Por Rita Piris

Miradas de fuego

Cronicas

Una amenaza y un mágico encuentro silencioso. ¿Qué es real y qué es sueño?

Si te quedás en mi casa, la prendo fuego con vos adentro. Fue todo lo que dijo. Mi mente se puso en blanco por unos segundos, no había acción, ni pensamientos, ni miedo, ni nada. Mi condición de ignorante quedó desbordada por el asombro y la conmoción de sentir la violencia frente a mis ojos. Todo lo que siguió después son hechos repetidos, trámites administrativos, mudanza, sesiones de terapia y empezar de nuevo.

Pero el fantasma de sus palabras seguía habitándome cada noche. Recuerdo un  sueño. Estaba parada frente a un cuadro en una muestra de arte, recurriendo a mis escasas habilidades para descifrar un cuadro impresionista. Era una de esas noches de museos abiertos en uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Los caserones históricos tenían sus  puertas abiertas toda la noche y eran el lugar de encuentro de aficionados al arte, curiosos, vecinos y amantes de la nocturnidad.

Miraba fijo los colores, las formas, los rastros de movimiento humano plasmados en esa obra, cuando él se paró a mi lado. También se quedó mirando en silencio. De a ratos nos mirábamos como en una especie de conversación silenciosa sobre la pintura. Y yo, que estoy acostumbrada a dialogar con la mirada, un atributo que adquirí de habitar locales tangueros, sentí que coincidíamos. ¿En qué? No sé, pero coincidíamos. En el cuadro siguiente dijo algo sobre la luz y el movimiento aparente, a lo que asentí con una sonrisa. Justo pensé lo mismo.

Seguimos caminando por la casa y el diálogo dejó de ser visual. Le mencioné que había uno que me había gustado. ubicado en otra habitación del caserón. Me pidió que le dijera cuál. Lo acompañé y se quedó unos segundos como hipnotizado, en un momento se tapó la boca, como quien descubre un secreto inesperado. Sus ojos se humedecieron. 

Le pedí que me acompañara a otra de las casas donde hacian obras teatrales y en el camino le pregunté qué fue lo que lo había conmovido tanto. Me contó sobre un recuerdo de su infancia, algo que había olvidado por completo y la pintura le hizo recordar. Sin dudas esa sensibilidad era nuestro nexo. En tres horas y media habiamos recorrido varias casas y obras y nos reimos con alguna instalación escénica.

Hablamos tanto de la vida, que las obras, el arte, las demás personas, habían quedado en segundo plano. Cuando uno conoce a alguien, o mejor dicho, no conoce, suele hablar sobre temas banales. Algun suceso cotidiano, la cerveza que estaba tibia, la cantidad de gente que había en el lugar. Sin embargo, con él, las ausencias, el dolor, el placer, los miedos, las coincidencias, fueron parte de nuestra charla. Parecía el encuentro de dos almas perdidas.

El arte siempre aproxima. Uno puede sentirse a milímetros de la piel del otro cuando una canción, una imagen, un sentir, interviene en las diferencias. Eso pensaba mientras lo observaba. Creo que fue la última vez que lo miré antes de que el humo de la casa cubriera por completo el aire. Me tiré al suelo, porque eso dicen las indicaciones en caso de incendio. Lo busqué, grité su nombre, pero no veía a nadie. No podía respirar.

El fuego empezó a cubrir todo vorazmente. Recordé unas palabras: Si te quedas en mi casa, la voy a prender fuego con vos adentro y me desperté.