Por Ragendorfer

Saludos de ultratumba

Cronicas

Rosa Luxemburgo, su lucha y una caja de bombones explosivos.

La mañana del 4 de julio de 1971 en Dormagen, una pequeña ciudad alemana de Renania del Norte-Westfalia recostada sobre la orilla izquierda del Rin, fue calurosa y radiante.

Ese día Hans Hummels cumplía 79 años.

Por tal motivo no le resultó raro que la joven Laurine Werner, hija de una vecina, la señora Monika, tocara su timbre para saludarlo. Pero lo que sí provocó su asombro fue que se haya tomado la molestia de traerle un obsequio. –Es una sorpresa, Herr Hans –le dijo, al extenderle un paquete envuelto con el papel seda de la panadería Schneider, la mejor del lugar.

El anciano intuyó que se trataba de bombones. La muchacha lo observaba con una sonrisa angelical. Y preguntó por su esposa.

Él contestó que Margarethe –así se llamaba– había ido al dentista. El señor Hummels notó que esa respuesta causó en ella algo así como un alivio. Claro que no entendía la razón. Laurine se marchó rápidamente, esgrimiendo algún apuro.

Y él, ya ante la mesada de la cocina, tomó una tijera para cortar la cinta roja del envoltorio. Por el ventanal vio a Laurine alejarse por la Goethestraße. Dos semanas antes, aquella mujer le había salvado la vida.

Primero auxilios 

Clareaba el 20 de junio cuando Frau Margarethe golpeó con desesperación la puerta de los Werner.

El marido tenía una grave crisis asmática. Ella sabía que Laurine, quien cursaba las últimas materias de Medicina en la Universidad de Múnich, había aprovechado las vacaciones para visitar a su madre. La joven se puso en marcha sin perder un segundo. Al ingresar a la casa de los Hummels, encontró al viejo con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos desorbitados; su esfuerzo por respirar era atroz. Laurine le clavó en el cuello una jeringa cargada con cortisona. Eso lo estabilizó. Y se quedó con él por un buen rato para controlarlo.

Entonces reparó en una vieja fotografía con marco de madera encima de un aparador. Mostraba un grupo de uniformados bebiendo cerveza con gesto adusto. Laurine preguntó si él era uno de ellos. Hans asintió, antes de señalar al tipo que posaba en un extremo.

Y dijo:

–Ese era yo con mis camaradas en la Primera Guerra Mundial. Laurine se retiró con la sensación de haber visto tal fotografía en algún otro sitio. Siguió pensando en ello por horas.

Recién a la tarde creyó saber en dónde.

Y partió con premura en el automóvil de su madre hacia Dusseldorf, a casi ocho kilómetros de Dormagen, para acudir a una hemeroteca. Allí encontró lo que buscaba: la edición del 15 de octubre de 1968 del diario berlinés, Die Welt.

En la portada del suplemento cultural, dedicada al fallido levantamiento de los espartaquistas, estaba la foto en cuestión. Y con el siguiente epígrafe: La joven se puso en marcha sin perder un segundo.

Al ingresar a la casa de los Hummels, encontró al viejo con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos desorbitados; su esfuerzo por respirar era atroz.

“Berlín, 15 de enero de 1919. Los captores de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht celebran sus asesinatos con un brindis en el hotel Eden. El buen Hans había sido uno de los verdugos.  

La rosa roja

Nacida a comienzos de 1871 en el seno de una familia judía de Polonia, Rosa Luxemburgo fue una figura cardinal del socialismo revolucionario europeo de las primeras décadas del siglo XX. Teórica excelsa y mujer de acción, militó en el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD); luego –con Liebknecht–, fundó la Liga Espartaquista, germen del Partido Comunista Alemán (KPD). Así conoció la cárcel, el destierro y la clandestinidad.

Berlín, 15 de enero de 1919. Los captores de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht celebran sus asesinatos con un brindis en el hotel Eden. El buen Hans había sido uno de los verdugos. 

 

Llegó a polemizar como nadie con el mismísimo Lenin (en Londres, durante el V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso). Y si bien no alcanzó a tener un vínculo muy directo con Trotsky, ninguna otra personalidad del marxismo germano era tan afín a sus posturas como ella (por su origen, temperamento, dotes políticas y literarias).

No en vano Stalin habría de denunciarla póstumamente, en 1932, como “trotskista”. Casi un elogio.

En 1914, al estallar la entonces llamada Gran Guerra, Luxemburgo no podía dar crédito a sus ojos al ver a los jefes del SPD arrojar a la basura todas sus resoluciones antimilitaristas y sus proclamas a favor del internacionalismo. Y sólo para pedirle a sus bases un “compromiso patriótico”; o sea, combatir por los emperadores y “odiar” al enemigo. Fue en tales circunstancias cuando nació Liga Espartaquista y, luego, el KPD.

La capitulación imperial en 1918 derivó –no sin las severas condiciones impuestas por el Tratado de Versalles– en la penosa y endeudada República de Weimar. Así afloraron los Freikorps, las milicias ultraderechistas integradas por veteranos de la guerra sin demasiados deseos de roce con la sociedad civil, también por jóvenes desempleados y otros parias de la crisis.

De estos grupos se sirvió el presidente socialdemócrata Friedrich Ebert para aplastar el levantamiento revolucionario que sacudió a Alemania en enero de 1919. Luxemburgo y Liebknecht lideraban el asunto. Ambos fueron detenidos el 15 de enero por una de esas patotas armadas, la llamada Garde Kavallerie Schützen, al mando del capitán Waldemar Pabst. Y tras una breve escala en el hotel Eden, fueron asesinados a tiros y culatazos.

El cuerpo de Luxemburgo fue arrojado a las aguas del Landwehr Canal. Y el de Liebknecht terminó en una fosa común. Era el primer crimen político de la Weimarer Republik.

Sus principales responsables: el capitán Horst von Pflugk Hartung (jefe del grupo que ejecutó a Liebknecht), los tenientes Kurt Vogel, Rudolf Lipmann y Hermann Souchon (del grupo que ejecutó a Luxemburgo), los húsares Otto Runge y Hans Hummels (quienes prodigaron los culatazos a los dos detenidos).

El cuerpo de Luxemburgo fue arrojado a las aguas del Landwehr Canal. Y el de Liebknecht terminó en una fosa común. Era el primer crimen político de la Weimarer Republik.

Otros diez se encargaron de los disparos.

Ya al anochecer incurrieron en la vanidad de posar para una fotografía mientras brindaban en el hotel Eden por el éxito de la ominosa faena.   Bombones Esa misma fotografía era la que ahora –a cincuenta y dos años de los hechos– Laurine contemplaba en la hemeroteca de Dusseldorf. Era como si la Historia del siglo XX estuviera conversando con ella. En los días posteriores averiguó que esos crímenes quedaron impunes. Salvo muy breves arrestos domiciliarios y condenas en suspenso para Vogel, Lipmann y Runge, los restantes fueron absueltos.

Algunos llegaron a cumplir roles de importancia durante el régimen nazi. La mayoría llegó a la ancianidad sin ser hostigado por las penumbras del pasado.

Aquel, por cierto, parecía ser el caso de Hummels. Dos semanas después, desde el ventanal de la cocina, Herr Hans la vio a Laurine alejarse por la Goethestraße. Y por fin abrió envoltorio. Era nomás una cajita de bombones.

En los días posteriores averiguó que esos crímenes quedaron impunes. Salvo muy breves arrestos domiciliarios y condenas en suspenso para Vogel, Lipmann y Runge, los restantes fueron absueltos.  

En su interior había una hoja escrita. Tal vez él la haya tomado entre sus dedos; entonces, habría leído: “Saludos de Rosa Luxemburgo”. ¿Acaso llegó a notar que en la cajita también había un pan de trotyl? Lo cierto es que en ese preciso instante todo voló en mil pedazos. En realidad Laurine Werner pertenecía al grupo guerrillero, Fracción del Ejército Rojo (RAF). Dos años después huyó a Hungría.

Allí obtuvo una nueva identidad. Y nunca más se supo de ella.