Foto: Sol Clemente
Por Sol Clemente - Foto: Sol Clemente

El cajón

Cronicas

Los dos querían un final en paz. Tenían claro quién iba a morir primero

En Quilmes, del lado lindo de Quilmes. En una casona vieja, de esas que se construyeron para los jerarcas en la buena época del ferrocarril; vivía mi padre con su segunda mujer.

Era una casa modesta, en la que no pasaban grandes desgracias ni se experimentaban grandes alegrías.

Ella, la rubia, hacía rato que había dejado de dar batalla contra los modos bruscos de mi padre.

Él, “el viejo Medina” -como lo llamaban todos-, también había dejado de impartirle órdenes a ella; más bien lo que hacía era darle algún sermón por lo mal que le caía a su cuerpo y a su espíritu esa manía que tenía de comer hasta más allá del hartazgo.

Ambos querían un final en paz. 

Ambos tenían claro quién iba a morir primero.

El viejo Medina le llevaba treinta años a la rubia, no había demasiado que pudiera quedar librado al azar. Ella no había tenido hijos, y mi padre nos tenía a Eduardo y a mí.

Las posibilidades de riña respecto del dinero parecían ser escasas, tanto mi hermano como yo teníamos recursos suficientes.

Pero en el invierno del 1976 distribuyeron el patrimonio: prepararon los papeles de la propiedad y los ahorros que guardaban en la casa de manera tal que ella, cuando quedara viuda, pudiera tener una vejez sin alteraciones.

A nosotros nos tocó lo que había en la cuenta del banco.

Fue algo raro, Eduardo estaba contento, lo adulaba al viejo Medina: “Eso sí que es ser previsor, repartir la herencia en vida”.

Yo no me sentía muy bien, se me venía encima el dicho ese: “Julio los prepara y agosto, se los lleva” y temía que pronto, la muerte, alcanzara a mi padre.  

Decidí invertir la parte que me había tocado en un auto. El mismo día que me lo dieron fui todo contento a mostrárselo al viejo Medina. Llegué a la casa después de la hora de siesta, toque timbre y lo hice salir hasta el cordón de la vereda y le señalé: un Ami 8 de 3 cilindros, color clarito como le gustaba a él.

Alardeé sobre el cromado de los espejos retrovisores que tenían un estado impecable, estaba seguro que me iba a felicitar por la elección; pero el viejo apenas si sonrió y se quedó mirando fijo la junta de plástico que iba entre los espejos y la carrocería.

Después de un rato entramos, yo le cebaba unos amargos cuando escuchamos a la rubia chillar desde la cama:

—Haceme el favor y alcanzame un té —y con otro grito agregó— que sea para hoy Medina, ¿no te das cuenta que no me siento bien?

—Ya me parecía que no estabas acovachada porque sí nomás, si a vos no te frena ni el frío que cala los hueso’. Me sacó la pava del mate y, refunfuñando entre dientes, la puso al fuego.

El olor a hierbas invadió toda la cocina, el viejo Medina encaró para el dormitorio con una taza grande cargada de té.

—¿Esto sólo me traes? ¿No sabés que yo no puedo tomar infusiones sin comer nada porque se me lava el estómago? —escuché protestar a la rubia.

—Pero, hija’ una gran puta será de Dios. No te podés levantar porque decís que estás descompuesta y, claro, si comiste como una vaca al mediodía. ¿Y ahora querés engullir algo más?

—No entendés, no querés entender. El té me da languidez en el estómago, o peor, lo que no querés es ir y volver, sos un viejo vago Medina. Claro, el señor está acostumbrado a que lo sirvan.

—No seas desagradecida, que te lo digo por tu bien, dejá de comer que estás cuadrada y masticas sin parar. ¿Cuánto pensas que falta para que revientes? El viejo vino a la cocina encabronado, me pisó al pasar y se sobresaltó como si hubiese olvidado que yo seguía sentado ahí.

—Corrasé, carajo, no ve que está en medio del paso usté’ —y siguió mascullando por lo bajo—. Lo último que faltaba, que me trate de zángano, rubia zampabollos.

Volvió a salir de la cocina con un plato, llevando dos buñuelos de banana que la rubia había freído la tarde anterior. No le gustaba verla así de gorda, pero menos le gustaba verla enojada: se le ponen los ojos ponzoñosos como si le hubieran insuflado veneno; decía siempre el viejo. Entró y salió de la pieza de inmediato. Se sentó frente a mí con cara de amargado y con un gesto me indicó que arreglara el mate.

Mientras cambiaba la yerba empecé a hablarle de nuevo del Citroën para distraerlo:

—Son regulables, se los puede ajustar la altura de la vista. No me respondió, nos quedamos silenciosos; estuve a punto de irme, pero no me animé, era como si lo fuera a abandonar justo en medio de un gran problema.

Se hicieron las ocho de la noche, la rubia seguía en la cama; yo había juntado coraje y me estaba por despedir cuando el viejo Medina me pidió que me quedara a cenar:

—No es bueno comer solo y la rubia no se va a levantar, quédese. Puso una cacerola a calentar y enfiló de nuevo para la pieza.

Desde la puerta le preguntó a la rubia:

—Te traigo un caldo, ¿querés?

—¿Caldo? ¿A esa agua sucia que vos hacés la llamás “caldo”? ¿Le pusiste pollo o un pedazo de osobuco, por lo menos? No te digo que espero de vos una sopa, pero no seas descarado y me traigas una porquería, que ya bastante mal la estoy pasando postrada en la cama.

El viejo Medina no respondió. Volvió a la cocina, preparó una bandeja en la que llevaba un plato humeante de caldo y dos rebanadas de pan.

Salió para la habitación y, al llegar a la puerta de la cocina, se frenó:

—Hacé el favor de traer un vaso con agua —me dijo.

Llené un vaso y lo llevé. Me paré al pie de cama, como esperando que me dieran permiso para acercarme.

—Dejalo ahí —me dijo el viejo con tono seco— y andá sirviendo para nosotros.

Me quedé unos segundos mirando cómo le apoyaba la bandeja sobre las piernas, por encima de las frazadas y le acomodaba los almohadones detrás de la espalda. Cuando la rubia estuvo en posición para volver a deglutir, salí y regresé a la cocina. Serví dos platos, los apoyé sobre la mesa, y el viejo ya estaba sentado otra vez frente a mí. No probó el caldo. Jugaba con un corcho de damajuana, haciéndolo rodar por el mango de la cuchara a la mesa, una y otra vez, una y otra vez. Se quedó así un rato hasta que se escuchó a la rubia hacer unos ruidos raros, como si se ahogara. Nos miramos y escuchamos con más atención: parecía que estaba teniendo arcadas. La escuchamos vomitar, se oyó con nitidez el ruido del vómito caer en el piso, se podía sentir el olor agrio que desprendía toda esa comida triturada, fermentada y pegajosa. Conozco bien a mi padre. Le miré la cara y supe que sentía indignación en vez de asco. El viejo Medina sentía repulsión por la conducta voraz de su mujer, pero no se horrorizaba por un vómito.

A veces los matungos que tenía también vomitaban:

—Son inteligentes —solía decir; —regurgitan porque han ingerido ciertos pastos con la intención de purgarse.

De pronto el silencio invadió toda la casa. El viejo se levantó y fue hasta la pieza. Lo seguí, pero esta vez me quedé parado en la puerta.

La rubia estaba volcada de lado, la cabeza hacia abajo, inmóvil, muda, inconsciente. El viejo, sin acercarse a ella, agarró el teléfono que estaba en la mesa de luz y llamó a emergencias.

Enviaron una ambulancia y la trasladaron al Hospital Isidoro Iriarte. Quedó internada, no se sabía si tenía conciencia. Los médicos no estaban seguros y la rubia tampoco emitía ninguna señal de estar entendiendo lo que pasaba a su alrededor.

Dos semanas estuvo así en el hospital. Nos turnábamos con el viejo para acompañarla y, con el enfermero para girarla en la cama cuidando de que no se le formasen escaras en la piel. Una mañana llegué tarde y, en cuanto entré en la habitación, me quedé sorprendido de ver a Eduardo al lado de la cama, junto al enfermero, ayudando. Él siempre había sido reacio con la rubia y más le escapaba a todo tipo de esfuerzo, pero en esa ocasión no tuvo alternativa.

Había ido a verlo al viejo Medina con intención de cuestionar, dadas las circunstancias, la disposición de los bienes. El viejo tenía en ese entonces ochenta y tres años, no había forma de que él pudiera hacer fuerza para dar vuelta a la rubia, así que Eduardo no había podido negarse.

Cuando la agarró por debajo de los brazos, ella empezó a bramar.

—GrrGrrGrr.

—Parece que te conoce —le dijo el viejo.

Transcurrieron dos semanas hasta que, tac, murió.

Eduardo tuvo que firmar unos papeles reconociendo el cuerpo. Yo de esa zafé, pero no de elegir el cajón.

La rubia tenía una obra social de empleada de la municipalidad, cuando me mostraron el cajón que le daban lo primero que me vino a la mente fue la imagen de Eduardo transpirado, junto con el enfermero, otro tipo grandote y fornido, girando a la rubia.

“Ese cajón no iba a servir”, pensé, y le dije al sujeto que me estaba atendiendo:

—Vea dos cosas: esta madera parece demasiado endeble y esta mujer… es una mujer…

—¿De peso? ¿Es una mujer muy pesada?

—Mmm, sí.

—Ah, no, entonces el especial —y con un tono de voz seco prosiguió—: ¿tierra o nicho?

—Nicho —contesté tranquilo, casi canchero; me sentía orgulloso de estar resolviendo el asunto con tanta facilidad.

—¿Capital o Provincia?

—Provincia.

—Averigüe bien.

—¿Por qué?

—Porque en los nichos de Chacarita este cajón entra; los nichos de provincia son más chicos.

Convenimos los detalles que faltaban y me fui de la cochería para la casa del viejo.  

Pasada la noche del velatorio, nos dirigimos con el cortejo hasta el cementerio Ezpeleta. Todos caminábamos en silencio, pero al mismo ritmo, como si de fondo sonara la marcha sepulcral. Éramos seis hombres de buen porte llevando el cajón a la altura de los hombros. Todos transpirados en el mes de agosto. Llegamos frente al nicho. Al fin lo bajamos, apoyándolo en una especie de estructura metálica con forma de camilla. Hicimos con las miradas una entrega simbólica a los empleados del cementerio.

En ese instante unas supuestas sobrinas de la rubia, a la que jamás habíamos visto antes, soltaron una especie de alarido. El viejo Medina se turbó de tal modo que Eduardo y yo nos miramos y nos tentamos de risa. Nos contuvimos. Los tipos del cementerio agarraron el cajón y lo levantaron para meterlo en el nicho. Clan clan, las asas de los costados chocaban con el marco de metal.

Lo inclinaron a la derecha, nada. A la izquierda, nada.

—No entra, jefe —dijo uno dirigiéndose específicamente a mí.

Busqué a Eduardo con la mirada y lo vi de espaldas como a cinco metros, caminando con el viejo Medina hacia donde estaban los autos. Giré la cabeza y miré a los empleados del cementerio sin saber qué hacer.

Uno de ellos tomó la posta:

—No se preocupe, jefe, la dejamos en depósito en la bóveda. Yo hablo después con el patrón, él va a entender. Lo único que, vea, los muchachos tienen que llevarla hasta allá, no es cerca vio, hay que volver a cruzar todo el parque; sería conveniente que usted pueda darles una colaboración —y extendió la mano.

Cuando volví a mirar alrededor, las sobrinas, los demás parientes y algunos vecinos iban todos rumbeando para el mismo lado que el viejo Medina y Eduardo.

“Se las picaron todos”, pensé, “como siempre que hay que poner guita”. Saqué los billetes que me quedaban —sabía que no eran demasiado— y, estirando el brazo con el puño entrecerrado hacia el tipo, le dije:

—Es todo lo que tengo.

El hombre agarró el bollo de billetes sin decirme nada, los metió en el bolsillo de su camisa y, con un gesto de cabeza, les indicó a los otros dos que lo siguieran. Los otros comenzaron a empujar la camilla que tenía encima el cajón, con la rubia dentro. Yo me quedé pensando por qué carajo lo habíamos llevado cargando el cajón y a la altura de los hombros, cuando podría haberlo trasladado esa especie de carro. Me encendí un cigarrillo. Me quedé parado ahí, mirándolos alejarse.

De repente sentí una mano pesadísima apoyarse sobre mi hombro. Era un primo mío, Machín. Un correntino de esos guapos que trabajaba en la construcción:

—Quedate tranquilo primo, esto lo arreglamos, mañana me vengo con las herramientas y lo arreglamos.

—Gracias, primo.

—¿Para qué somos familia, si no?  

Esa noche Eduardo y yo nos reunimos en la casa del viejo, los tres comíamos y tomábamos vino.

Eduardo estaba comentando lo irónica que podía ser a veces la vida:

—La rubia pasó años contándote las costillas y, mira, le explotaron las venas de tan apretadas que las tenía —le dijo al viejo.

—Hacé el favor de tener un poco de respeto, Eduardo, que está triste —le dije, buscando frenar una posible gresca.

—Pero... viejo —dijo mirándolo a Medina—, déjese de jorobar si últimamente le salía más cara de mantener que alimentar los pocos caballos que quedaron allá en el campito.

—Usté´ siempre fue y será un cabeza fresca, pero yo le diría que con la rubia no se meta, y ojo que no se lo digo por mí. ¿Se acuerda cómo lo reconoció en el hospital cuando se le acercó y la agarró de los brazos?

—Me va a disculpar, viejo, pero la rubia ya no es susto para nadie —contestó Eduardo con la jeta sonriente.

—Yo les recomiendo que se ocupen de lo que se tienen que ocupar; a la rubia nunca le gustó estar en sitios en donde no sentía que eran su lugar. Yo ya me estaba adormeciendo: entre el vino y el cansancio, me pesaban los ojos. De repente, plum, un ruido estrepitoso nos dejó a los tres sin aliento.

—¿Qué es eso? —dijo Eduardo.

—No sé —le dije y lo miré al viejo.

Los tres sabíamos que el ruido había venido de la habitación.

El viejo fue quien tomó coraje primero y fue a mirar.

—No te digo, hasta que no pueda descansar, va a estar dando vueltas —dijo.

Cuando entramos en la pieza, vimos un espejo de tres cuerpos que había estado colgado desde siempre arriba de la cómoda, caído en el suelo. Inexplicablemente no se había roto.  

A la mañana siguiente, en cuanto clareó, pasé a buscar a Machín y salimos para el cementerio. Apenas llegamos, Machín sacó de su mochila un cortafierros y una maza corta:

—Con esto, estamos —me dijo y se bajó del Ami.

Caminamos hasta el nicho; mi primo puso el cortafierros en uno de los ángulos de la cavidad y le dio golpes con la maza. Pum pum pum, golpeaba Machín casi con entusiasmo.

—Espere, hombre, ¿qué hace? ¿Está loco? —le gritó un tipo que era evidente trabajaba ahí.

—Tranquilo, sólo voy a agrandar un poco este agujero —contestó Machín. —Pero, mi amigo, ¿usted no sabe que los nichos están en cadena? Se le va a venir abajo todo. ¿Cuál es su problema?

—El cajón de una finada que no entra.

—Ah, pero quédese tranquilo, sabe, adentro todos los cajones son iguales. Es probable que le hayan vendido uno diciendo que era más grande, pero en realidad en donde va el muerto son todos iguales.

—Entonces lo soluciono lo mismo, vos dame la llave del auto y esperame acá que ya vengo —me dijo y enfiló para la puerta.

Me quedé paralizado.

No podía creer que todo ese asunto me lo estaba teniendo que aguantar yo mientras Eduardo había desaparecido de nuevo.

Al rato Machín volvió con la mochila colgada de un solo hombro y me dijo: —Seguime y cambiá la cara, quedate tranquilo, te dije que yo lo arreglo — sacó una cinta métrica, midió el hueco por dónde debía pasar el cajón y, mirándome divertido, me dijo:

—Ahora vamos a donde está la rubia. Cuando llegamos a la bóveda, el féretro estaba en el suelo. Machín sacó un formón, un martillo y se sentó a caballo encima del cajón. Ya le había quitado las asas y empezaba a calar la tapa de un lado y del otro, de un lado y del otro. Me sentí pesado, estaba a punto de desvanecerme, no aguantaba más quería irme de ahí y olvidarme de la rubia para siempre.

Mi primo se dio cuenta y para ahorrarme el tormento me despidió ahí nomás:

—Lo mejor va a ser que te vayas, yo tengo para un buen rato y al viejo Medina le va a venir bien que le hagas compañía.

No le contesté, no pude ni agradecerle.

Quería salir corriendo, pero caminé a paso lento, el aire hediondo de los muertos invadía mis fosas nasales.

Recordé la repugnancia que sentí el día que oí a la rubia vomitar; pensé en el trastorno de todos los días que le siguieron a ese día. Descubrí que no tenía una pizca de tristeza, a cambio lo que tenía era un hartazgo que, si se hubiera podido oler, hubiera sido tan fétido como el tufo que flotaba en el aire:

—Se terminó rubia, al fin se terminó, hasta acá llegaste. Cuando por fin iba por el pasillo central que daba de directo a la puerta de salida, vi estacionado mi Ami 8. Se veía tan chiquito como si estuviera a kilómetros de distancia, pero sólo con verlo sentía que en cuanto me aferrara al volante, estaría a salvo. Cada paso que daba era un recuerdo de la rubia que borraba. Cuando llegué al llano de la puerta le eché la última frase con un desdén triunfal:

—Acá nomás te quedás. 

Crucé la calle, metí la mano en el bolsillo del pantalón buscando la llave. Ya el aire debía empezar a ser más liviano, pero no, el aire entraba en mí y era como si me congelara los pulmones. Llegué al auto, estaba mareado, apoyé las dos manos en el techo para sostenerme y cerré los ojos un momento. Pac, un golpe sin sonido. Algo pesado dándome en el pie. Abrí los ojos estremecido: el espejo retrovisor estaba en el suelo, con el vidrio sano.      

Foto: Sol Clemente