Foto: Sol
Por Sol Clemente - Foto: Sol

Anemone Coronaria

Cronicas

Para el lector es un cuento. La autora cree que además es una manera de exorcizar algo antes de que el 2020 se diluya como el agua.

Se despierta a las 7:18 de la mañana, parpadea hasta que abre los ojos. Con la mirada, Ornella inspecciona una extensión del cielo despejado que acaba en siluetas de edificios. Saber que detrás de ellos se encuentra el mar, la salva. En parte, no cae en la repetición de los días porque todo ese mar la espera los domingos. Y ella que sabe, se demora, con los ojos idos y la mente inútil. Como en las tormentas de verano cuando las nubes grises se aglutinan y se dilatan para abrazar al cielo. Hasta que el viento se arremolina y las empuja y chocan entre sí. Chocan tantas veces que se rompen en millones de pedazos que, ahora, siendo lluvia cae en forma de gotas; que también morirán, estroladas contra el mundo. Quizá renazcan en agua que corre o se estanca; o quizá se evapore y vuelva a ser nube. ¿Cuánto durará mi pequeño Samsara? Se pregunta, restregándose los ojos, para desenredar las pestañas de arriba con las de abajo. Soñó, todavía se acuerda de algunas imagenes: ella con una chaqueta de jean, en una panadería, eligiendo un pastel para su madre. Para abandonar el recuerdo del sueño se levanta rápido y va a ducharse. Si bien es domingo y los domingos no suele tener ningún apuro, hoy ha quedado en almorzar con ella. Tampoco es que su madre le exija ser puntual; a Angélica le da lo mismo comer a las 12 o pasado el mediodía. Es Ornella quien pretende llegar temprano: así le sobra al menos un rato de la tarde para hacer lo que quiera. Se pone un vestido verde y unas sandalias sin taco. Se maquilla un poco y mete en el bolso el traje de baño, el protector solar, un libro y una manta. Al salir a la calle, en la misma esquina en la que espera el colectivo, que no tarda en llegar, compra un ramo de jazmines. Los jazmines también la salvan. Son tan generosos: sus flores frescas perfuman el aire y calman la ansiedad de los martes. Y cuando sus flores ya están marchitas, les quita el agua y espera, a veces dos días, a veces tres. Luego las flores disecadas se siguen ofreciendo y renacen en infusiones o en agua florida y tibia que la sostiene cuando se hunde en la bañadera en la que se sumerge los domingos al anochecer. Cuando sube al colectivo, recorre con la vista todos los lugares libres: elige el último asiento de la fila de a uno. Saca el libro y lo abre en la página señalada. Intenta leer, pero el vaivén le mueve las letras y, por más que hace el esfuerzo por seguirlas, las palabras insisten en hacerse borrosas. Cada vez que logra enfocarse en un renglón, el colectivo llegó a la esquina; con el rebote de los amortiguadores en cada bocacalle el libro parece querer salir impulsado hacia arriba. Resignada, lo guarda y acomoda las flores para que no se estropeen. El bamboleo le rememora el movimiento del mar. Sonríe. Inclina la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y vuelve a recordar el sueño de anoche: salía de la panadería y también subía a un colectivo. Llevaba el pastel sostenido con las manos abiertas como si fueran una bandeja. Acompañaba el movimiento de abajo hacia arriba para que no se le cayera. Al rato lo apoyaba sobre sus piernas porque se le cansaban los brazos; miraba por la ventanilla hacia la calle y enseguida volvía al pastel. Alternar las imágenes le nublaba la vista. Entonces, igual que ahora, cerraba por un momento los ojos. “En el sueño me quedaba dormida”, recuerda. Era como si de pronto el pastel ya no tuviera peso, como si el movimiento la hamacara y la transportara al centro del mar. Veía pasar lanchas y barcos anaranjados; una voz leve le soplaba algo, sin poder comprender abría los ojos y a lo lejos el paisaje marino seguía ahí: los mismos barcos y lanchas que había estado soñado. Se quedaba fascinada viendo esa banquina; hasta que la voz se le hacía nítida: “señorita, llegamos, ésta es la terminal”. Enderezaba la espalda y, al sentir las manos pegajosas, bajaba la vista: el pastel se había aplastado y ya no era más que un líquido espeso, una especie de petróleo azucarado que se derretía y chorreaba desde sus manos hasta su pantalón. El colectivo en el que va ahora, da un nuevo salto. Su nuca se separa por un instante del asiento y vuelve a golpear contra él. Ornella deja de vagar por los recuerdos del sueño y comprueba que el ramo de jazmines está sano y se pone derecha. Se acomoda el bolso, se lleva un mechón de pelo detrás de la oreja para despejar su cara; se pone de pie y va a hacia la puerta con intención de bajar a tiempo. La casa tiene un pequeño patio delantero. El suelo está casi todo cubierto de baldosas de cerámica roja que fueron hechas en un horno de barro. Cuando llueve, el agua demora en irse por la rejilla y el patio se vuelve peligroso hasta que se desagota. Menos en la parte donde hay pasto, donde su madre no permitió que colocarán baldosas por más artesanales que fueran. Ahí tiene su jardín. Justo enfrente a la ventana del living: “Cuando ya no pueda salir, voy a poder ver las flores”, dice y Ornella se fastidia. Hoy, cuando apenas entra, ve que hay flores nuevas: “¡plantó mis flores preferidas!”. Enseguida siente una pequeña vergüenza por el tamaño de sus jazmines: ínfimos al lado de ese jardín. Atraviesa el patio y, sin tocar timbre, abre la puerta de entrada. El olor a tuco la invade. —Hola. ¡Qué rico! —dice en voz alta y avanza sin cerrar la puerta; sabe que su madre la escucha desde la cocina, sabe que la oyó llegar desde antes de que cruzara el patio. —Hola, querida. Pasá y cerrá. Cerrá la puerta que se hace corriente de viento y se me baja la masa. Ornella, vuelve sobre sus pasos y cierra. Se quita el bolso y lo cuelga en el perchero que está al lado del sillón, junto a la ventana que da al jardín. Se para frente a la vitrina del mueble que cuando era chica le parecía inmenso y que ahora no es más que un aparador antiguo. Agarra el florero más pequeño que encuentra para que los jazmines no parezcan minúsculos. Mira unas fotos, siempre las mismas, su madre sólo se ocupa de cambiarlas de repisa. En una, ella tiene unos siete u ocho años y lleva puesto un vestido a rayas con un cuello gigante como si fuera un babero. Recuerda que lo odiaba. Piensa que ese odio se le nota en la mirada y en la seriedad con la que salió. Al lado está Angélica, que a diferencia suya sonríe. Otra foto es de su madre, cuando era joven, con el agua hasta las rodillas y la espuma de las de las olas salpicando sus caderas. Tiene un traje de baño enterizo y la parte de abajo le llega hasta la mitad del muslo, en la cabeza lleva puesta una gorra que cubre todo su cabello. Ahí también sonríe. “¿Por qué será que después nunca más le gustó el mar?”. Ornella sabe que, aunque le pregunte, no le va a decir nada. Desiste antes de empezar a indagar. La va hacer corta: es domingo y ella sí quiere ir a la playa. Vuelve la mirada hacia la cocina, desde donde Angélica se sacude la harina de las manos y le dice: —Vení, probá la salsa a ver qué te parece. Ella entra en la cocina, su madre sostiene una cuchara de madera con una mano y la otra la pone debajo, como si fuera un platito, cuida que la salsa no se derrame. Se la ofrece con un gesto de cabeza. —Buscaba algo para ponerlos en agua —dice Ornella, le muestra los jazmines dentro del florero y acerca la boca a la cuchara—. Seguro que está buenísima como siempre. —Ah, rica puede ser, pero como siempre no, es una receta nueva —dice, abre la canilla y mete las manos junto a la cuchara debajo del chorro. —Estás innovadora, vi que plantaste flores nuevas, de las que me gustan a mí: la flor de París. —Anemone Coronaria, así se llaman —dice y se seca las manos en el delantal. —La abuela les llamaba la flor de París. —Tu abuela les decía así por decir nomás, porque no sabía cómo se llamaban. —Y vos que lo estudiaste por tu cuenta sin que nadie te dijera nada, sabés, y entonces me explicás a mí, para que yo también sepa —recita Ornella, y llena de agua el florero, que en un segundo se rebasa dentro de la pileta—. ¿Cómo es que se llaman? —Anemone Coronaria, así se llaman —dice Angélica, y bebe un trago de un vasito que tiene al lado de la masa: —Jerez para aclarar la garganta, ¿querés? —¿Qué vamos a comer? —“Cuánto falta”, querés decir vos. En media hora está. Mientras, podemos picar algo; hice las berenjenas como te gustan a vos, con pimienta. Ornella se pregunta si la flor de París es un nombre demasiado simple que merece ser olvidado. Cierra la canilla y, sin repasar el florero, dejando caer las gotas, lo lleva al living mientras deletrea en voz baja: —Ane-mo-ne- Co-ro-na-ria. Coloca el florero en un costado de la mesa que su madre ha preparado con platos, servilletas, vasos, copas y cubiertos. —Quedó todo chorreado. ¿No te diste cuenta? —le dice Angélica con la vista clavada en el florero, mientras sirve Jerez en dos vasitos limpios. Ornella piensa en las gotas muertas contra el piso y en que, si no las absorbe, con el calor que hace, enseguida serán vapor, se las imagina flotando en el aire. —A las tres me voy. Llego a la playa a las cuatro y media… hasta las seis son dos horas… me quedan dos horas para tomar sol. —Cuando te tenés que ir, te vas —le responde su madre y ahora posa sobre ella sus ojos serenos. Después de almorzar, se quedan un largo rato sentadas a la mesa. Angélica le cuenta con detalle los pasos de la receta nueva. También le cuenta sobre su excursión por casi todos los viveros del barrio y de lo difícil que fue encontrar las Anemone Coronarias rojas: —De color violeta, lavanda y blancas siempre hay. Rojas es complicado. En un negocio me llegaron a decir que no existían… si serán. —Capaz si preguntabas por la Flor de París en color rojo te la daban enseguida. —¿Me estás tomando el pelo, Ornella? —Para nada —responde y va al baño. Al salir vuelve a quedarse parada frente a las fotos: —¿Cuántos años tenías en ésta en la que estás en la playa? Como Angélica no le responde, ella gira con intención de repetir la pregunta, pero su madre no está. Al mirar hacia la mesa se queda como hipnotizada. No puede creer lo que ve. Sabe que no demoró más de cinco minutos en ir al baño y la mesa se encuentra otra vez, impecable. En un instante su madre juntó platos, cubiertos, copas, vasos y hasta cambió el mantel. Dejó todo listo como si esperara visita a tomar el té. Ornella, siente un hormigueo en las piernas y contiene el impulso de correr hacia la calle. Angélica aparece detrás de ella con una bolsa de cartón en cada mano y le dice: —Son más de las cuatro. Como veo que deambulás imagino que ya no tenés prisa. Saca un enjambre de lana verde de una de las bolsas. —¿Me ayudás con la lana? Si vos me ayudás, es más fácil. —Lana en esta época del año. ¿En serio, mamá? ¿Preferís tejer en vez de ir a la playa? Ornella, siente que el hormigueo la abandona y las rodillas se le debilitan. Se deja caer en el sillón, con ganas de largarse a llorar. Angélica se le acerca con la lana entre las manos: —No seas tonta, no te pongas mal. Tenés todas las tardes para ir a la playa —pone los codos flexionados hacia adelante, a la altura de los hombros y le hace señas—: Así, los brazos altos. Así no se enreda. Ornella no llora. Si estuviera en la playa quizás se permitiría llorar, pero no soporta la idea de más agua desperdigada que se demora en llegar al mar. Así que aguante y no llora. Se queda con los dos brazos atrapados por la madeja que su madre le coloca encima. Angélica aún no empezó a ovillar y a ella ya le pesan los hombros. Mira la bolsa que está a su lado, pero no logra ver adentro, tampoco pregunta cuánta lana hay. Decide ser paciente y se promete que este es el último domingo. Que de acá en adelante va a ir hasta la costa y que se va a sentar en la orilla a tomar sol. O a leer. O a escuchar las olas. —Esperá, tengo que apagar el horno —dice Angélica y sale para la cocina. Ornella baja los brazos, apoya la madeja de lana en el sillón y se da vuelta hacia la ventana. Se pregunta si otra vez el tiempo se va a volver lento. Como cuando era chica y miraba los agujeritos en hilera que el sol, a través de la persiana, dibujaba en la pared. Los miraba la tarde entera sin poder salir y sin lograr dormir la siesta. Imaginaba que en cada agujerito había un mundo distinto y que si se asomaba podía verlos. En uno había un muchacho que llevaba puesto un sombrero de paja. En otro, dos amigas en bicicletas. En uno donde cortaban el pasto, ella podía oler el aroma de la clorofila verde y creía que por un segundo se elevaba al aire. Pero esta tarde la persiana está levantada, y no hay agujeros luminosos. Apoya la frente contra la ventana y siente el calor del sol a través del vidrio. Observa gotear la canilla del patio. Son gotas pequeñas y constantes. Se mantienen un instante en el borde y luego caen. Se acumulan en la junta de las baldosas y forman un hilo de agua. La línea aguachenta se mezcla con algo de tierra hasta convertirse en un líquido barroso que, por la inclinación del patio, va resbalando hasta donde termina el piso y empiezan las plantas. Ornella recorre el trazo con la vista y se detiene en la flor de París. Blancas, violetas, lavanda o rojas, todas tienen en el centro estambres negros en donde contienen el polen. Mira ese centro oscuro de las flores hasta que se le desenfocan los ojos; entonces los cierra y, con la frente aun pegada a la ventana, repite: —Anemone Coronaria, Ane-mo-ne- Co-ro-na-ria. Angélica vuelve de la cocina y apoya sobre la mesa una bandeja con tasas de porcelana. —¿Qué decís? Hice masitas. —Nada. —Algo decías. —Nada, mamá. Que no importa tanto el mar. Se queda un momento más así, inmóvil, estampada contra el ventanal. Se imagina que es un día lluvioso y ella está ahí mismo, pero del lado de afuera; muy cerca de las flores: tan cerca que la cara se le moja con el agua clara del cielo que las riega. Lleva puestas botas de goma rojas, sigue con la mirada esa agua, tan lejos del mar; repite y repite el nombre de la flor como se lo enseñó su madre. Le parece que con cada frase todos esos estambres negros, brillantes, glaseados por el sol, se derriten y se deslizan primero por los pétalos de las Anemones y después por sus tallos; donde se mezclan con el agua, ahora embarrada. Esa mezcla chorrea hasta que muere en tierra, mientras ella canta su invocación: “Que sea tierra fértil”.
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