Por Amorós

Ignacio, el del llanto

Cronicas

Aguafuerte taurina del notable Andrés Amorós sobre un hombre que no ha muerto del todo.

Cualquier aficionado a la literatura sabe de sobra que las dos mayores elegías (poemas en elogio de alguien que ha fallecido) de la literatura española son las “Coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique, y el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Federico García Lorca. (Un peldaño más abajo estaría la “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández”).

Muchos lectores, en cambio, ignoran quién era ese personaje al que Lorca dedicó su poema.

El sevillano Ignacio Sánchez Mejías (1891-1934) fue un personaje fascinante, con una pluralidad de matices realmente singular: además de importante matador de toros, fue amigo y mecenas de los poetas de la generación del 27, autor de teatro, organizador de un espectáculo de baile con La Argentinita, presidente del Betis Club de Fútbol y de la Cruz Roja de su ciudad, piloto de automóviles y aviones, jugador de polo, conferenciante en la Universidad de Nueva York.

Una figura novelesca, comparable, por ejemplo, a Lawrence de Arabia. Suelo decir que, si hubiera sido norteamericano – una hipótesis absurda -, ya le hubieran dedicado más de una película biográfica. Como torero, seguía la línea clásica de Joselito, su ídolo. Más que la estética, le preocupaba el dominio de todos los toros.

Tenía un valor fuera de lo común y se crecía ante las dificultades: luchaba con el toro, con sus compañeros de cartel, con el público, consigo mismo… Es la actitud que definió Miguel Hernández: “Como el toro, me crezco en el castigo…” En la literatura española existen dos generaciones que destacan por encima de todas.

La primera es la de 1605, cuando coincidieron, en Madrid, en un barrio pequeño, junto a donde hoy está la Plaza de Neptuno, nada menos que Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo… Todos ellos, figuras de primerísima línea; todos se conocían y, como suele ser habitual entre escritores, se odiaban.

La segunda gran generación es la de 1927, en la que coincidieron los poetas García Lorca y Alberti, Pedro Salinas y Jorge Guillén, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, Dámaso Alonso y Gerardo Diego; el pintor Salvador Dalí; el director de cine Luis Buñuel; el músico Manuel de Falla… Cuando se concedió el Premio Nobel a Aleixandre, la Academia Sueca señaló que, con él, se reconocía el mérito de este grupo literario.

Ésta es la generación que trae a la literatura española la modernidad, la influencia de las vanguardias europeas, el verso libre, la metáfora irracional. A la vez, profundizan en las raíces populares de la cultura española: el romancero, el cante y baile flamencos, la tauromaquia.

Y, curiosamente, estos poetas son grandes amigos. ¿Por qué se llama a esta generación “del 27”? Porque, en 1927, viajan a Sevilla, a celebrar al gran poeta barroco Luis de Góngora, como una manera de oponerse al chato realismo académico.

El mecenas que hizo posible esa reunión fue Ignacio Sánchez Mejías. Los ruedos taurinos se habían quedado estrechos para las inquietudes de Ignacio, que apenas había estudiado pero tenía una inteligencia natural extraordinaria. Se hizo amigo de estos jóvenes poetas, les hizo ir – y les pagó el viaje – a Sevilla; allí, les ofreció una fiesta, en su finca de Pino Montano, donde Dámaso Alonso recitó de memoria los 1090 herméticos versos de la “Soledad primera” de Góngora (“Era del año la estación florida / en que el mentido robador de Europa…”); luego, lo coronó con el laurel clásico, en la Venta de Antequera y los llevó en una travesía nocturna por el río Guadalquivir… Varios de ellos han recordado por escrito aquellas inolvidables jornadas. Por su gran simpatía, Ignacio los unía, evitando posibles roces.

En 1928, ya retirado de los ruedos, Sánchez Mejías estrenó el drama “Sinrazón”, una de las primeras huellas de Freud en el teatro español; luego, “Ni más ni menos”, un drama sacramental filosófico.

También dio una conferencia, en la Universidad de Nueva York, sobre el profundo significado de la Tauromaquia. Por su relación sentimental con La Argentinita, organizó Ignacio el espectáculo “Las calles de Cádiz”: un ejemplo de la dignificación del flamenco que entonces estaban realizando, también, figuras como García Lorca, el músico Falla, los bailarines Vicente Escudero y La Argentina.

En 1934, con más de cuarenta años, Sánchez Mejías volvió a los ruedos. El 13 de agosto, en la Plaza de Manzanares, fue herido mortalmente. Además de la tragedia, a todos impresionó la serena lucidez con que afrontó el trance fatal: “No se cerraron sus ojos…”, escribió García Lorca. Sus amigos le dedicaron poemas: Rafael Alberti, Gerardo Diego, Miguel Hernández, José María de Cossío…

A todos los superó Federico García Lorca, en su “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”: su poema más logrado, el que mejor resume su visión del mundo. A pesar de la complejidad de sus metáforas, posee una intensidad y unas metáforas que fascinan a cualquier lector.

Presenta Federico a su amigo Ignacio como modelo de ser humano, que reúne cualidades opuestas: “Aire de Roma andaluza / le doraba la cabeza…” Para el poeta, “Roma” simboliza la geometría, la racionalidad, el mármol; “andaluza”, la pasión, el fuego… Nos hace sentir Lorca la tragedia de la muerte de un ser muy querido. Pero a ella se une una nueva tragedia, la del creciente olvido: “No te conoce el toro ni la higuera… Porque te has muerto para siempre”. Un verso nos da la clave de todo el poema: “No te conoce nadie. No. Pero yo te canto…”.

Concluye el poema con misteriosa serenidad: “Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos”.

Queda en el aire, flotando, una nota grave, repetida, como el adagio “ohne ende” (‘sin fin’) con que concluye el “Canto de la tierra”, de Gustav Mahler: “Ewig, ewig…” (‘Siempre, siempre’). Gracias a su amigo Federico García Lorca, Ignacio Sánchez Mejías no ha muerto del todo para siempre.

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