Por Rita Piris

Escapar del infierno machista

Cronicas

La lucha de la Casa María Pueblo por asistir a víctimas de violencia de género. El caso de la mujer amenazada de muerte por su esposo y cómo la ayudaron a escapar, disfrazada, del horror.

Habían quedado en reunirse en la casa de la jueza Glordia Gardella a la medianoche. El cura Carlos Cajade, la jueza, Darío Witt y su compañera tenían que organizarse para rescatar a Laura y a sus hijos. La mujer se había escapado porque su esposo la había amenazado con prender fuego la casa con ella y los chicos adentro. Corría el año 2000 y se anticipaba la crisis económica y el estallido social en la Argentina.

Por esos días, Darío repartía su tiempo entre su trabajo como vendedor callejero de café, sus estudios de abogacía y su labor en la Casa María Pueblo de La Plata, que fundó para la asistencia de mujeres víctimas de violencia machista, cuando el Estado aún brillaba por su ausencia y en los medios se titulaba: "Crimen Pasional" en lugar de "Femicidio". 

La casa se fundó cuando las mujeres huían de su hogar escapando de sus agresores: los propios maridos. Los casos se fueron multiplicando cuando desde la comisaría empezaron a derivar al hogar, a las mujeres que denunciaban. Y detrás de ellas llegaban los violentos.

Era el único lugar que  servía de trinchera, en esa época no había ni centros para la mujer, ni leyes de protección a las víctimas de violencia,  ni asesoramiento, ni nada.

Un día cayó Laura, con la mirada de un soldado a punto de caer. Cubierta su cara de sangre y despojada de una vida digna. Ella era esposa de un amigo del poder.

Un tipo que vendía cocaína desde un despacho del municipio. El mismo tipo que hasta hace unos meses ocupaba un lugar en las filas de la por entonces gobernadora María Eugenia Vidal. El violento cayó un día en el hogar María Pueblo buscando a su mujer. Había llegado a su casa y vio que estaban su auto, sus muebles su televisor, pero faltaban su mujer y sus hijos.

Estaba claro que ese caso iba a requerir un poco más de ingenio. En la reunión en la casa de la jueza desfilaban posibilidades:

-Es una mafia -opinó la jueza.

-¿Qué tan mafia puede ser? -se preguntó el cura.

-El tipo labura para un polítIco cercano al poder -respondió Darío.

Cajade dijo:

-¿Sabés cómo se combate la mafia?

Todos lo miraron.

-Con otra mafia, voy a llamar al Arzobispo.

Y todos estallaron en una carcajada al unísono. La risa suele oficiar de sostén en el interludio de una escena análoga a una obra de terror. Ya con el apoyo del Arzobispado en este caso, resolvieron llevar a Laura y sus hijos, que los tenían escondidos en los monoblocks de Burzaco, a un convento de La Plata.

Darío conocía una red que se había formado hacía el interior del país, que se dedicaba a asistir mujeres víctimas de violencia en coordinación con la Casa María Pueblo. Los casos de femicidio eran un número de todos los días. Se cantaban como en La Quiniela y siempre una mujer, se llevaba el premio. No había muchas opciones. Laura se tenía que ir. En el convento la prepararon.

Sus 30 y pico de años quedaron imperceptibles bajo la peluca canosa y los harapos de señora mayor. Estaban los pasajes listos, había que llegar a Retiro. El agresor la buscaba por cielo y tierra, con la impunidad de sus contactos agentes del Estado. Se veían patrulleros por toda la zona, cuando el que manda es amigo, el trabajo de la yuta es más efectivo. Quedaba poco tiempo.

Se buscó un remis hasta Retiro. Metieron a Laura y los pibes. Darío y su compañera iban también. Recién arriba del micro Laura se enteró de su destino. El lugar donde iba a empezar su vida de cero.

Lejos del agresor, de la mafia, del infierno.