Por Juana Ciminieri

La quinta

Cronicas

La oficina de la directora estaba llena de juegos. Yo me porto bien y nunca vengo acá, salvo los días que papá me busca por la escuela. Cuando llegó estaba con los jeans rotos que usaba siempre, unos que le dejan las rodillas y los bolsillos cargados a la vista. Nos abrazamos y me dio besos pinchudos.

Papá dale, dejate la cara lisa. Mirá lo que tengo. Sacó de su mochila negra un regalo. Era blandito. No me dejó abrirlo hasta que estuvimos arriba del colectivo. Recién cuando nos sentamos lo vi: era una remera blanca con el dibujo de la bandera de papá.

- ¡Tiene la bandera! ¿La pintó tu amigo?

- No, es un estampado con la foto de la bandera en la cancha.

-Ah. –lo miré sin entender.

Estaba contenta con mi regalo. Como la bandera aparecía chiquita en el medio de la tribuna no me daba miedo. En realidad, la bandera de papá me gusta. De lejos. Bajamos en otra parada. Papá acomodó su mochila en la espalda, se puso la mía en el pecho y me subió a sus hombros. Me contó que teníamos que buscar un regalo por lo de un amigo suyo. Era una caminata larga y no daba más.

- ¿No sabes cómo se llama tu amigo?

Giró la cabeza y me sonrió. Tiene una paleta chueca que le queda bien.

- Sí, se llama Daniel, pero no lo conoces. 

- ¿Te hiciste un amigo nuevo?

- Somos conocidos, tenemos amigos en común. 

- ¿Y por qué tiene un regalo para vos?

- De buena onda. Lo ayudé con el trámite del carnet para entrar a la cancha. 

- Ah, es de River. 

- ¿Vos sos de River?

- ¡Sí! Dame el regalo.

-Desde ahí arriba, hice equilibrio para ponerme la remera sobre el uniforme.  

La casa de Daniel me pareció fea. Tenía un perro con la boca muy grande, se le veían los colmillos. No quería que estuviera cerca mío. Él parecía un poco sucio, tenía una mancha redonda en el medio de la remera.

- ¿Viniste con la nena?

- Recién salimos del cole. ¿Todo bien Dani?

- Sos jugado vos eh.

-Daniel me miró y levantó las cejas. Dije hola moviendo la mano. - Me quedaba de paso. Papá me bajó de sus hombros. 

Me senté en un sillón que tenía polvo. Todo estaba un poco oscuro y había feo olor. Ahí adentro hacía frío. Me puse a mirar el cuaderno de comunicados, no me sé la cursiva pero me gusta mirarla. Se arman unos globos lindos que enganchan todas las letras. Papá y Daniel fueron para la cocina, los escuché reír y charlar. Al rato volvieron. Papá no venía con ningún regalo.

-Nena, ¿querés conocer al perro? -me preguntó Daniel. Metí las piernas arriba del sillón y me tapé la cara con las manos. Nos fuimos. -

A ver el regalo.

- Ya te lo dí. 

- ¡El mío no! –me reí, qué colgado era papá- El de Dani.

- Ay, me lo olvidé, ¡qué boludo! -se pegó en la frente.

Siempre que se olvida algo hace lo mismo.

- Volvamos, quiero verlo.

- Ya fue, me lo llevará el domingo a la cancha. ¿Comemos pizza a la noche?  

Dejé de contar las baldosas y miré el cielo. Qué lejos estaba. Siempre era fideos o pizza. Empecé a girar justo abajo del redondel del sol, hasta que escuché una voz que antes no estaba. Eran dos policías.

- Pibe, vení para acá.

-Nos habló fuerte.

- ¿Qué pasó señor? Papá estaba muy relajado. Siempre hacía reír a todo el mundo. 

- Documento. Eran muy altos, más que papá. Igual, casi todos sus amigos son más altos que él. A mí me pasa lo mismo en la escuela.

-¿Para tanto? Estamos volviendo del colegio. 

-Papá se quejó y me corrió detrás suyo. Todavía estaba un poco mareada por las vueltas mirando al cielo.Le solté la mano porque vi una canica en el piso. Era un ojo de gato. La guardé.

- Hola. -le dije al señor policía.

- ¿Qué tal señorita?

- Bien. Yo también tengo que usar un uniforme todos los días. 

-Es más fácil así, ¿no? ¿Cómo te llamas?

-Justina. Es aburrido, ¿vos sos de River?

- No, de Boca.

- ¡Qué amargo!

- Contame Justina, ¿de dónde vienen?

- Pasamos por lo de Dani. Y papá me regaló esta remera. ¿Vos tenés un trapo de Boca?

- No tengo. ¿Y qué hicieron en lo de Dani?

- Nada. Escuché un golpe. El otro policía había empujado a papá contra un auto gris que estaba sobre la vereda. Le dobló las manos por atrás de la espalda. Corrí y le abracé la pierna. Papá se quejó y discutió con el señor. Ya no estaba canchereando. 

-Pa, vámonos. El policía malo le arrancó su mochila y sacó un paquete envuelto de color marrón claro. ¿Eso le regaló Dani? Tiré de la pierna de papá y sin querer le rompí un bolsillo del jean. Se cayó Zippo. También lo guardé. Rápido, porque papá lo quiere mucho a su encendedor.

-Dale pibe. La nena se va al juzgado de menores y vos quedas detenido.

Grité. Desde el piso, empecé a pegarle piñas a las botas negras del señor. Papá se agachó. Se acercó con las manos atadas. Me abrazó sin brazos y me explicó que se había mandado una macana.

- Papá, es porque somos de River, ¿no? El señor me dijo que es de Boca.

- No creo que tenga que ver Jus, pero puede ser. Vos no hiciste nada malo, andá con el señor y te busca tu mamá por ahí. 

- No. Hoy me toca con vos. - Gorda, hacela fácil.

- Volvió a abrazarme con el cuello.  

En el auto del policía grité y pataleé todo lo que pude. Empezó a picarme la garganta. Me agoté.

- Carlos…

-Así se llamaba el policía. De pasada había frenado en un quiosco y me regaló un chupetín. Me caía bien.

- ¿Vos vas a la cancha?

- A veces, a trabajar.

- ¿Cómo a trabajar? ¿Jugás al fútbol?

- No, cuido la entrada y salida. - Ah, a mí me gusta la cancha. - ¿Fuiste? - No.   Llegamos a un lugar que me hacía acordar a la carnicería, pero era de colores distintos. Estaba pintada de verde oscuro. Carlos me dijo que me siente y se fue por una puerta. Había un señor en un escritorio, creo que era el que atiende los pedidos de la policía. Cada vez que sonaba el teléfono, tomaba nota. No hablaba. El mostrador era alto y no podía espiarlo. Me puse en puntitas de pie. Tampoco. Quise ser más alta. Carlos salió de la puerta con un chico que tenía las manos atadas como papá. Me dio impresión su ojo hinchado y violeta, también los rasguños de los brazos. Le soltaron las manos y se fue. Carlos se sentó al lado mío. Le pregunté si podía ver su pistola. No me dejó. También tenía un aparato raro en la mano. Nunca lo había visto y moría de intriga. Se lo arranqué de un saque y apreté el botón. Vibró e hizo luz como de un rayo. La tiré al piso. Carlos me retó. - Fue sin querer. ¿Qué era ese rayo? - Electricidad. Tu mamá ya está en camino. Carlos fue hasta el mostrador, me trajo papel y dos biromes. - Dibujá hasta que te busquen. Me acosté en el piso. Zippo estaba guardado con la canica.   ***   Mamá y papá están separados hace un montón. También están divorciados. Hicieron las dos cosas. Con esos trámites se organizaron para verme: martes, jueves y fin de semana de por medio estoy con papá. No me sé el orden de la semana, pero cuando miro el calendario de la cocina, sé que las dos columnas que están juntas al costado, son las importantes. Ahí tenemos dos días juntos. Este fin de semana me toca él. Hoy era la primera vez que nos volvíamos a ver después del día que me regaló la remera.  Mamá revisa mi mochila.¿Guardaste las bombachas? No te olvides de cortarte las uñas; las dos manos, Justi. Voy al baño y busco mi alicate con dibujitos de Disney. Corto despacio, con cuidado, veo cómo se dobla la uña y ¡zas! Se quiebra. Quedan puntitas que pinchan y son buenas para rascarme las picaduras. Las dos manos. Doy media vuelta para cortar la otra mano. Pero siguen apareciendo los dedos que acabo de cortar. Si estoy al revés, no puede ser. - ¡Má! No puedo, vení. Mamá ya estaba en la puerta del baño esperando. Gorda no tenés que girar vos, tenés que cambiar el alicate de mano. ¿Pusiste a Enzo en la mochila? Enzo es mi peluche con forma de perro. Duerme conmigo cuando todo está oscuro. - ¿No era que no ibas a usar nunca esa remera?  Le hice hombrito. -El otro día dijiste que querías prenderla fuego. No la miré. -No se puede quemar, ¿no? -Justi… -se sentó en el piso del baño y me agarró la mano. El color brilloso de sus uñas pintadas me gustaba tanto que me dejaba hipnotizada-, ¿estás segura de que querés ir? Le respondí que sí moviendo la cabeza. - Bueno, si te querés ir me llamás. ¿Te acordás el número de casa? Repetí los siete números del teléfono y la dirección.   Fui a mi cuarto y miré la remera. Toqué la cancha y las caras de los hinchas. Son como papá. Van ahí todos los domingos. Hacía tanto que no lo veía. Quería que bailemos juntos. Miré a los peluches de mi cama, ellos podían ser las personas de la tribuna. Abajo de la hinchada estaba colgado el trapo. Nos pusimos a saltar y agitar el brazo. Estaba contenta. Ahora el cuarto era la cancha y yo estaba ahí. El humo rojo y blanco de las bengalas me hacía llorar pero igual seguía cantando. Papá me subía a sus hombros y saltábamos juntos, agarrados de las manos. Estábamos felices.   Papá llegó en auto y sin barba. Él no tiene auto pero siempre alguien le presta uno para ir a la quinta de Néstor. Ahí trepamos árboles, nos juntamos con amigos, comemos asado y hay pileta. Con trampolín. El viaje a la quinta es mejor que tomar el colectivo. Agarramos la autopista por un rato, con todo el cemento caliente y muchos más autos. Todos van rápido. Hasta que llegamos a la bajada de Parque Leloir. El resto de los autos siguen derecho por el cemento. Yo sé que nos vamos acercando porque los árboles son cada vez más altos, tan grandes que te podés esconder detrás. Son viejos y tienen la corteza arrugada. Están en todas las veredas. Los de un lado se juntan con el otro y tocan el cielo. Estamos entrando en un país de fantasías. La primera aventura llega cuando las calles se hacen de tierra. Viene lo mejor.  -Pa, ¿ahora sí? ¿Puedo? Me siento sobre sus rodillas y manejo el volante. Él se encarga de los pedales y de la palanca. Yo esquivo pozos.   *** Apenas llegamos desarmé mi mochila y le dije que tenía una sorpresa. ¡Qué lindo hija! Sí, te va a re gustar. Saqué a Zippo. Nos dimos un abrazo muy fuerte. Le puso un nombre horrible, pero Zippo es distinto a todos los encendedores. Cuando se prende, no se apaga hasta que lo volves a cerrar. Es especial. Papá no lo podía creer. Pensó que lo había perdido para siempre. La pileta es lo que más me atrae de la quinta. Abajo del agua no se escucha el ruido de afuera. No están las chicharras. Me gustaría que estén porque nunca vi una, solo las escucho. Abrí la reja sola, papá sabe que nado bien. - No seas cagona, tirate desde la parte honda. -me gritó desde el quincho. Frené en el primer escalón y lo miré. - Dale, yo te miro desde acá –estaba fumando un cigarrillo. Pararme en el trampolín siempre me da cosquillas en la panza.Me tiré de cabeza. Cuando salí no me estaba mirando como había dicho. Habían llegado nuestros amigos.   Los grandes vinieron a la pileta. Son muchos y todos juegan un rato en el agua. Se parece un poco a cambiar de juguete. En verano siempre nos quedamos a dormir en la quinta. Me acosté en el borde de la pileta, el piso caliente me sacaba el frío. Mis manos estaban arrugadas. Hacía un rato largo que no escuchaba la voz de papá. Me paré y lo vi lejos, yendo para la casa principal con alguien más. ¿Cuánto va a tardar? Fui para la reposera donde estaba Maxi, es el amigo de papá que más juega conmigo. Gonza también. Son todos amigos desde chicos. La conocen a mamá pero no se juntan con ella. -Maxi, ¿adónde se fue papá? -Al auto. Fue a buscar el trapo.  -¿Hoy juega River? ¿Se van a ir? –me asusté. -Sí. ¿Qué necesitas Jus? -Quiero ir al baño. –mentí. Quería llorar. -Vamos Juchi. Maxi me acompañó hasta el baño del quincho. Es el más feo de todos, siempre hay bichos. Encima la luz no andaba. -Entorná la puerta Jus, yo cuido que no entre nadie.  No tenía ni una gota de pis. Ya había hecho en la pileta. Hice ruido de agua. -Pshhh.  Cuando salí, Maxi me preguntó si me había lavado las manos. Me puse roja.    Volvimos a la pile. Papá había atado la bandera a una reja de alambre, donde terminaba la quinta. Es la del regalo. Su trapo, así le dice, es mi peor enemigo. En el medio tiene pintada una cara tétrica, con unos dientes que me hacen temblar y el pelo todo desordenado, como una palmera. Con el viento la cara se agranda y se achica. Se me viene encima y no hay nada que pueda hacer para frenarla. Esa cara respira. Cuando la espío, siempre me está mirando. Papá se acercó a la reposera donde estaba sentada. -¿Vamos a ver el trapo? –me preguntó con una sonrisa. Dije no con la cabeza. Se rio y me hizo upa para que vayamos a ver la cara tétrica de cerca. Cuando estábamos a pocos pasos no aguanté y me puse a llorar. - Me da miedo la cara. Papá me aseguró que no hacía nada.  - Bajame pa, no quiero. –le rogué- Vamos al sol de vuelta. Me respondió con una risa suave y me explicó que era Bob Marley.  - No sé quién es ese señor. -Estaba enojadísima. Me sequé con la mano las lágrimas de los cachetes. Abajo de la cara hay una frase. Cuando le pregunto qué dice, siempre me responde cantando: “yo quiero a mi bandera, yo quiero a mi bandera, planchadita, planchadita, planchadita”. Odio la bandera de papá. Desde la pileta, Maxi me gritó: ¿Qué pasa Juchita? ¿Querés venir?Me puse seria. ¿Me pregunta de verdad? Lo miré a papá. Sonrió un poco y empezó a cantar una canción de River. Maxi se acercó a papá: - Santi, podríamos llevarla. Somos varios, no pasa nada. No podía creer lo que escuchaba. - Si la mamá se entera, me mata.   ***   Cuando llegamos a Núñez todavía había luz. El cielo estaba de ese color medio gris. No sé si tiene un nombre. Color de atardecer. Me sorprendí con la gente caminando por la calle y nosotros todavía en el auto. Nos rodeaban. Bajamos del auto y corrí a toda velocidad. Papá me pegó un grito para que vuelva. Cuando frené me di cuenta de que toda la gente estaba vestida de River. A los del otro equipo no los vi. Un señor sin dientes y con mucha barba estaba tomando cerveza del pico. El olor que largaba llegó hasta mí. Todos gritaban mucho. Volví dando saltos hasta donde estaban los chicos. - ¿Toda esta gente va a estar adentro de la cancha? - La mayoría. Otros vienen a alentar desde afuera. Los gritos me asustaron. Dejé de saltar. Estaba en un mar de piernas, no había nadie de mi altura. No vi chicos de mi edad. De pronto, escuché unos trotes con ruido de metal. ¡Había caballos! ¡Policías con caballos! Corrí de nuevo. - ¡Hola! ¿Lo puedo tocar? El señor me miró desde allá arriba. Apareció otro caballo. Justo cuando estaba por tocarlo alguien me agarró de la panza y me alzó. Pegué un tremendo grito, tanto que uno de los caballos se puso en dos patas. Era Maxi que me había seguido. Volvimos con el resto. El ruido de la murga me retumbaba adentro del cuerpo y no podía sacármelo. Ni tapándome las orejas. Quedamos amontonados en un portón para entrar. Había un olor ácido, como a limón y a tacho de basura mezclado. Me senté en el piso, sobre las zapatillas de papá. Corría algo de aire entre las piernas de la hinchada, pero igual todo estaba pegoteado. Un estallido, como de una bomba, hizo que la gente empiece a correr. Yo seguía en el piso jugando con la canica. Perdí el ojo de gato y a papá. Estaba aturdida, todavía sentía ese ruido adentro de las orejas. Las personas pasaban muy rápido, no podía distinguir a nadie. Alguien me agarró por debajo de las axilas y me puso en un rincón. Quedé agachada. No sabía si esconderme o salir a buscar a papá.   No entramos a la cancha.   ***   Al mediodía, después del asado, papá no me dejó meterme a la pileta. Hija no hay nadie viéndote y yo estoy charlando con los grandes. Pero mirame de lejos, yo sé nadar. Esperá un ratito. Me enojé, crucé los brazos alrededor de la panza bien fuerte y miré para abajo. Encontré un grano de sal. Lo tapé con mi dedo y lo llevé a mi lengua. Lo chupé hasta que se disolvió. Me quedó la boca con mucha saliva. Me dio sed.  Ellos dicen que, después del asado, sigue siendo el asado. Pero en realidad, ya no están ni los platos ni la carne. Después de almorzar a los grandes los encierra una niebla, pesada. El humo del pucho y de la parrilla, con todo el calor… y no quieren ir a la pileta. No se mueven por dos horas. Hay mucho olor a carne y a morcilla. Y un olor dulce que nunca sé de dónde viene, no hay ninguna torta cerca. Tienen los ojos rojos, se nota que les entró cloro de la pileta. - Pa, quiero agua.  - ¿Vamos a la pile? - ¡Si! Me subió sobre sus hombros y corrió hacia la pileta. Grité y reí, todo al mismo tiempo. Se tiró y yo me olvidé de cerrar la boca. Salimos como si fuésemos una ballena. Y de vuelta abajo, esta vez se tiró con el cuerpo de costado. No se puede tragar agua y reír en el mismo momento. - ¿Buscamos si hay algún tesoro escondido en la pileta? - Andá para los escalones, yo me fijo.  Nadé rapidísimo, sin salir a buscar aire. Esperé. Me asusté cuando me agarró el pie. Después me dio un abrazo y me dijo que le pareció ver algo en la parte profunda. Se hundió hasta llegar al piso y se convirtió en una tabla de surf. Yo voy parada arriba, hasta que el agua me llega al cuello y empiezo a nadar. Nos separamos para investigar las esquinas. Había algo negro en el fondo, bien abajo. Salí a buscar aire y volví a bajar. Agarré la cosa negra confiada. Parecía gelatina pero era negra. La solté. No era el palito que buceamos siempre. Me dio asco. ¿Y si me picó? Usé la pared para empujarme con los pies y salir rápido a la superficie. Papá vio mi cara y nadó rápido. -Te fuiste para el otro lado. ¿Qué pasó? Lloré y no podía contarle. Me sentó en el borde de la pileta y se fijó qué había. Yo lloraba y miraba la cosa negra. Quedó flotando cerca del piso.  -Justi es una babosa. No hacen nada, amor. Está muerta. -¡¿Cómo que está muerta?! ¡La toqué!    ***   A la noche vinieron muchas personas que no conozco. A todos les tengo que decir mi nombre, mi edad, si me gusta meterme a la pileta. Odio saludarlos. Me pegué a la pierna de papá. No quiero que me escuchen ni que me miren. Papá me alzó. Peor, quedé a la vista de todos. Una de las chicas que me saludó me dijo “qué pintón es tu papá”. No entendí. - Pa, ¿qué es ser pintón? ¿es parecido a ser pintor? - No, es que tengo facha. - Vos no sos pintor. - No, pero les parecí lindo. ¿Te pareció simpática? Le respondí con una mueca y mis hombros diciendo “yo que sé”. Una de esas chicas, Silvina, se sentó cerca de nosotros y charló mucho con papá. Por suerte, después de dos preguntas que no le respondí, papá le dijo que era un poco tímida. Mentira. No me gusta hablar con personas que no conozco. Ella se reía mucho, de todo. Y papá no estaba gracioso. Le solté la mano y me fui con Gonza y Maxi. Llegué por abajo de la mesa hasta el banco de enfrente.Gonza me hizo lugar y me quedé con ellos.  - Gonza, ¿ustedes se quedan a dormir? - No, pero mañana volvemos. El resto de los amigos casi nunca se quedan. - Gonza, ¿por qué los papás prefieren ir a la cancha los domingos en vez de estar con sus hijos? - Uh… ¡pero el otro día viniste!  - No entramos. - Nos pegamos un susto bárbaro. - ¿Siempre que se pierde un chico la gente aplaude? Agarré un buzo y apoyé la cabeza sobre la mesa. Al rato, todo estaba oscuro.   Unas risas fuertes me despertaron de un susto. Miré la mesa y a la gente que estaba parada. No encontré a papá. Maxi me dijo “Buen día Jus”. -Todavía no es otro día. ¿No sabe que sigue siendo la misma noche? Se rió. Yo sonreí y seguí buscando con los ojos a papá. No estaba.  - ¿Lo viste a papá? -Ahí fue Gonza a buscarlo, ya vienen. –dijo y sacó de la campera la caja de puchos. Maxi no tiene un encendedor de metal. Es uno normal. Tampoco le puso nombre.   Tardó bastante pero apareció. - ¿Tenés sueño princesa?  - No. –estaba molesta. No me quería ir a dormir yo sola. Vamos todos o nadie.  - Dale, vamos a la cama. Le di un abrazo a Maxi antes de que papá me alce. Ahí arriba, le hablé en secreto. -No quiero saludar a todos.   ***   El camino del quincho a la casa es re largo. No hay luz y los árboles se ponen tenebrosos. Las ramas que trepé hoy temprano ahora parecen garras. El ruido se quedó en el quincho, se fue achicando mientras papá caminaba. Tenía un poco de miedo. ¿Y si se vuelve al quincho?  - Papá no me quiero quedar sola. - Yo también me voy a dormir, no vuelvo al quincho.  - ¿Y cómo sé que te vas a quedar si voy a estar dormida? - ¿No me crees? - Me dijiste que íbamos a ir a la cancha y no entramos. -murmuré. En el pasillo, papá frenaba en las teclas de luz para que las prendiera. Fuimos hasta el cuarto. Nos acostamos y miramos dibujitos. Papá no se iba a dormir porque no se puso el piyama, ni siquiera se sacó las zapatillas. Le agarré la mano como siempre. Pero esta vez era para enterarme si se iba.   Me desperté. Alguien había apagado la luz del pasillo. Estaba sola, con mi peluche. Dejó a Enzo en su lugar. No es lo mismo. A Enzo lo cuido yo. Quería llamar a papá y también me daba miedo hablar. Tenía miedo de estar sola, como cuando me perdí en Núñez. Respiré muchas veces.   Agarré fuerte a Enzo. Corrí por el pasillo oscuro. Antes de agarrar la curva vi que la luz de la cocina estaba prendida. Había ruido.Se me fue el miedo. Me asomé despacito. Y ahí lo vi. Me mintió, no se fue a dormir. Yo sabía. Me mintió otra vez. Silvina estaba contra la pared y papá le daba besos en la boca. Estaban muy pegados. La pierna de Silvina tenía atrapada una pierna de papá. Los dos se agarraban con los brazos. Me sorprendió que estén tan enredados. No me gustó nada. Una de las manos de papá estaba en la cara de Silvina. Sentí vergüenza. No quería que me vieran, me agaché. Esperé un rato. Volví a espiar: la mano de papá estaba en la panza de ella, por abajo de la remera. Dejé de mirarlos y pegué mi cara a la panza de Enzo. No podía dejar de escuchar el ruido que hacían. Era asqueroso. Me quería ir pero ahí estaba la luz. Y papá.  Volví a la cama sola. Lloré con Enzo hasta que me dormí.   ***   A la mañana papá estaba en el cuarto, dormido. Me acordé de que hoy volvía a lo de mamá. Me puse triste. Pero estar con mamá es más fácil. Papá se movió. Capaz estaba un poco despierto. Me pasé a su cama y le pellizqué el brazo.  - ¡Ay, Justina! - Estabas soñando pa. - Dormí un rato más, hija.  - Dale, levántate.  Se dio vuelta. Fui a la cocina, después al living. No había nadie en ninguna parte. Volví a la heladera a buscar yogur, estaba en un estante re alto. La extrañé a mamá. La llamé. -Hola ma… sí, hoy vuelvo… sí la pasé bien. Ma, ¿cuál es mi apellido?... ¿Y el tuyo?... ¿y por qué no tenemos el mismo?... Bueno, chau ma… Yo también. Revisé toda la cocina hasta que encontré unas galletitas de chocolate. La puerta estaba sin llave. Caminé hasta uno de los árboles que trepamos seguido. Era mi preferido porque las hojas no tenían la forma normal, eran palitos verdes. Subí la primera rama y me caí. Agarré el paquete con la boca y trepé lo más alto que pude. Trepé cinco ramas y me acomodé para comer. Nunca había llegado tan arriba. Costó, me raspé las piernas. El paquete se cayó al pasto. Cuando miré para abajo me asusté. Estaba muy lejos del piso. Al rato me aburrí. Tenía ganas de hacer pis y me daba miedo bajar.  Escuché ruido de pisadas. Había un perro comiendo mis galletitas. Le ladré. Me miró. Ladré de nuevo. No movió ni la cola. Aullé. Me ladró, fuerte.  El perro se fue y me puse a llorar.   Cuando bajé me doblé el tobillo. No aguantaba más el pis. A papá tampoco, seguía enojada. Tanto que tenía las manos muy cerradas y no sabía por qué. Miré para todos lados. Me bajé el short para hacer pis. Fui al quincho y encontré a Zippo. La bandera estaba tirada en un rincón, ahora sí parecía un trapo sucio. La cara del señor estaba tapada. La acaricié, papá la quería mucho. Capaz más que a Zippo. Miré mi remera con la misma bandera y esa cara horrible. Me dijeron que domingo de por medio el tiempo de papá es mío. ¿Cuántos domingos me debe River Plate y el trapo este? Una sola vez había prendido a Zippo y papá me lo sacó. Se gasta y es caro. Agarré una puntita roja del trapo y la prendí. Un viento me voló el pelo y el fuego se descontroló. Tenía calor y me ardían las piernas. No me animaba a apagar a Zippo. Le pedí por favor que se cierre solo, pero el metal me empezó a quemar los dedos. Lo tiré lejos. El calor se puso insoportable. La bandera parecía un papel que se transforma en ceniza. Imposible de agarrar. La cara ya no estaba. El humo me hacía llorar los ojos, pero no era llanto. La piel me picaba y el enojo desaparecía del cuerpo. También el miedo.