Por Sergio Bayer

Verano Negro

Cronicas

La experiencia de pasar una temporada en el infierno

Quedé en encontrarme con mi novia un sábado por la mañana en un restaurante frente a la plaza de Ituzaingó.

Ubicado en una de las mesas, sobre la calle Zufriategui, después de casi media hora de espera, la vi llegar.

Vestía unos anteojos negros, una remera de Joy Division y unos pantalones oscuros. Todo hacía juego con el ánimo de su cara. Por su tenue saludo y falta de interés, noté que algo le pasaba.

Enseguida pidió un chop,y aproveché para repetir mi doble con crema y unos tostados.

Durante unos cuantos minutos me permití no saber el motivo de su malestar, presentía que ese cauteloso silencio pronto acabaría.

Una vez que terminó su trago, justo después de su último sorbo, arrojó su confesión.

Con voz lastimosa y lenta, me dijo: “Estoy embarazada”.

Un roto para un descocido

Conocí a Romina en junio del 2007 a través de un compañero de trabajo. Ella vivía en una modesta casa de Castelar junto a su padre y su niño de 6 años.

Era delgada, tenía el pelo ondulado, ojos achinados y una sonrisa muy contagiosa. La primera vez que la ví, una fría y alcohólica noche de invierno, quedé encantado por su simpatía tanto o más que por sus delicadas curvas.

Hablamos de cultura china, del eneagrama, Deportivo Morón y las películas de Raúl Perrone.

Y esa misma noche bajo la tímida luz de una lámpara de 25 watts me llevaría su primer beso como souvenir.

Con sólo 23 años, “la Neca”, como la apodaban en el barrio, había vivido una sucesión de hechos desafortunados por los que más de una vez intentó suicidarse.

Los surcos sobre su muñeca izquierda, que meses después descubriría, revelaban aquella primera experiencia.

Su temporada en el infierno había comenzado a los 5 años, cuando su mamá la abandonó junto a sus tres hermanos en un instituto de menores en Moreno.

De ahí en más un deambular errático por distintos lugares donde pronto se convertiría en la hija nómade adoptada por varios.

La ausencia de una madre,la convivencia intermitente con un padre alcohólico,el desapego hacia sus hermanos,y algunos sucesos de abuso por parte de hermanastros crearían los anticuerpos necesarios para afrontar ciertos arrebatos de la vida.

Sin embargo, el destino aún le tenía preparado otro golpe. En una búsqueda constante, cansada de numerosos naufragios, deseaba poder cumplir el sueño de eso que nunca pudo tener: una familia.

En su entorno conoció a gente mayor que ella e ingenuamente encontró a la persona que la haría volver a enfrentarse con el fracaso.Con apenas 16 años “La Neca” se convertiría en mamá y papá de modo abrupto. Estando a la deriva, con rapidez se aferró a mí acaso porque especulaba un buen porvenir.

No tardé demasiado en darme cuenta que varios de sus actos tenían la oculta intención de vengarse de su infelicidad.Decidí,entonces,ser cauteloso y tratar de no entusiasmarme con ella temiendo lo previsible. Para la aristocracia barrial parecíamos ser dos personas muy diferentes,si bien algo de eso había,ambos sabíamos que éramos dos almas rotas y descosidas compartiendo nuestra soledad.Nunca fuimos formalmente pareja sin embargo establecimos una relación basada en determinados principios donde la honestidad debería ser nuestra moneda corriente.Pero en el mercado de ofertas de la vida le vendí algo que no tenía: mi inocencia.

Preferí ocultarle algunos aspectos ásperos de mi vida para no verla reencontrarse con el desengaño.Para conservar esa imagen de noble caballero debí mantener latente ciertas debilidades como los prostíbulos y los psicofármacos.

Sin un trabajo fijo, con varias deudas y un padre cada vez más enfermo, la Neca encontró a mi lado bienestar y seguridad para encarar sus necesidades cotidianas.

Malas noticias

Después de unas agitadas y fatídicas vacaciones en La Costa durante el verano del 2008 debimos afrontar varias sorpresas.Su padre,luego de un par de intentos de fuga en el Hospital Muñiz, moriría al poco tiempo de tuberculosis,la tienda de ropa en donde era empleada de manera circunstancial la despidió sin pagarle un centavo,y la fábrica en la que trabajaba con el deseo de renovar el plantel,teniendo en cuenta mi participación antipatronal,amenazaba con futuros despidos.

Por si fuera poco, los hermanos de Romina pululaban como aves de rapiña con la intención de apoderarse de la casa. Aquella calurosa mañana la noticia del embarazo cayó sobre nosotros como un estruendo,tajeando al igual que una esquirla nuestro aliado más fiel:el ánimo.Sin embargo algo debíamos hacer,ninguno de los dos estaba dispuesto a enfrentar semejante responsabilidad,y menos bajo esas circunstancias.

Por mí parte, todavía no me veía como padre,y Neca no quería volver a enfrentarse contra los fantasmas del recuerdo,por más que el presente fuese distinto.Además el embarazo le impedía concretar su inmediato-próximo objectivo:terminar el secundario.Antes de pedir la cuenta ambos sugerimos lo mismo:cometer un ilícito. Mientras febrero se despedía nosotros comenzábamos nuestra cuenta regresiva, teníamos que empezar a movernos y encontrar una solución.

Romina, como apurando la memoria, recordó una situación:“Tengo una amiga del barrio, ella ya pasó un par de veces por esto y quizás nos pueda dar una mano o pasar algún dato”.

Su nombre era Lorena, una vieja conocida de la cuadra, que parecía tener una vasta experiencia sobre el tema,y fue ella la primera que nos recomendó el uso de unas pastillas antes de realizar una cirugía.

El misoprostol era un medicamento que generalmente se usaba para el tratamiento de úlceras,pero también era utilizado con fines abortivos.Era algo seguro y aparentemente fácil de usar.Para nuestra sorpresa tal fármaco solo podría ser adquirido bajo receta médica.Entonces tuvimos que involucrarnos con cierta gente para poder hacernos de éstas pastillas.Ellos nos pasaron la dirección de una farmacia donde podrían ser obtenidas sin ningún tipo de receta.

El local situado sobre la avenida Blas Parera,en Ituzaingó, debió ser lo menos parecido a una farmacia convencional que hallábamos visto en nuestras vidas.Una húmeda fachada con un nombre ilegible que atendía sólo por ventanilla y parecía estar de turno las 24 hs los 365 días del año.

Allí fuimos un sábado al mediodía en busca de una solución a nuestro problema.Previa contraseña nos facilitaron el medicamento sin ningún tipo de inconveniente y con una detallada explicación sobre el uso correcto de las mismas.Cuatro pastillas por 80 pesos no nos parecía algo costoso para terminar con aquello.Con la esperanza en popa nos marchamos del lugar aventurando un buen desenlace.Pero la desdicha parecía encapricharse con nosotros y no se llegó a realizar el cometido.

Por lo tanto debimos volver en más de una oportunidad porque el misoprostol no nos daba el resultado previsto.Nuestro espíritu por ese entonces estaba aún más deteriorado que nuestras emociones y la relación empezó a tambalear. Jugados por el calendario debíamos buscar otra opción.Los carteles de “enfermera partera” al costado de las rutas habían empezado a llamar nuestra atención.

Vera Drake en Barrio San Juan

Tras un largo camino,que incluyó desde los “preparados” de un chamán de barrio hasta intoxicarse con ciertos medicamentos,llegamos por un “de boca en boca” a un domicilio en el barrio San Juan de Castelar Sur.

En una humilde vivienda familiar nuestra partera,una señora de unos 60 años con buenos modales y una sonrisa entre tímida e inocente,nos brindó una atención más contenedora que médica.Mientras estaba en el comedor,utilizado como sala de espera,mi novia era revisada por una ex empleada textil devenida en enfermera y ahora “obstetra”.Al cabo de un tiempo luego de salir del improvisado consultorio me aconsejó:“por favor no gastes más plata en esas pastillas”,a la par que nos alertaba:“todavía tenemos tiempo,vengansen cuanto antes”.

La señora que al parecer estaba más ansiosa que nosotros nos adelanto el costo del servicio,alrededor de 1.000 pesos.Mi intuición y experiencia obtenidas a lo largo de la vida enriquecieron mi desconfianza,y me recomendaban que ése no era el lugar indicado.Nuestras miradas cómplices nos delató cierta inseguridad y aparentemente la mujer percibió algo de temor en nosotros.Antes de irnos nos afirmó,en tono tajante:“no es la primera vez que hago esto,vinieron recomendados” y subrayo:“más barato no van a conseguir”.

Al salir nos invadió nuevamente la desilusión,Romina estaba bastante desahuciada y confundida.Una vez en la calle,reteniendo alguna lágrima y casi sin mirarme a los ojos,me dijo “nunca pensé que esto podría durar tanto,perdóname, pero no quiero hacerlo acá”.

La esperanza nos había engañado una vez más.Supuse que lo mejor sería seguir buscando,no quería que terminemos en un sitio así.Siempre tuve en cuenta el triste recuerdo de mi madre por su mamá fallecida, en donde por falta de dinero y conocimiento,debió acudir a un lugar semejante. Seguramente algo mejor habría. Una nueva esperanza Aunque estuviéramos acorralados por las circunstancias del tiempo queríamos algo menos arriesgado y más seguro.

Y frente al dilema clandestinidad casera o clandestinidad clínica optamos por la segunda,aún cuando el presupuesto no estuviera dentro de nuestras posibilidades.Luego de más de dos meses volvimos a visitar a Lorena quien poseía una especie de mapa turístico sobre hogares y clínicas donde poder realizar tal cirugía.

De esta manera llegamos a una casa ubicada sobre la avenida Rivadavia frente a las vías de la estación Ituzaingó.A través de un portero eléctrico una mujer nos atendió,y al escuchar “venimos de parte de…” enseguida nos derivó a un centro médico en La Matanza.

Dos días después fuimos al lugar situado en una de las avenidas principales del centro comercial de San Justo.Por medio del mismo mecanismo:portero eléctrico más frase-contraseña y nombre del doctor nos facilitaron el acceso.

Luego de pagar la consulta,al cabo de un rato,el obstetra reviso a Romina y le comunicó el valor del trabajo:2300 pesos.Antes debía realizar una ecografía y electrocardiograma.Aquel sitio por suerte estaba lejos de parecerse a nuestras experiencias anteriores.Desde la hospitalaria atención en la recepción,la acogedora antesala y consultorio,y la experiencia profesional brindada, percibimos el ambiente propicio para terminar con esta situación.Lamentablemente ninguna obra social cubre un aborto,por lo cual para poder pagar tales gastos debí pedir un préstamo en un banco.Una vez con el dinero en la mano sacamos turno para los estudios previos y acordamos una fecha para la cirugía.Una vez más el entusiasmo y la ilusión se había apoderado de nosotros.

El último intento

Una semana antes de volver a concurrir a la clínica Romina realizó un último intento con algunos blísteres que le quedaban y la ayuda e insistencia de una prima. Afortunadamente tal empeño tuvo éxito y luego de unas horas,y fuertes dolores en la panza,ocurrió el milagro:apareció por fin el primer sangrado.Tiempo después,y sin mayores complicaciones,logró despedir el producto de ése embarazo no deseado.Con apenas algunos malestares,aplacados por el uso del Reliverán,trás algo más de tres meses pudimos tranquilizarnos y lograr un poco de calma.Dos semanas más tarde,por recomendación de su prima, sacamos un turno para una ecografía y así poder confirmar si el aborto farmacológico finalmente fue completado.Al comprobar el favorable resultado del estudio,mediante un sencillo acto, celebramos el final de nuestro arduo percance y por la osada actitud emprendida por éste familiar. Después de esta desagradable experiencia con Romina seguimos compartiendo nuestras soledades de una forma más consistente.

Y retomamos aquellos inquietos días de cómoda normalidad.