Por Mía Flores Pirán

Terapia cannábica

Cronicas

Una experiencia tan vívida que se pareció a esos sueños que no todos sueñan. Gota a Gota.

Voy manejando en la autopista por el carril izquierdo mientras reflexiono. Relajada y alerta al mismo tiempo.

Toda mi atención está puesta en conducir y eso actúa como mantra.

La parte mangangá de mi cerebro está ocupada.

De fondo siento cómo hace efecto la terapia cannábica. Cae un susurro suave de conclusiones sobre mi vida a corto y largo plazo.

Me doy cuenta de que la planta me ayuda a soltar las amarras y por eso experimento la fluidez.

La parte mangangá de mi cerebro está ocupada. De fondo siento cómo hace efecto la terapia cannábica.

 

Siento cómo la absoluta distención de mi músculos, tendones y articulaciones me permite concentrarme.

Estoy tan presente en el manejo como en saborear la profundidad de la vivencia. No hay mayor riqueza que dejarse abrazar por la sencillez de un momento perfecto.  Me interceptó una onda magnética intensa y suave. 

Viajaba en una cabal corriente dentro de una caja metálica a ciento veinte kilómetros por hora.

El andar era un arrorró para mis preocupaciones. 

Evidentemente no habían muerto del todo, pero con que fueran un ratito a la cucha, suficiente. ¿Cómo puede alguien pensar que la marihuana es droga? ¿cómo es posible que distorsionemos así el sentido sacro de la naturaleza?

Cada ser viviente que sale de la tierra es expresión de pureza. 

En ese ritual en que entré, quién sabe si por destino o por suerte, me estaba curando. 

Algunas partes de mí. No todas. 

¿Cómo puede alguien pensar que la marihuana es droga? ¿cómo es posible que distorsionemos así el sentido sacro de la naturaleza?

Eran mis moléculas haciendo lazo con otras moléculas que entraron en mi reino. Y hubo una fusión surreal. Fue tan dulce, que mientras lo relato quiero ir a buscar el gotero y revivirlo. Pero no piso el palito.