Por Casas

El regreso del Jedi

Cronicas

Para que un matrimonio funcione, uno de los dos tiene que ser un budista zen.

Las comadronas decían que para lograr dormir a los bebés indormibles había que ponerles la ropa al revés. Es decir, lo que va a adentro para afuera y lo que va afuera, para adentro.

Borges analizó estas conductas en su ensayo “El arte narrativo y la magia”, pero no hay ningún estudio que explique qué hacer cuando un poema no puede dormir.

La mamá de sus hijos se fue de vacaciones con el novio y él tiene por delante diez días a solas con un nene de dos años, una nena de seis. Va a haber que llenar esos días, encontrar la forma de habitarlos ya que ahora vive en un cuarto de reclusión donde improvisó una cama para los niños una mesa ratona para comer, dos ollas, algunos vasos y no mucho más.

El primer día llueve y quedan encerrados. La nena se pone inquieta, se aburre, se le acaba enseguida el papel para dibujar, los dibujitos para mirar. Para que un matrimonio funcione uno de los dos tienen que ser casi un budista zen. El debería haberse preparado para este momento: estar a solas con su descendencia irritada. Entonces se quiebra. Sabe que está mal pero no lo puede evitar. Llora. Los niños lo miran. El más chiquito tal vez lo observe como si fuera un juguete sofisticado. Quién sabe. Nunca se lo va a poder preguntar. Pero la niña no. Ella sale del círculo de su capricho y lo abraza mientras le dice: “No llores papá, no llores, vas a ver que todo se va a arreglar”. Y él habla como si fuera un mal actor de Shakespeare: Les dice que no quería separarse de su madre, que no quería causarles este daño, que lo perdonen.

Empiezan a pasar los días. Van al cine, a comer, deambulan por las plazas. Los matrimonios amigos que tienen hijos los cobijan. Cuando se duermen en el auto, él los alza y los lleva a los dos hasta el ascensor y de ahí al departamento y le cambia el pañal al más chico y despierta a la niña para que se lave los dientes y haga pis.

En el verano de 1976 una mujer tuvo que enfrentar esta misma situación, pero tenía otros recursos mentales, otro temperamento y tomó decisiones rápidas y certeras. Sacó adelante su familia como pudo y nunca volvió la vista atrás. La mujer y él nunca se van a conocer y sólo son cercanos bajo la melodía esquemática de este poema. Ya cinco días y algo logra con los chicos. Se aburren menos, Se establece una relación privada y nueva entre ellos tres. Cuando los duerme, se tira en su cama y piensa en la madre de los niños teniendo sexo con su novio. Como no conoce al muchacho, puede imaginárselo de mil maneras. Y eso lo excita. Se masturba. Se pregunta si le gustarán los hombres. Se duerme.

A la mañana lo despierta su hijo menor: quiere agua. Le prepara el desayuno, le cambia el pañal. En un momento Intentó tener una pareja pero le costó mucho. Era Hermosa y joven pero un día ella le compró un cepillo de dientes y el retrocedió como Michael Jackson haciendo la caminata lunar. Las mujeres jóvenes quieren algo que él no sabe practicar: Primero tomar mucha agua y bailar toda la noche. Y después quieren bebés. Mientras el Hombre Polilla salta de terraza en terraza aprovechando la oscuridad del verano, llega el fin de su temporada a solas con los niños. La noche previa al regreso de la madre él se sienta en posición de loto frente a los juguetes que han ido comprando.

Con un esfuerzo mental y espiritual inusitado, desconocido hasta entonces, logra hacer levitar al camioncito rojo y al oso marrón de la niña. Entonces empieza el verdadero entrenamiento.  

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