecía con Patricia tras bastidores, obnubilado por la auencia de militantes y adherentes.

— Habrá unas 40 mil personas — arriesgó.

Ella no lo contradijo. De repente escuchó que el presentador la nombraba. Era la hora de su cita con la gloria. Durante los cuatro o cinco segundos que demoró en arribar al escenario — relataría luego— , sintió que todo a su alrededor quedaba inmóvil y en silencio, como congelado, con la única excepción de sus latidos. Y recién al bramar «¡Compañeros!» — estirando la pronunciación de la primera «o» en forma exagerada— , el bullicioso oleaje de la multitud volvió a la normalidad. A continuación, su arranque fue: — ¡La crisis del peronismo es por haber renunciado al camino de la lucha revolucionaria que nadie como Evita supo representar! Ella esforzaba sus cuerdas vocales al máximo. Sin embargo, su tono era monocorde, casi sin matices. Como si de su boca salieran palabras aprendidas de memoria. Algo de eso había. En los días previos acudió cada atardecer al monoambiente del barrio de Flores que Pancho le prestaba a Galimberti para informarle las novedades de la organización del acto. Y preparar con él su discurso. Al respecto, el Loco le había jado dos ejes: fustigar a la cúpula del PJ — presidida simbólicamente por Isabel, aunque bajo el control real del binomio Lorenzo Miguel-Herminio Iglesias— y arremeter contra la gestión de Alfonsín. Pero el asunto también incluía— como se dice actualmente— un coaching en oratoria. En consecuencia, Patricia se vio obligada a ensayar una y otra vez su intervención ante un espejo sin que el Loco le sacara los ojos de encima.    

Ahora su Pigmalión la observaba desde el fondo del estadio. A lo lejos, ella parecía una estatua parlante. Y por momentos, él se mordía los labios. Aun así los presentes le obsequiaron a Patricia una aclamación cuando tildó al gobierno de «hambreador», antes de añadir: — Alfonsín no tiene proyecto de país, no sabe adónde va. Esto terminará muy mal, compañeros. Entonces estalló otra aclamación. Pero no para ella. Todas las miradas apuntaban hacia un costado de la cabecera. Eran las 22:30. Galimberti maldijo por lo bajo al advertir que justo en aquel instante la atención de la concurrencia se concentraba en torno a una gura emponchada y patilluda que, con parsimonia, se abría paso entre la muchedumbre. Menem, sonriendo de oreja a oreja, levantaba los dedos en «V». Seguidamente desló ante el micrófono Dante Gullo; luego, Unamuno (padre) y los dos Saadi. Por último, ya al lo de la medianoche, fue Menem quien tuvo el honor de cerrar el acto. Y con un remate de calidad:

— Esta juventud maravillosa, al igual que Jesús a Lázaro, debe decirle al peronismo: «¡Levántate y anda!». La multitud parecía en trance. Durante la desconcentración en la calle Bouchard, cientos de gargantas aún seguían coreando. «¡Juventud presente!/ ¡Perón, Perón o muerte!». Galimberti y Patricia se alejaban a bordo del 404. Ella, sin abrir la boca, digería la dimensión de lo acontecido. Él la miraba de reojo. Corría ya la primera hora del sábado cuando ocuparon una mesa en la pizzería Imperio, de Chacarita. Recién cuando el mozo les trajo una grande de muzzarella y una Quilmes de litro, Patricia rompió el silencio:

— ¡Fue un éxito! Juan Pablo calculó 40 mil personas.

El Loco, sin levantar la vista del plato, dijo:

— ¿Sigue usando anteojos ese pibe?

Patricia comprendió que él no estaba de su mejor talante. Quizá sintiera un ramalazo de nostalgia. De ser así, es probable que su mente haya retrocedido a la remota noche del 19 de abril de 1973, cuando en otra pizzería, la que estaba en la avenida Vélez Sarseld, ellos celebraban su invocación a las milicias populares en el acto de la UES. Hubo entonces dos presencias que ya nunca podrá tener a su lado: el Gringo Caretti y Julieta. La voz de Patricia lo devolvió al presente: — Bueno, no sé… serían 20 mil.

— ¡Qué carajo importa! Igual metimos un golazo. ¿Quién junta hoy en el peronismo tanta gente? ¡Nadie! El ánimo del Loco se había recompuesto. Y mientras atacaba la segunda porción, preguntó:

— ¿Y? ¿Qué sentiste al hablar?

No sin una pizca de rubor, ella contestó:

— Fue emocionante.

El Loco se mostró benévolo al comentar el desempeño de Patricia sobre el escenario. Y hasta se permitió una lisonja:

— Mirá cuando te toque hablar desde el balcón de la Rosada… A Patricia se le escapó una risita. Acto seguido se enfrascaron en un repaso del acto, haciendo hincapié en el oportunismo de los invitados especiales, antes de analizar los próximos pasos, ya con la tercera Quilmes de por medio. Ella estaba muy chispeante cuando, pasadas las 2:30 de la madrugada, salió hacia el kiosco de diarios ubicado en la boca del subte. Galimberti la vio regresar hojeando el Clarín sin detener sus pasos. Ya en la mesa, lo extendió desplegado en la página seis. Ahí resaltaba una nota a tres columnas; su título: «Debutó en el Luna Park la izquierda peronista».

La crónica estimaba una concurrencia de «casi diez mil personas».

— ¡Qué hijos de puta! ¡Si ahí no cabía un aller! — protestó el Loco.

El resto del artículo no mereció otras objeciones suyas; entonces, con un dedo sobre la fotografía del acto, dijo:

— Lo que conseguimos acá ahora hay que capitalizarlo políticamente. Y levantó su copa para brindar. Al despertar a la mañana, Patricia recordó esa frase y sus párpados se abrieron de golpe. Lo cierto es que ella creía en el proyecto. También conaba en la muñeca estratégica de Galimberti. Y sobre todo se sentía en los umbrales de un momento personal único e irrepetible, cuyo alcance — aparentemente— no tenía techo. Pero sí un trampolín imposible de eludir: la JPU. Tal suma de sensaciones y certezas no demoraría en toparse con ciertas encrucijadas surgidas en las entrañas de dicha estructura. Un proceso que tuvo un inicio asintomático. Pero Galimberti lo notó antes que nadie. Había transcurrido un mes y medio desde el acto del Luna Park cuando manejaba el 404 por la avenida Gaona, en dirección al Centro, con la cabeza atrapada en valoraciones no muy satisfactorias.

— Mirá cuando te toque hablar desde el balcón de la Rosada… A Patricia se le escapó una risita. Acto seguido se enfrascaron en un repaso del acto, haciendo hincapié en el oportunismo de los invitados especiales, antes de analizar los próximos pasos, ya con la tercera Quilmes de por medio. Ella estaba muy chispeante cuando, pasadas las 2:30 de la madrugada, salió hacia el kiosco de diarios ubicado en la boca del subte. Galimberti la vio regresar hojeando el Clarín sin detener sus pasos. Ya en la mesa, lo extendió desplegado en la página seis. Ahí resaltaba una nota a tres columnas; su título: «Debutó en el Luna Park la izquierda peronista».

 

 

Lejos de la organización de masas que él suponía haber parido desde las sombras el 22 de agosto, la JP-U no pasó de ser un módico aparato con vuelo gallináceo que solo cobijaba un puñado de adláteres — con rivalidades entre sí— en un pequeño local en Avenida de Mayo al 800. Galimberti se dirigía precisamente hacia aquel lugar. Y por primera vez. Porque el pedido de captura que pesaba sobre él hasta le impedía frecuentar la sede de su propio espacio político, por lo que se veía obligado a conducirlo desde el departamentito de Pancho en Flores. Pero la transgresión que estaba por cometer era un acto casi terapéutico, ya que andar a la vista de todos a sabiendas de que eso no era aconsejable para un prófugo lo excitaba sobremanera. Tras dejar atrás Plaza Miserere, avanzó por Bartolomé Mitre cavilando sobre su anhelo de relanzar la revista Jotapé. Un anhelo imperioso, puesto que en aquella publicación él cifraba todas sus esperanzas de sustraer a la JP-U de su anomia para convertirla en la expresión juvenil del peronismo. Y si bien la parte estrictamente periodística ya estaba en marcha, aún no tenía fondos para solventar el papel, la imprenta y su distribución. Lejos de la organización de masas que él suponía haber parido desde las sombras el 22 de agosto, la JP-U no pasó de ser un módico aparato con vuelo gallináceo que solo cobijaba un puñado de adláteres — con rivalidades entre sí— en un pequeño local en Avenida de Mayo al 800.

  La falta de plata lo acuciaba. Las remesas prometidas por el PS francés le llegaban de modo irregular. Y aquí, la recaudación entre sindicalistas anes y políticos amigos también era salteada. Pero siempre en el campo de las finanzas, desde 1979 — cuando encabezó la ruptura con Montoneros— lo mordía otro pesar como si tuviese una piraña en el alma: los 60 millones de dólares obtenidos por la «Orga» en el secuestro de los hermanos Born. Muy por encima de todas las diferencias políticas, básicamente por este asunto odiaba de manera visceral a Firmenich — ya preso en la cárcel de Villa Devoto— , a Vaca Narvaja y a Perdía.  

En realidad, al haber sido el artífice de dicha operación militar, el Loco se consideraba legítimo acreedor de una tajada del botín. Y en sus noches de insomnio solía urdir estratagemas para recuperarla. De hecho, ahora tenía una en mente. Justo pensaba en eso al doblar por Avenida de Mayo. Entonces, pasando la calle Piedras, vio en la mano derecha, sobre el portón de una vieja casona, el cartel de la JP-U. Pero no se detuvo. Siguió de largo hasta Flores. Mientras tanto, el clima en ese local se iba enrareciendo por incipientes recelos entre Patricia, Dante Gullo y Unamuno. Al principio, poco beneplácito causó en sus socios el estilo personalista que, repentinamente, ella comenzó a cultivar tras el acto del Luna Park.

— Se agrandó como un corcho mojado — soplaba por lo bajo Dante Gullo, con su típica elocuencia barrial. En lo político, las discrepancias giraban alrededor de la postura ante el gobierno radical. Patricia — conforme con lalínea que Galimberti bajaba desde su guarida— se exhibía intransigente, dura y desafiante, al punto de plantear un enfrentamiento frontal con Alfonsín. El «Canca» — como aún todos le decían a Dante Gullo— sostenía lo contrario. Y hasta conversaba con referentes de la Coordinadora — el núcleo alfonsinista de la JR— , cuyas inuencias en la esfera presidencial no eran menores. En tanto, Unamuno hacia malabares entre esas dos convicciones, mientras, bajo la mayor de las reservas, comenzaba a verse con los antiguos jefes montoneros. Así llegó al otoño de 1985. Alfonsín entonces convocó a un acto multitudinario en Plaza de Mayo para sentar las bases del «Tercer Movimiento Histórico». Una ensoñación que pretendía impulsar el renacimiento de la Argentina mediante una síntesis entre la  democracia política de cuño yrigoyenista y la justicia social del peronismo. El asunto seducía al Canca. No así a Patricia ni a Unamuno, quienes — sin siquiera discutirlo con él— se apuraron a difundir un documento cuya posición se resumía en el título: «Ni radicales ni golpistas, peronistas».

Pero las cosas no salieron tal como fueron deseadas. Durante la mañana del 26 de abril, a Galimberti solo le bastó mirar por la ventana para atragantarse con el desayuno. Y, furioso, la llamó a Patricia. Ella, que ya intuía el motivo de su disgusto, se le anticipó al reproche:

— Fue cosa del Canca. ¡Nos recagó! Aquel viernes los muros de la ciudad habían amanecido con carteles de adhesión al acto radical. Estaban armados por la JP-U. Desde aquel momento, Dante Gullo cargó con la acusación de haberlos solventado con billetes de la Coordinadora.

Pero las cosas no salieron tal como fueron deseadas. Durante la mañana del 26 de abril, a Galimberti solo le bastó mirar por la ventana para atragantarse con el desayuno. Y, furioso, la llamó a Patricia.

El Loco tenía ganas de acogotarlo, porque sentía que le había mojado la oreja. Pero la del Canca sería en realidad una victoria pírrica. Por la tarde, ante una plaza colmada con las banderas rojas y blancas de la UCR, la gura de Alfonsín resaltaba en el balcón de la Rosada, anqueado — quizá para despejar toda duda sobre la unidad partidaria— por los balbinistas Juan Carlos Pugliese y Fernando de la Rúa. El Canca, que permanecía con una veintena de acólitos sobre Diagonal Sur, junto al Cabildo, no llegaba a visualizar desde allí al Presidente. Pero los altoparlantes le permitían oír su voz con nitidez:

— ¡Hay un reclamo legítimo de los sectores populares! ¡Un reclamo por reivindicaciones justas! Al mismo tiempo tenemos que ordenar la economía. Y también tenemos que crecer. Hubo entonces una impresionante ovación. El Canca, persuadido de que tales palabras preludiaban un gran anuncio, hizo un esfuerzo — dada su identidad política— para no plegarse al vitoreo. Y Alfonsín redondeó:

— Esto, compatriotas, se llama… ¡economía de guerra!

Hubo entonces un pesado silencio. Y luego, silbidos. La ilusión de una nueva República acababa de estrellarse contra un plan de ajuste.

El Canca quedó estupefacto. Y sintió ganas de ser tragado por la tierra. La JP-U iniciaba así su agonía. Un tortuoso proceso que continuó con el salto de Unamuno hacia el Peronismo Revolucionario (PR), la nueva sigla que cobijaba a la estructura remanente de Montoneros. En el ínterin se habían podido publicar dos números de la revista Jotapé (en noviembre de 1984 y en febrero de 1985). Y el tercero se encontraba ya en la imprenta del padre Luis Farinello, en Quilmes. Su financiación fue finalmente posible gracias a un tardío aporte de los benefactores europeos de Galimberti y dinero que puso — de manera anónima— un allegado al Topo Devoto. Pero ese tercer número fue para la JP-U el tiro de gracia. Tal trama tuvo ribetes rocambolescos.

El Gordo Llano, en su carácter de secretario periodístico de la revista, fue a Quilmes para retirar la edición. Y grande fue su asombro al caer en la cuenta de que, a hurtadillas, el Topo, junto con su pareja, Liliana Mazzure, y Beto Schprejer, había modicado la tapa y varios artícu los. Entonces cargó los paquetes en su Fiat 133. Y al volver a la Capital, los lanzó al agua estancada del arroyo Sarandí. Tras recriminaciones mutuas, el conflicto derivó en una memorable trifulca entre el Topo y Llano, aunque sin vencedores ni vencidos. Continuará...

(Editado por Planeta)