Por Martín Fisner

La bolsa

Cronicas

¿Se puede capturar la belleza de lo inasible?

Recuerdo que una tarde de otoño, hace algunos años, cuando todavía no pasaban los camiones por avenida Cruz, caminaba por un descampado del Bajo Flores.

El sol caía y la luz dorada del atardecer pintaba el ambiente desolado. A medida que el sol bajaba, el frío comenzaba a subir desde lo más profundo de la tierra y me atravesaba por los pies. Y en esos momentos volvía a preguntarme qué hacer, adónde ir.      

Tenía todo el tiempo del mundo para hacer cualquier cosa, pero no sabía qué hacer, me sentía vacío; tenía una sensación de asfixia en la soledad que me rodeaba. Sólo algunos árboles lejanos eran testigos de aquel ocaso profundo que se iba extinguiendo.

Tenía una sensación de asfixia en la soledad que me rodeaba

 

Mientras miraba el cielo buscando alguna respuesta, una bolsa de plástico blanca apareció revoloteando por los aires. Bailaba como la brisa de ese instante.  Su danzar me interpeló, no podía dejar de observarla, no podía dejar de pensar, veía como se movía y recorría el espacio con libertad.  Me dio envidia, siempre me hubiera gustado volar y ella podía. No pude resistirme a la tentación cruel y humana de capturarla. Pensaba que en algún momento se podría descuidar y la atraparía, ella subía y bajaba, bailaba y se reía. Inasible.        

Recorrimos cientos de metros juntos, me enamoraba la imagen que podía observar, la bolsa se movía libremente y bailaba en el aire, El cielo estático -sin una nube- la contenía. De repente, nos cruzamos un árbol enorme en el camino y la bolsa quedó enganchada en su copa. Por fin podría capturarla, inconscientemente el destino me puso a prueba una vez más, sin darme cuenta tenía algo para hacer, comencé a trepar por el tronco con cautela, quería llenar el vacío existencial que tenía atrapando una pobre bolsa que a su vez había quedado atrapada. Digo pobre porque había logrado escaparse de las cargas y pesos de esta mísera sociedad que nos acosa.

No me importaba más nada que alcanzarla, sentía esa sensación de amor y odio que moviliza y empuja. A medida que iba subiendo el desafío aumentaba, logré quedar a una corta distancia, hasta que las ramas se achicaron tanto que se movían como si fueran una hoja de papel. Me detuve a descansar un momento y miré hacia abajo.

Ahora sí, literalmente mi vida pendía de una rama, volví a mirar la bolsa y cobardemente me lancé para agarrar al objeto que estaba siendo abrazado por la naturaleza.

Mi vida pendía de una rama

 

Caí como una piedra arrojada con violencia y me estampé contra el piso, creo que me desmayé o me morí por un rato por que se apagaron todas las luces, hasta que un gato me lamió las orejas y pudo reanimarme. 

Desde el suelo, todo roto, mire hacia arriba, era de noche y en la copa del árbol ella ya no estaba; se había escapado. Estaba gozando de la libertad del aire, lejos de los humanos. Cerré los ojos y me quise morir, me dolían todos los huesos, no me podía mover, me quería convertir en bolsa o en gato, en su defecto. Quizás existe la reencarnación después de la muerte.  Todavía sigo acá todo roto.

Foto: Agustina Recayte