Por Symns

La Mar del Plata oculta

Cronicas

La gloria y lo maldito de una ciudad, bajo la lupa gloriosa y maldita de Enrique.

Guillermo Vilas alguna vez dijo que el marplatense era un ser malhumorado, un tipo medio enojado con la vida porque el turismo lo obligaba a vivir en una ciudad que durante el verano dejaba de pertenecerle. Es bastante evidente que, cuando llega diciembre y se inicia la invasión de las hordas que se apoderan de la ciudad, la vida privada desaparece, se esfuma en la nada, convierte a todos los marplatenses en individuos extraviados entre una multitud hambrienta que como una marabunta se devora espacios públicos y particulares, calles y bares, restaurantes y teatros, playas y costaneras. La peor consecuencia de ese despojo se produce al finalizar la temporada: la vida social queda desintegrada; en el invierno, esa urbe gigantesca y en continua expansión parece una aldea abandonada. No hay movidas, ni tribus, ni lugares de encuentro. Sin embargo, esa individuación desintegradora también genera modalidades de encuentro, algunas propuestas secretas y también ciertos rumbos salvajes.   El secreto de los libros usados La ciudad posee una gran tradición alrededor del libro usado desde que en el año 1936 un célebre librero llamado Aurelio Espinosa fundó, a pocos metros de la mítica confitería Jockey Club, la librería llamada Feria del libro. Fue un lugar de encuentro de intelectuales, escritores y periodistas. Allí solo se vendían libros usados y Espinosa no solo implantó el sistema de canje sino también el de la venta con garantía: si el libro no era del agrado del comprador podía ser trocado por otro en un plazo razonable. Esa legendaria librería marcó una senda en la cultura marplatense.  Walter Gotti, 32 años, estudiante crónico de filosofía, es el dueño del café con libros usados llamado ¿Quién es Chesterton? (Corrientes al 1700). —Hicimos una encuesta —nos cuenta— preguntando a la gente a qué respondía tal nombre. Un porcentaje no muy alto acertó que se trataba de un escritor. Pero a muchos la palabra le sonaba a habanos o a una marca de whisky o de ropa. Nos gustó la idea de que el nombre tuviera distintos ecos. ¿Quién es Chesterton? es un lugar de tragos donde se puede ir a beber y a leer gratuitamente los libros usados que también se pueden comprar. La gran biblioteca que se extiende alrededor de las mesas incluye mayoritariamente textos de filosofía y de literatura universal. —Tenemos mucha clientela universitaria —afirma Gotti—, no hay adolescentes, ya no hay lectores adolescentes, o si leen no lo hacen en el formato habitual. Aquí viene gente que busca encontrar las grandes preguntas. Gotti confiesa que cuenta con algunas joyas en su biblioteca: —Soy comprador de grandes bibliotecas. Casi siempre encuentro solo basura. Pero hace unos meses me llamó un hombre que había heredado una, enorme. Nunca llevo encima más de veinte pesos, por si es una encerrona y me quieren robar. Casi me da un ataque cuando entre tanta porquería encontré un tratado de cirugía del año 1640. Lo mezclé con algunas novelas inservibles y casi con desprecio le ofrecí los veinte pesos. El hombre ni dudó. Ese libro me lo tasaron en Sotheby’s y va a salir a remate con una base de 2500 euros. Esa forma repugnante de saquear a la pobre gente se encuentra instalada casi como una normativa depredadora entre los expertos buscadores. El Atril (diagonal Pueyrredon al 2900), en cambio, es una lujosa librería que funde interactivamente el concepto de lo nuevo y lo usado. Los empleados y el encargado denotan enseguida otra forma de contactarse, más humilde y fraternal. Allí hasta los ladrones de libros son aconsejados pero nunca castigados. El Atril nació en el año 1998 en Morón y  se fue expandiendo por la zona oeste hacia Moreno y San Martín. —En el año 2001 —nos explica Javier, que es el encargado— decidimos experimentar en el interior. Probamos primero en Tandil y al año siguiente llegamos a Mar del Plata.  En la capital no tenemos ningún local, la competencia es muy salvaje y preferimos mantenernos ajenos. El Atril tiene todas las principales novedades de las grandes editoriales nacionales pero también trabaja lo usado. "La gente puede traer sus revistas y libros viejos y con la tasación pueden comprar algún libro nuevo". En el tercer piso se encuentra un lujoso salón de exposiciones donde se realizan muestras quincenales con los trabajos de los principales artistas plásticos, escultores y fotógrafos marplatenses.  Sin embargo, uno de los bares más célebres dentro de la intelectualidad marplatense es el Dickens (diagonal Pueyrredon al 3000), donde  suele reunirse el personal más bohemio de la ciudad. —Un elemento fundamental —nos cuenta el escritor Marcelo Gobello— es que es el único boliche del centro donde se puede fumar, está liberado. Al bar Dickens concurren muchos periodistas y también políticos, ya que está ubicado a tres cuadras del Consejo. Dickens tiene otras dos características atractivas: se preparan los mejores tragos de la ciudad y es el boliche emblemático de las bandas de jazz locales. El propio Gobello nos presenta a uno de los habitués. Pablo Zamorano, poeta e integrante de una especie de secta que le rinde culto al desaparecido escritor José Sbarra, autor de algunos libros célebres entre la marginalidad porteña de la década de 1980: Plástico cruel, Marc, la sucia rata e Informe sobre Moscú. LOS LIBROS MENCIONADOS SE PUBLICARON EN LA DECADA DE 1990 O MAS TARDE Estos textos fueron trasladados al teatro y también al cine. —Tenemos la necesidad —trata de explicar Zamorano— de encontrar referencias que no sean tan imperialistas y formateantes como todo lo que baja desde Buenos Aires. Sbarra nos permitió juntarnos alrededor de un secreto. Dense, la hechizante compañera de Marcelo Gobello, es la encargada de programar un ciclo de cine en el Teatro Independencia (Av. Independencia 1400). En lugar de saturar a la gente con los aburridos y solemnes films de arte, consolidó una programación más que interesante en una ciudad donde los cines son ya una antigualla. (A quemarropa, de John Boorman, El pasajero de la lluvia, de René Clément, o Diabolik, de Mario Bava).   Bajando hacia la calle salvaje La pulpería La Fusta está en la esquina de Chaco y Alvarado, en un barrio de calles serenas y casas antiguas, bastante cerca del centro pero a una remota distancia del turismo y del ajetreo comercial. Tranquilamente podrían ser calles de Lanús o de Gerli. La pulpería existe desde el año 1940 y en su interior se conserva el mismo ambiente, la tremenda barra enrejada, las mesas sólidas y desgastadas y también la decoración de aquellos años. Las paredes están cubiertas de fotos antiguas, pinturas y dibujos de los años cuarenta y los asiduos le rinden culto a un poema anónimo escrito con letra minuciosa y paciente que dice: "Al que es amigo jamás le pidan nada/ pero no lo dejen en la estacada/ pero no le pidan nada ni lo aguarden todo de él/ Siempre el amigo más fiel/ es una conducta honrada". Nuestra irrupción en la pulpería detona como un escopetazo. Se instala un silencio incómodo. Todas las caras nos parecen feroces y todas las miradas nos hurgan como lobos, aunque enseguida descubrimos que en ese lugar no hay siquiera la sombra de una maldad. Nos presentamos como periodistas ante el dueño del local, un tucumano de nombre Urquijo, que enseguida nos abre la puerta de la pulpería a través de una tierna sonrisa. Nos cuenta que La Fusta ya tuvo cinco dueños y cada uno de ellos, como si se tratara de una ceremonia heredada, fue cediendo el local exigiendo al sucesor la certeza de que nada sería siquiera alterado. Aquí los parroquianos son bastante extraordinarios. —Somos todos una familia —nos explica Urquijo—, los clientes siempre son los mismos, rara vez aparece algún desconocido. Aquí jamás hubo una  discusión, una pelea o alguna falta de respeto. Somos todos amigos. Ese viejo de barba que ve ahí es uno de los primeros que vino a este bar. Viene todos los días, sin faltar nunca, llega a la mañana temprano y se queda hasta las tres o cuatro de la tarde jugando a las cartas. Aquí hay mucho truco. En cuanto le convido un par de vinos, el viejo me dice que se llama Carlos y que tiene (duda unos instantes) más o menos 81 años. Su relato es confuso, pero cree recordar que fue plomero hasta que le robaron todo y desde entonces se dedica a hacer changas. En la mesa de al lado se sienta un hombre con cara y musculatura de Popeye. Inútilmente intento dialogar con él. Me aferra de la mano, sonríe y balbucea sonidos incomprensibles, tratando de mantenerme junto a él. —Fue boxeador —susurra Urquijo—, algunos de aquí lo vieron pelear, era duro y en la última pelea el hombre no quiso tirarse y quedó destrozado de la paliza que soportó. Aun cuando lo intenta, no consigue articular palabras. Nunca habló con nadie, no puede. La ginebra le da consuelo, viene todos los días y se toma seis. Siempre son seis. Los precios en La Fusta son imposibles. Dos pesos una medida generosa de ginebra. Un peso con cincuenta el vaso de vino marca barro hediondo. Pero una rica picada de cantimpalo, longaniza picante, aceitunas negras y queso con dos Cinzanos con fernet cuesta 12 pesos. —Eh…. Crónica —se burla el viejo Carlos tomando confianza—, convidame un vino. Se sienta en nuestra mesa Carlos Molina, un personaje fundamental del elenco estable. —Vivo en la esquina, voy y vengo todo el tiempo. No me gusta estar en la casa, la casa es aburrida, aquí hay aire, se respira la calle. A veces vengo a la mañana, al mediodía siempre, trabajo en una agencia de quiniela y siempre me estoy escapando. Siempre se cierra temprano, a lo sumo a las 10 de la noche. Para nosotros los  sábados son fiesta, hay locro, empanadas y guitarreada y a veces nos quedamos hasta el amanecer. Cuando salimos de un boliche que, como este, tiene setenta años, el choque con la nada del mundo es fuerte. La presencia del pasado hasta tiene un aroma. Recordé con desazón el cierre del Bar Británico en la esquina del Parque Lezama (hoy transformado en un clon desalmado), que fue mi hogar durante casi cuarenta y cinco años y remembré la pérdida. Siento cierta envidia por esos hombres antiguos que no han recibido una patada en el culo de sus recuerdos enviándolos hacia las calles de un futuro que apesta a nada.   Planeta puerto En la esquina de la calle 12 de Octubre y Martínez de Hoz está el restaurante y boliche La Recalada, donde encontramos a Juancho Antunez, el tipo que hemos contratado para que nos conduzca a través del laberinto. Es grandote y nos mira con cierta astuta distancia. Enseguida le caigo bien, tarea en la que soy un experto. Es un bar rasposo pero sirve una muy rica merluza. Es el punto de partida para introducirse en ese territorio con muchas provincias y que entre todas conforman la República del Puerto. La calle 12 de Octubre es esencial en ese sendero. Es el "centrito". Y tiene dos vidas. Durante el día funciona el comercio y transita por allí la gente trabajadora. Oficinas y bancos, casas especializadas en equipos de pesca o en maquinaria, panaderías, almacenes y hasta salones de belleza. A las siete de la tarde se transforma. Como si al caer la luna, Drácula saliera a devorar almas, decenas de empleados, comerciantes y obreros desaparecen como si nunca hubieran estado allí. Los vampiros son simplemente el malandraje. Se apagan las luces de los comercios y se prenden las de los puteríos. My Darling, Chica Linda, Karaoke. Es el tráfico sexual exclusivo para marineros. En esos comercios solo se vende emisión de semen. A la noche, esas calles son tierra de nadie. A medida que Juancho nos conduce en la camioneta hacia los bajos fondos de esa misma calle, el paisaje se va haciendo más desolador y sombrío. Los edificios al oscurecer parecen fantasmas sin alma. Surgen las grandes plantas procesadoras de pescado, y después de ellas, solo el bajo fondo, la selva brutal de la miseria. Enormes edificios destruidos y hasta incendiados que fueron abandonados por empresas quebradas y que se fueron convirtiendo en gigantescas villas miseria de cemento. —Ese es un saladero de pescado donde se prepara la anchoa —dice Juancho señalando un edificio—. El pescado es uno de los pocos alimentos que no tiene preparación: sale del agua y llega a los puestos de venta casi sin trabajo intermedio. En esa planta los trabajadores entran a las dos de la mañana y se van a las cuatro de la tarde, exhaustos, con un magro sueldo que apenas les alcanza para llevar un poco de comida a su casa, migajas pagadas siempre en negro. La guerra entre los empresarios y los sindicatos es permanente y las víctimas de esa colisión siempre son los trabajadores despedidos que van fluyendo sin amparo alguno hacia la miseria en un viaje sin retorno. La pesca es la vida del puerto. —Los capitanes de barcos de pesca locales son gente de mar, hijos de hijos de capitanes y los mejores tienen un olfato heredado para encontrar el nidito donde se esconde el pescado —nos da cátedra Juancho—. Ni siquiera con la alta tecnología existente, los malos capitanes saben llegar adonde se esconde el pescado bueno. Según parece, hay escalafones. Están los capitanes "zapateros" que tiran la red en cualquier parte y sacan zapatos, y están los maestros que en ocho días llenan la bodega. Pero el personaje más importante del puerto es el marinero. Se trata de tipos habitualmente sin educación ni modales, hasta con escaso lenguaje, pero con almas talladas por el mar, la aventura y esa patria de bares y puteríos que comparten. Ves un marinero y te das cuenta enseguida de que tienen alma. En esos sacrificados y peligrosos viajes, un marinero raso consigue ganar 8000 pesos en diez días. Una verdadera fortuna para cualquiera, pero que en la mayoría de los casos los tipos revientan en pocas horas, cuando se sumergen en los piringundines, buscando el desahogo de esa asfixiante travesía hacia la desértica nada de los oleajes. El rumbo ahora trepa por la extensa escollera de casi tres kilómetros y culmina en un bar-restaurante para turistas. Sorpresivamente, Juancho desenfunda unos binoculares. Desde ese extremo, el puerto se muestra con todo su esplendor y también con su negrura. En uno de los astilleros remotos, la mágica lente nos expone la descomunal y peligrosa maniobra en la que un barco es introducido en el astillero. —Ese barco que están subiendo mide 102 metros y pesa casi 4500 toneladas —Juancho sonríe—, desde acá no se ve, pero están todos con los huevos en la garganta. Suben el barco en un dique que primero se hunde y va desalojando el agua. Ahora nos pasa los binoculares para que enfoquemos a dos buzos preparándose para sumergirse en el abismo fangoso y penumbral que rodea los buques. "Esos tipos están completamente rayados, laburan bajo los barcos buscando averías que no pueden ver, en oscuridad total, a veces con el agua casi congelada, hundidos en el fango y siempre manoteando un cuchillito que llevan para espantar a los lobos de mar que a veces los torean confundiéndolos con comida. Los cementerios de barcos hundidos siempre son pesadillescos, tremendos escombros de docenas de naves muertas amontonadas en un oasis de óxido. El olor de esos cadáveres ferrosos que no han sido enterrados produce cierta depresión cuando se los observa. Juancho enseguida simpatiza con mi percepción y me confirma que sí, que a muchos les pasa. La heroica prefectura ha contratado una monstruosa grúa para darles cristiana sepultura. El problema más grave es que por desidia, la entrada al puerto dejó de dragarse y un enorme banco de arena comenzó a tapar los canales. Los gigantescos barcos cerealeros tienen que hacer maniobras muy peligrosas para alcanzar las amarras. Solo la lancha del práctico puede conducirlos a un lugar seguro. Aparece un barco cuyo aspecto produce repulsión. Miles de poderosas lamparitas se van encendiendo a medida que avanza. La luz despierta la furia de los calamares, que a pesar de su apariencia inofensiva son de los insectos más agresivos. El barco lleno de luces se llama Buque Potero. Las potas son anzuelos fosforescentes que al cargarse con la potente iluminación brillan debajo del agua. El calamar, que es un molusco de porquería y muy agresivo, ataca las potas y de esa manera se compra todas las rifas al más allá. Como en todas partes, protegido por guardias y sistemas de seguridad, está el pequeño reducto de los ricos. Allí flotan esos yates maravillosos que te hacen ver todos los mundos que jamás verás. Juancho, a través de los binoculares, nos señala lo que él llama el alma negra del puerto y de la ciudad. Es la base naval. —Hace pocos meses pusieron un monolito que dice “Verdad-Justicia-Memoria”. Asesinos hijos de puta vestidos de palabras. Se me pone la piel de gallina. En esos edificios torturaron y boletearon a hombres, mujeres y hasta niños. Nos despedimos de Juancho otra vez en el restaurante La Recalada. Está anocheciendo y el paisaje humano empieza a deformarse en el boliche. Juancho presiente mis resquemores y me sonríe: —El puerto es el lugar más lindo y bueno del mundo. Ni siquiera navegar es mejor. Hay pelea, claro que hay pelea. Y pelea brava. Hay choreo, y sí, todos chorean. Hasta el camionero que descarga 3000 litros de gasoil se queda con un culito de 50 litros, pero igual todos son buena gente. Hasta hay tipos de la prefectura que son tan caballeros y respetuosos que tenés que sacarte el sombrero cuando los ves. Claro, hay otros que mejor vas a buscar a alguien que los mate, antes de tener que cruzarlos.   El restaurante fantasma Es el comedero más legendario de toda la costa. Hasta que esta nota lo delate, ha permanecido invisible para los turistas. Está en el centro de Santa Clara, pero te regalo un sombrero si lo encontrás. Los vecinos no te van a pasar la contraseña ni en pedo. En Mar del Plata solamente una selecta clientela conoce su ubicación. Se trata del Restaurante del Chino. Es una casa con una apariencia externa gris y hasta desagradable, y está escondida entre los árboles, sin iluminación externa ni señalización alguna. No podés atravesar la tranquera sin que te caguen de un escopetazo. Como si fuera un cuento de hadas, en cuanto te abren la puerta entrás a un espejismo de opio. El Chino tiene 55 años y es un experto anticuario, así que el ambiente está saturado de tesoros del pasado y de climas lumínicos serenos. El paisaje no te satura, por el contrario, deja que la mirada salga a pasear por los recuerdos. Para la música te tienen que gustar Ray Conniff, Domenico Modugno, Peppino di Capri o Charles Aznavour. El Chino además de anticuario es un excelente cazador y un buen cocinero. De esa pesca o cacería semanal dependerá el menú que se ofrezca los viernes y sábados. Nutria a la parrilla. Ñandú con salsa blanca. Bife de potro salvaje. Torrejas de ganso. Niños envueltos de atún. Tiburón a la plancha. Guiso de perdiz o de mulita. Desde hace varios años, el Chino mantiene su misterioso restaurante clandestinamente evitando pagar cualquier impuesto o la visita de alguna inspección municipal. Así que no vende bebidas de ningún tipo para no recibir repartidores.  Los comensales llevan sus propias botellas de vino, sifones o gaseosas. El Chino solo te cobra dos pesos por el descorche del vino. El Polaco Goyeneche tenía una casita en Santa Clara y todos los 19 de enero festejaba su cumpleaños con sus amigos en el restaurante. El Chino prefiere no aparecer en la foto. Todos sabemos que el periodismo es peligrosamente revelador. En Mar del Plata todos compiten por señalar dónde se prepara la mejor lasagna, el mejor corderito y hasta dónde se puede beber el café más exquisito. En esa competencia, hay una coincidencia general de que la cumbre de la pizza está en la esquina de Salta y French, a dos cuadras del Asilo Unzué y de alfajores Havanna (también el mejor alfajor de la ciudad). La pizzería se llama Pedrito. No es pizza a la piedra sino de molde, más alta y rellena. Pedro, su creador, fue un italiano que llegó a Mar del Plata en los años cincuenta con una secreta fórmula heredada y abrió el negocio en 1956. Ese secreto ahora lo heredaron sus nietos. Probamos un par de especialidades y no nos quedaron dudas sobre la exquisitez de la preparación. —Mi abuelo vivía acá arriba —nos cuenta Elsa, una de sus nietas—, me acuerdo de que era una persona muy fuerte, serio, parecía estar siempre enojado. De chica me asustaba. Era un viejo cabrón pero muy buena persona, mantenía ese porte porque esa era la tradición de la que venía, porque él creía que era la manera de mostrarse. Tuvo una sola hija que fue mi mamá y ella fue quien nos trasmitió la manera de hacer la pizza y condimentarla. Cuando salimos de Pedrito, el cuidador de autos nos ofrece un puterío. —Si quieren mejor diversión, aquí a la vuelta en la calle 20 de Septiembre está La Casita Azul, un buen puterío. Los de Kapanga cuando vienen a Mar del Plata, lo copan y lo cierran. Le doy un billete y recurro a su sinceridad. —Bueno, me pagan unos pesitos, pero en realidad es una pocilguita de mierda…   La noche extraviada Escondidos entre las heladerías y los restaurantes, los hoteles y los salones de juegos infantiles, abundan los cabarutes, sin que los turistas se percaten. Hay más de cuatrocientos tugurios de mediopelo y una docena de los muy buenos. El mejor, con chicas de lujo, está pegado al hotel Sheraton y se llama Madajo. En Cacarte hay show y te llevás a las minas afuera. En Karaoke hay compartimentos. Y el Q es bien sado. Pero siguiendo con la tradición de ubicar al rey de los puteríos, el elegido es Burlesque, sobre la calle Bolívar. Hay hermosas chicas que bailan solamente y otras bastante hermosas que te las llevás. No veo casi porteños. Ahí solo se encuentran marplatenses tangueros y bolicheros amantes de la madrugada. La mayoría convoca la promesa de una aventura erótica que normalmente culmina con un desdichado polvo sin leyenda alguna.