Por Dr. Víctor E. Hortel

Frontera

Cronicas

Un hombre que se enfrenta a un laberinto sin salida.

El centenario empedrado de la mítica calle Lencinas, le demostraba, en silencio, que no había dormido bien. Sus pies, aún protagonistas de sueños sin terminar, tropezaban con todos los relieves que el adoquinado dibujaba sobre esa línea fronteriza.  

Pedro, con los pies pesados, y el alma angustiada, caminaba sobre el adoquín, como quien presiente un difícil final, traumático e inexorable.  

A tres meses de su decisión de cambio, se sentía acorralado, contra la pared; sin vías de escape y con una tremenda frustración. La sospechosa presencia, en el barrio, de empleados de una empresa de Internet, lo colocaron prontamente en situación de zozobra.  

La posterior recorrida de los móviles policiales, le habían dado la peor alerta la semana pasada, generándole la sensación de estar en un sinuoso laberinto sin escapatoria.  

A Pedro, nunca se le ocurrió pensar, que estaría en una situación de esa tortuosa complejidad, a tan poco tiempo de su cambio de actitud. Las expectativas por su nuevo rumbo, no le permitieron evaluar adecuadamente las consecuencias que, ahora, se presentaban frustrantes y victoriosas.  

Todo el éxito soñado, se licuaba rápidamente. Sentía, como las duras advertencias de sus padres, se corporizaban en una suerte de desdicha anunciada.  De alguna forma la familia lo sancionaba.  

Esos familiares que tanto habían hecho por él, que tanto le habían enseñado para que triunfe, que lo pusieron frente a tantas oportunidades de negocios para garantizar su prosperidad, ahora lo rechazaba, lo ignoraban, o lo que era peor lo negaban.  

Para su familia, que aún no alcanzaba a comprender el porqué de esa extraña literatura que tanto tiempo atrás había llevado a su casa, Pedro había forzado todos los límites y traspasado la infranqueable frontera que imponían los lazos familiares.  Pedro, parado ya definitivamente del otro lado de la ley, desafiaba significativa y peligrosamente la moral de sus antecesores y la vida familiar, hasta colocaba en situación de riesgo la tranquila y apacible armonía del barrio que lo vio nacer y que ahora era testigo crítico de su nuevo rumbo.  

Su temprano interés por el tema “drogas” y luego su inconsulto cambio de conductas, lo ubico frente a la familia en la categoría de sospechoso primero y de indeseable después.  Intentando hacer un balance de su situación, mientras terminaba su recorrido por la empedrada calle Lencinas, Pedro se demoró unos minutos en el bar de la esquina.  Pensó que un suculento desayuno le ayudaría a calmarse y así estar en condiciones de buscar una mejor salida.

 También era una buena oportunidad para intercambiar pareceres con el viejo Vladimir, un moscovita que aún conservaba su amor por Kiev y el vodka incinerador.

Al ingresar, advirtió, que la ropa que ahora usaba y su extraño aspecto, no era del agrado de los conspicuos vecinos que habitualmente cumplían con la liturgia del desayuno cotidiano. Un imperceptible rumor se dejó oír, en un descalificante adjetivo a su persona y su interés por el tema de las drogas.  De malos modos, el mozo le tomo el pedido, no sin antes informarle que no era persona grata en el lugar y que, de haber una próxima oportunidad, los dueños del local harían uso –violento si era necesario- de su derecho de admisión. El ruso Vladimir era un conservador y no permitiría –bajo aspecto alguno- que Pedro, ni ningún otro, ofendieran la moral de sus clientes.  

Todo se derrumbaba. Pedro sintió arrepentirse de haber cruzado esa frontera y ubicarse del otro lado de la ley.  La calle Lencinas, era la línea que dividía los territorios. Desandarla, daba, según como uno se ubicase, tanto la sensación de la conquista imperial, como del reino protector.  Recordaba los tiempos de armonía familiar. Los viajes de vacaciones, y los cumpleaños del abuelo Don Francisco Rámires, a quien todos llamaban: “Don Paco el protector del lugar”.

También los festejos de Navidad, que lograban reunir a todos los integrantes de la familia. Resignado y triste comprendió que ya nada de eso volvería a resultar como antes.  

La patrulla policial lo sorprendió arrumbado sobre la mesa del bar.  Abrumado, desconsolado, angustiado, aceptó la sugerencia policial de que los acompañe al patrullero.  Aturdido por los gritos de los vecinos, tenía dificultad para concentrarse en las indicaciones que el Comisario se esforzaba por explicarle.

Con lágrimas, pudo ver el gran despliegue policial y cómo, un sargento se procuraba un par de esposas para proceder a la detención.  El Comisario Gutiérrez, que lo conocía, por que en algún tiempo se habían dedicado a la misma lectura, tuvo una gran deferencia con Pedro y trato de contenerlo todo lo que pudo hacerlo. Pedro se sintió perdido. 

La llegada del juez y del fiscal, le indicaron que todos sus recuerdos familiares ya no tenían sentido, y que una nueva vida debería de tratar de sobrellevar a partir de ese momento.  A la orden del Juez de Instrucción se continuaron 20 detenciones y 15 allanamientos, con un resultado que opacó el record existente de secuestro de paco y armas.

El barrio, al que jamás regresó, nunca fue el mismo. La calle Lencinas, que ya no transitó, dejo de ser línea fronteriza. El imperio judicial había logrado conquistar ese territorio de clanes y delincuentes.  

Todos los medios se hicieron eco de la noticia, con diversos matices y coloreadas por distintas anécdotas, las notas dieron cuenta del descabezamiento de la organización criminal más grande en la historia del barrio Conesa, comandada por el anciano Don Francisco Ramírez y su núcleo familiar, con expresa referencia a la presencia del Juez de Instrucción y su Secretario, el Doctor Pedro Ramírez, muy conocido en el ambiente judicial por haber logrado superar su adicción a las drogas y cruzar la frontera para colocarse del lado de la ley.

Foto: Analía Fangano