Por Príncipi

Uby, 100 vidas en 40 años

Cronicas

Ubaldo Néstor Sacco, el campeón de boxeo que vivió entre la gloria y el infierno.

Aún voceaban los canillitas, por las calles de Buenos Aires, la quinta edición del diario Crónica, que salpicaba su tapa con tres colores decisivos de la industria informativa; el negro de la tinta, el amarillo de su contenido y el rojo de la sangre.

La noticia no sorprendía a nadie pero dolía a todos, aquel 28 de mayo de 1997. Crónica titulaba que las pestes más cruentas del siglo XX, habían terminado con la vida de Ubaldo Néstor Sacco, “Uby”, boxeador y campeón, a los 41 años, en una sala especial del hospital de Agudos.

En tanto, con una congoja y un respeto sublime, la prolija edición-homenaje de La Capital de Mar del Plata, oficializaba el deceso del ídolo máximo de la ciudad; el que con su talento y “ángel”, conmocionó como ningún otro, a la ciudad de los alfajores y lobos de mar.

Ni el notable tenista Guillermo Vilas, contemporáneo a su tiempo deportivo y, marplatense por adopción, al igual que él, pudo equiparar ese sentimiento masivo y pasional, despertado por los puños del “pibe de los 63.500 kg”.

Inaudito, ambos, vivieron toda la vida allí, pero por la impronta de los partos naturales, nacieron en Capital Federal.

Uby Sacco fue un campeón fino y clásico. Hijo del viejo Ubaldo, también muy buen boxeador, al que pocas veces le dijo: papá, porque disfrutaba llamarlo: ¡Sacco!

Siempre hizo lo que quiso. Arriba y abajo del ring. Y su ritmo diario, imparable, aceleró todo tiempo de madurez. Deportiva y personal.

Y allí está, una de las razones, de lo mucho vivido en tan poco tiempo.

Representó al arte del boxeo. Con piernas elegantes y precisas, que el más volador de los cronistas de su época hubiese comparado con las de Rudolf Nureyev o el más trasnochado habitué a los boliches de Mar del Plata, con los ritmos cautivantes de John Travolta.

Siempre hizo lo que quiso. Arriba y abajo del ring. Y su ritmo diario, imparable, aceleró todo tiempo de madurez. Deportiva y personal. Y allí está, una de las razones, de lo mucho vivido en tan poco tiempo.

Fue un técnico exquisito, de golpes directos admirable y con el vicio de pelear, palo a palo, con sus rivales clásicos, para demostrar quién era el más guapo. Aquellos del Luna Park: Roberto Alfaro, Hugo Luero, Hugo Quartapelle y Lorenzo García.

Dueños de los últimos clásicos del ring de la noche de Buenos Aires. De calle Corrientes, de boxeo, restaurantes y cabarets. Sólo él sabrá si empezó a brillar o empezó a morir, cuando se hizo campeón mundial.

Necesitó primero perder con Gene Hatcher, para luego ganarle la revancha. con un inolvidable nocaut técnico por ceja rota, en 1985, en suelo italiano.

Todo se desbarrancó desde entonces. Sin freno, y sordo ante la gran tribuna del juicio: ¿Qué es lo malo y que es lo bueno?. Lo malo le sacó todo y se quedó sin esperanza. Certifico que conoció el amor y supongo que se acercó al infierno.

Fue carismático y afable cuando era Uby, aunque el cinturón de campeón mundial, lo convirtió, por vivencias, en un cortesano del rey. Su jab era artesanal y su orgullo inmenso. A veces incompresible, como cuando los golpes, que daban plenos en su físico – de apariencia débil - salían rechazados hacia un costado del cuadrilátero.

Sólo él sabrá si empezó a brillar o empezó a morir, cuando se hizo campeón mundial. Lo disfrutamos casi nada. Y lo extrañamos bastante. De tanto en tanto, lo comparamos con algún campeón del Siglo XXI y todo termina allí. Fría e insensible misión de un crítico de boxeo.