Por Enrique Symns

Symns: "Melingo es un brujo que levita en el escenario"

Cronicas

Symns, conmovido por el arte y la amistad de Melingo.

Los hombres como Melingo y yo hemos vivido varias existencias en una. Quizá nos conocemos de vidas anteriores. Pero en esta vida creo que la primera vez que hubo una conexión entre los dos fue en un bar cuyo nombre olvidé. El estaba con Charly García. Lo invité a mi casa y a partir de esa noche nos hicimos amigos. Nos encontramos cuando el miedo estaba en la primera fila y caminar por las calles acuchilladas de Buenos Aires era perderse en una selva donde la salvación era salir herido. Había en Melingo algo de alma sabia y milenaria en un cuerpo joven. Siempre fue un músico de primer nivel. Y una gran persona. Muy talentoso. Nunca se quedó en un mismo sitio. Buscó nuevas formas artísticas como un cazador que deambula desarmado en callejón de animales salvajes que llevan días sin probar bocado. Desde aquel primer encuentro percibí algo especial en él. Algo que lo trascendía y él quizá ignoraba. Una fuerza misteriosamente luminosa, que por algunos confundían con oscuridad. Una fuerza que tiempo después brotó y terminó de estallar en los escenarios por los que levitó cósmicamente. Yo leo almas como si fueran libros que siempre tengo a mano. Y en Daniel podía leer una forma pura hechicería, como si la música fuera compuesta por la magia de los sonidos que salían de su interior como la lava del volcán más asesino. Melingo es el brujo de la tribu. Éramos otros. El mundo era otro. Yo cambié. Quizá si hoy estuviera aquí, haría lo que solía hacer cuando, enloquecido, entraba en un teatro en plena función, interrumpía la obra y le gritaba al público y a los actores. “¡Todos ustedes están muertos”! Y luego huía velozmente. Ya no soy ese hombre feroz. Ese hombre que devoraba hasta quienes más lo querían. Con Daniel nunca nos peleamos. Me agradezco a mí mismo no haberlo traicionado. Ni hablado mal de él. Y ya con eso puede darse por hecho. He tratado a amigos como si fueran enemigos. Con mi palabra calibre 38. Ahora estoy en paz. He pedido perdón. Puedo decir que la amistad de Melingo siempre me acompañó, sobre todo en las malas. Melingo es un artista extraordinario. Cuando camina el escenario, el escenario se mueve con él. Y uno es testigo de chispazos conmovedores. De climas mágicos que constituyen la esencia del arte Compartí muchas historias con él. Los dos agitamos la misma intensidad en los mismos senderos. Pero rebuscando en mi memoria, recuerdo cuando hace unos pocos años viajó a visitarme a Mar del Plata, en el viejo hotel donde yo vivía. Apareció con un pequeño instrumento de cuerdas griego y el libreto de una ópera. Su música era hipnótica. Lo seguí fascinado cuando me contó que una vez soñó con una melodia que había inventado mientras dormía. Le respondí que para mí soñar era una creencia. Y que en el mejor sueño que tuve, nunca lo olvidé, yo podía volar. Melingo me miró con ternura. Como si en lugar de mirar a un viejo, mirara a un niño. Ahora sueño con fantasmas horrendos que se paran al pie de mi cama y huyen despavoridos. Ojalá que esta noche, querido amigo, nos reencontremos en un mismo sueño. Vos hechizando al aire mutilado con tu instrumento y yo bebiendo las últimas gotas del éxtasis de lo que queda de este mundo..